El pozo-templo de Santa Cristina, una obra nurágica de la Edad del Bronce que tiene 30 siglos y parece construida ayer

Vista aérea del pozo-templo nurágico de Santa Cristina en Cerdeña. Crédito: Archeotour Soc. Coop.

En el altiplano de Abbasanta, en el centro de Cerdeña, hay un templo excavado en piedra volcánica cuyos bloques encajan con tanta precisión que muchos visitantes se niegan a creer que lo levantara un pueblo sin escritura hace treinta siglos. La arqueología lo confirma, y la astronomía añade un capítulo todavía abierto.

Hay monumentos antiguos que impresionan por su tamaño y otros que impresionan por su exactitud. El pozo sagrado de Santa Cristina, en el municipio de Paulilatino, provincia de Oristano en Cerdeña, pertenece al segundo grupo. Sus piedras de basalto están talladas y ensambladas con tal precisión geométrica que, según cuenta el propio centro que gestiona el yacimiento, resulta difícil de asumir que se trate de una construcción de hace unos 3.000 años y no de un edificio levantado con herramientas modernas.

Y sin embargo lo es: obra de la civilización nurágica, la cultura de la Edad del Bronce que llenó Cerdeña de torres de piedra, y probablemente el ejemplo mejor conservado de todos los templos de agua que dejó tras de sí.

El yacimiento se encuentra en la parte meridional del altiplano de Abbasanta, en la Cerdeña centro-occidental, y toma su nombre de la iglesia campestre de Santa Cristina que se alza a pocos metros. El complejo se organiza en dos núcleos. El primero, el más estudiado y el que da fama al lugar, es el tempio a pozzo: un pozo sagrado de época nurágica rodeado de estructuras auxiliares, entre ellas una cabaña de reuniones, un recinto y varias cabañas menores.

A unos doscientos metros al suroeste se levanta el segundo núcleo, formado por un nuraghe de una sola torre, unas cabañas de piedra alargadas cuya datación sigue sin resolverse y un poblado nurágico todavía sin excavar del que apenas asoman algunos elementos en superficie.

Vista frontal del pozo y las escaleras que conducen al fondo. Crédito: Guillermo Carvajal / labrujulaverde.com

A todo ello se suma un tercer estrato, ya cristiano: la iglesia y el novenario de Santa Cristina, donde durante siglos los fieles han seguido acudiendo a rendir culto muy cerca de donde sus antepasados nurágicos veneraban el agua.


Tres siglos de estudio, de la prisión al templo

La primera referencia escrita sobre el monumento es relativamente tardía. En 1841, Vittorio Angius publicó una breve descripción del lugar en el Dizionario Angius-Casalis, en la que ya menciona el pozo y la afluencia de fieles:

También pertenece a este priorato (de Bonarcado) la iglesia rural de Santa Cristina, situada en el término municipal de Paùli-Latìno, a un cuarto (4 km) de este pueblo… Cerca de allí hay algunas casitas para los devotos que acuden allí el 1 de mayo. La fiesta principal suele celebrarse el día 10 de ese mismo mes, con una devota procesión hasta el pozo que lleva el nombre de la santa, el cual tiene una forma y una estructura singulares. (Vittorio Angius, Dizionario Angius-Casalis, 1841).

Angius ya intuía que la estructura merecía atención, pero no llegó a interpretarla. Ese trabajo recayó en el canónigo Giovanni Spano, que en 1857 publicó en el Bullettino Archeologico Sardo un artículo con el primer levantamiento gráfico del monumento.

Spano clasificó correctamente la construcción como nurágica, pero, sin referencias con las que compararla, no acertó a entender su función: por similitud con otros hallazgos de la época, la interpretó como una prisión, una idea que caló hondo en la tradición oral local, donde durante generaciones se contó que Santa Cristina había sido encerrada precisamente en ese pozo antes de su martirio.

Pocos años después, en 1860, el militar y naturalista Alberto La Marmora dedicó al monumento un pasaje elogioso en su Itinéraire de l’île de Sardaigne, donde lo comparó con una de las tumbas más célebres de la arqueología mediterránea, el Tesoro de Atreo en Micenas.

Las escaleras que descienden al pozo. Crédito: Guillermo Carvajal / labrujulaverde.com

Habría que esperar a los primeros años del siglo XX para que el arqueólogo Antonio Taramelli, tras estudiar otros pozos sagrados sardos, comprendiera por fin la verdadera naturaleza del edificio: no una cárcel, sino un templo dedicado al culto del agua. Raffaele Pettazzoni completó después esa lectura en su libro sobre las creencias de los antiguos protosardos, situando el culto al agua de Santa Cristina en un contexto religioso más amplio, con paralelismos fuera de la isla.

A pesar de la importancia del monumento y de su extraordinario estado de conservación, las primeras excavaciones y restauraciones no llegaron hasta 1953. Les siguieron las campañas dirigidas por Enrico Atzeni entre 1967 y 1973, y de nuevo entre 1977 y 1983. Ya en fechas más recientes, Bernardini excavó el sitio en 1989 y 1990, y entre 2005 y 2010 lo hizo el investigador Arnold Lebeuf, quien tras años de trabajo sobre el terreno definió el pozo sacro como una obra maestra que combina una sobriedad inusual en su aspecto general con una increíble complejidad arquitectónica. Las próximas campañas, según los responsables del yacimiento, se concentrarán sobre todo en el poblado nurágico aún inexplorado.

Una escalera invertida y una cámara casi perfecta

Vamos con la construcción propiamente dicha, que es donde el pozo de Santa Cristina se gana su fama. El templo se levantó, según las estimaciones actuales, en torno al siglo XI antes de Cristo, y está orientado de norte-noroeste a sur-sureste. Lo rodea un temenos, un recinto elíptico de unos 26 por 20 metros que separa el espacio sagrado del profano y que, visto desde arriba, dibuja la característica forma de «ojo de cerradura» que se repite en otros templos nurágicos de agua.

Dentro de ese recinto exterior, hecho con piedra y barro sin apenas trabajar, se encuentra un segundo perímetro, éste sí construido con esmero, que envuelve el pozo.

La estructura interior se compone de tres partes bien diferenciadas y perfectamente talladas: el vestíbulo, la escalera y la cámara subterránea con forma de tholos. El vestíbulo es el espacio situado justo delante de la escalinata, donde con toda probabilidad se depositaban las ofrendas votivas a la divinidad.

A continuación se abre la escalera, una rampa única de 25 peldaños que se va estrechando a medida que desciende, desde unos 3,50 metros de anchura en la parte alta hasta apenas 1,40 metros junto a la cámara del agua. Los grandes bloques que cubren esta escalera están dispuestos de forma simétrica a los propios peldaños, lo que genera un efecto muy característico de escalera invertida: mirando hacia el techo se distingue una segunda escalinata, formada por las losas de cobertura, que desciende en espejo sobre la primera y mantiene siempre la misma anchura.

Al final de la escalera aguarda la pieza central del conjunto: una cámara circular de unos 2,5 metros de diámetro, cubierta por una falsa cúpula u ojival tholos de casi 7 metros de altura. Está construida con bloques de basalto trabajados y dispuestos en hiladas horizontales, cuyo diámetro se va reduciendo a partir del dintel de la puerta hasta terminar en un orificio de apenas 35 centímetros al ras del suelo.

Todavía hoy se discute si ese hueco estuvo originalmente cerrado por una piedra circular o si quedaba abierto al cielo, y la respuesta condiciona directamente una de las hipótesis más llamativas del monumento, como veremos más adelante.

La técnica constructiva es, sencillamente, extraordinaria para su época. Los bloques de basalto, de un tamaño medio de unos 60 centímetros de largo por 30 de grosor, se tallaron y pulieron uno a uno antes de colocarse en filas horizontales, procurando que cada bloque sobresaliera apenas un centímetro respecto al que tenía encima.

El fondo del pozo todavía con agua, se aprecia la escalera invertida en la parte superior. Crédito: Holger Uwe Schmitt / Wikimedia Commons

El resultado es un perfil dentado que, además de reforzar la estabilidad de la cúpula, produce un efecto visual muy trabajado. De la estructura que debía cubrir originalmente la boca del pozo, en cambio, no ha quedado nada: si existió, es probable que tuviera un tejado a dos aguas parecido al que todavía se conserva en el pozo sagrado de Su Tempiesu, en Orune.

El agua, por cierto, sigue brotando hoy. Un manantial subterráneo permanente llena la cubeta circular excavada en la roca base y su nivel llega hasta el primer escalón de la entrada; el equipo del yacimiento ha explicado que, gracias a un canal de drenaje construido durante las excavaciones, ese nivel se mantiene ahora de manera constante en torno a los 50 centímetros, lo que permite visitar el interior del pozo cualquier día del año.

Pocos arqueólogos han descrito el conjunto con tanta admiración como Giovanni Lilliu, una de las máximas autoridades en la civilización nurágica:

El pozo de Santa Cristina es majestuoso y representa la cumbre de la arquitectura de los templos del agua. Sus proporciones son tan equilibradas, sus revestimientos interiores tan sofisticados, limpios y precisos, y la composición geométrica de sus elementos tan estudiada, que, en una palabra, resulta tan racional que, a primera vista, cuesta creer que se trate de una obra cercana al año 1000 a.C. y que sea fruto del arte nurágico, antes de que se afianzaran en la isla prestigiosas civilizaciones históricas. (Giovanni Lilliu, Nuovi templi a pozzo della Sardegna nuragica, Studi Sardi, 1955-57).

Un templo que atraía peregrinos de fuera de la isla

El pozo no era solo una obra de ingeniería: era, ante todo, un centro de culto. Alrededor de él, y probablemente en su interior, se celebraban ceremonias religiosas dedicadas al agua que reunían a comunidades enteras, y todo indica que el santuario atraía a gente llegada de otras partes de Cerdeña, e incluso, según algunas lecturas, de fuera de la isla.

La prueba más elocuente son cuatro estatuillas de bronce halladas en el recinto, una de ellas una figura femenina sentada, encontradas junto a otros bronces nurágicos y objetos votivos. El culto, además, no se apagó con el final de la civilización nurágica: unas joyas de oro de origen fenicio, muy posteriores a esa época, demuestran que el lugar siguió siendo frecuentado durante generaciones.

Los estudios sobre la simbología del monumento sugieren que el pozo se asoció desde el principio con lo femenino. Su perímetro en forma de cerradura se ha interpretado como una representación monumental de la vulva, vinculada a cultos dedicados a divinidades femeninas —se ha señalado, por ejemplo, un paralelismo con el signo de la diosa Tanit—, una lectura que encaja con el resto de simbolismos ligados al agua y a la luna que rodean el edificio. La propia escalera invertida se ha interpretado como un elemento de conexión entre el cielo y la tierra, una especie de puente simbólico entre ambos planos.

Alrededor del pozo se conservan además los restos de varias construcciones que formaban parte del mismo santuario. La más notable es una amplia cabaña circular de unos 10 metros de diámetro, hoy con un alzado de apenas 1,70 metros pero que originalmente estuvo cubierta. Tiene un suelo de guijarros y, adosado a la pared, un banco corrido de unos 30 centímetros de alto por 50 de fondo que recorre todo el perímetro interior.

El arqueólogo Alberto Moravetti considera muy plausible que esta cabaña tuviera una función pública, como lugar donde debatir los asuntos de la comunidad que vivía en torno al templo. Muy cerca se encuentra un recinto que probablemente servía para custodiar animales destinados a las ofrendas o al sacrificio, y algo más allá, alineadas en hilera, los restos de diez cabañas circulares o cuadrangulares.

Esa disposición en hilera, que se repite en otro santuario nurágico, el de Santa Vittoria di Serri, hace pensar en un uso comercial, complementario al religioso: una suerte de tabernae al servicio de los peregrinos.

El nuraghe, el poblado y la iglesia que vino después

A unos doscientos metros al suroeste del pozo, más allá de la iglesia campestre, se levanta un nuraghe de una sola torre del que se conservan en buen estado los restos del primer piso, con su tholos y la escalera de acceso a la planta superior todavía intactas.

Todo apunta a que esta torre se construyó antes que el propio pozo sagrado, lo que demuestra que el lugar ya estaba ocupado antes de que se erigiera el templo, y que esa ocupación continuó incluso en época medieval, cuando se levantó la iglesia campestre que sustituyó al antiguo culto nurágico.

Entre los olivos que rodean el nuraghe se distinguen todavía tres cabañas de forma alargada, construcciones posteriores a la época nurágica y de las pocas de este tipo que se conservan en Cerdeña; se sabe que se usaron como refugio para el ganado. Una de ellas se mantiene prácticamente intacta, con casi 14 metros de longitud, cubierta con losas de piedra y muros gruesos que forman una sección transversal trapezoidal.

El nuraghe cercano es más antiguo que el pozo. Crédito: Carlo Pelagalli / Wikimedia Commons

Su entrada principal se abre en el lado corto, orientado al este, mientras que un segundo acceso, más pequeño, se sitúa en el lado largo, a unos 8 metros de la puerta principal. Su datación exacta sigue sin resolverse, a la espera de las excavaciones que se han planificado para el poblado nurágico, del que hoy solo asoman en superficie algunas cabañas circulares. Por los alrededores se dispersan además varias tumbas de gigantes y algún que otro nuraghe.

El tercer estrato del yacimiento es el más reciente, y también el que sigue vivo: el complejo devocional cristiano que se levanta en torno a la iglesia campestre de Santa Cristina. Lo forman 36 pequeñas viviendas, llamadas muristenes o cumbessias, construidas a partir del siglo XVIII, según atestigua una inscripción conservada en una de ellas.

Juntas componen un novenario, es decir, el espacio donde los fieles se reúnen a rezar durante los nueve días previos a la festividad. Quienes tenían menos posibles acudían cada tarde a la iglesia después del trabajo y regresaban después a sus casas, mientras que las familias más acomodadas se instalaban directamente en las cumbessias construidas para la ocasión.

Las dos fiestas que se celebran en Santa Cristina son, por un lado, la de la propia santa, que se festeja la segunda semana de mayo aunque el calendario católico la sitúe el 24 de julio, y por otro la dedicada al arcángel Gabriel, la cuarta semana de octubre. Merece la pena señalar que la devoción a Santa Cristina de Bolsena conecta, sin que sea casualidad, con el antiguo culto al agua de los nurágicos: según la tradición, Cristina era una niña protocristiana de once años que fue condenada a morir ahogada; le ataron una piedra pesada al cuello y la arrojaron al lago, pero la piedra, sostenida por ángeles, flotó y devolvió a la niña a la orilla.

La propia iglesia, cuya construcción está documentada entre los siglos XII y XIII, se ha reformado varias veces a lo largo de los siglos, y de la estructura original solo quedan los muros perimetrales del ábside, que según algunos investigadores se levantaron en buena parte con piedras procedentes de la parte elevada del antiguo pozo sagrado nurágico.

Un observatorio lunar bajo sospecha

Queda, por último, la hipótesis que más ha dado que hablar en los últimos años: la posibilidad de que el santuario de Santa Cristina funcionara también como un lugar de observación astronómica. Cada dieciocho años y medio, en el lunasticio mayor, la luna alcanza su punto de máxima declinación en un ciclo de 18,6 años y se refleja en el fondo del pozo a través del orificio de 35 centímetros de la cúpula, iluminándolo desde dentro.

En Santa Cristina, la luna no se coloca exactamente en la vertical del cenit del lugar, pero aun así ilumina el agua y produce un reflejo perfectamente visible. La idea no es nueva: la propusieron ya en 1972 Carlo Maxia y Lello Fadda, con el respaldo del astrónomo Edoardo Proverbio, y en 2005 llevó hasta Cerdeña al propio Arnold Lebeuf, que tras cinco años de estudio publicó en 2011 el libro Il pozzo di Santa Cristina, a lunar observatory, dedicado por completo a defender esa lectura del monumento.

A esa hipótesis se suma un segundo fenómeno, más fácil de comprobar y menos discutido: durante los equinoccios, al mediodía, los rayos del sol entran directamente por la escalera e iluminan el agua de la cámara subterránea, un efecto que se repite cada año entre el 18 y el 21 de marzo y entre el 21 y el 23 de septiembre.

No todos los especialistas comparten, sin embargo, la lectura astronómica del pozo. Algunos arqueólogos han objetado que en origen el tholos debía de estar cerrado, lo que impediría por completo la entrada de la luz de la luna, y se apoyan para ello en la ausencia de la estructura elevada que sí conservaban la mayoría de los pozos sagrados de la isla.

A esas objeciones han respondido tanto el propio Lebeuf, profesor de la Universidad de Cracovia, como Enrico Atzeni, responsable de la restauración del monumento, quien ha explicado que durante sus trabajos se limitó a recolocar uno de los dos sillares que forman el orificio superior, un sillar que, en cualquier caso, era original de la estructura. Según Atzeni, además, la desaparecida estructura exterior tampoco habría impedido que la luz lunar penetrara hasta el fondo del pozo.

El debate, a día de hoy, sigue sin cerrarse. Y quizá sea lo más apropiado para un monumento que durante más de un siglo pasó por prisión antes de que se reconociera su verdadera función: puede que todavía no hayamos terminado de entender del todo qué miraban, exactamente, los nurágicos cuando bajaban esos 25 escalones hacia el agua.


Pozzo Santa CristinaSacred Well

Lebeuf, A. (2015). Nuraghic Well of Santa Cristina, Paulilatino, Oristano, Sardinia. In: Ruggles, C. (eds) Handbook of Archaeoastronomy and Ethnoastronomy. Springer, New York, NY. doi.org/10.1007/978-1-4614-6141-8_132

Arianna CartaIl pozzo sacro di Santa Cristina: alcune considerazioni sui simboli – Paulilatino (OR)

Wikipedia,Santuario nuragico di Santa Cristina

El pozo-templo de Santa Cristina, una obra nurágica de la Edad del Bronce que tiene 30 siglos y parece construida ayer

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