
En estos años en los que el cambio climático ocupa buena parte de la conversación pública, conviene mirar atrás y recordar que el planeta ya vivió, hace poco más de dos siglos, un vuelco climático repentino y devastador, aunque de origen muy distinto al actual.
Ocurrió en 1816, un año que los cronistas de la época terminaron bautizando como el Año Sin Verano: nevadas en pleno julio, heladas en agosto, oscilaciones térmicas de varios grados en cuestión de horas y cosechas arruinadas de un extremo a otro del hemisferio norte. El origen de todo aquello estaba a más de 12.000 kilómetros de distancia, en una montaña indonesia de la que apenas se había oído hablar hasta entonces: el Tambora.
El Tambora es un estratovolcán situado en el norte de la isla de Sumbawa, en el archipiélago de las islas menores de la Sonda, y forma la península de Sanggar, flanqueada al norte por el mar de Flores y al sur por la bahía de Saleh. Antes de 1815 alcanzaba los 4.300 metros sobre el nivel del mar, lo que lo convertía en uno de los picos más altos de todo el archipiélago indonesio.
Llevaba dando señales de actividad desde 1812, con retumbos y una columna de humo negro que los habitantes de la zona observaban con inquietud. El 5 de abril de 1815 se produjeron las primeras explosiones de importancia, seguidas de una lluvia de cenizas sobre Java oriental y de detonaciones que se escucharon a más de 1.000 kilómetros de distancia.

La erupción del monte Tambora de 1815. Las zonas rojas corresponden a mapas que muestran el espesor de la capa de ceniza volcánica. Crédito: myself / Wikimedia Commons
Pero lo peor llegó el 10 de abril, cuando el volcán entró en una fase pliniana de erupción que en apenas 24 horas le arrancó cerca de 1.400 metros de altura y expulsó, según las estimaciones más citadas, entre 100 y 160 kilómetros cúbicos de material volcánico. El índice de explosividad volcánica (VEI) alcanzó el nivel 7, la categoría más alta registrada de forma inequívoca desde la erupción de Taupo, hace unos 1.800 años.
La cima colapsó sobre sí misma y dejó una caldera de entre 6 y 7 kilómetros de diámetro y más de 1.000 metros de profundidad, que hoy puede visitarse tras varios días de ascenso desde los pueblos de Doro Peti o Pancasila.
Las consecuencias inmediatas fueron catastróficas para la propia Sumbawa y para las islas vecinas. Los flujos piroclásticos arrasaron la península de Sanggar y llegaron hasta el mar; la caída de tefra destruyó los cultivos en un radio enorme, y el hambre y las enfermedades se cebaron con la población superviviente durante meses.
Las cifras varían según la fuente, pero un cálculo conservador habla de unas 117.000 víctimas mortales en total, entre las bajas directas y las provocadas después por la hambruna: entre 44.000 y 100.000 en la isla de Lombok y al menos 25.000 en Bali, además de las de la propia Sumbawa. La aldea de Tambora, con sus cerca de 10.000 habitantes, quedó sepultada bajo la ceniza, en lo que algunos arqueólogos han llamado la Pompeya de Oriente.
El verdadero alcance del desastre, sin embargo, no se limitó a Indonesia. La erupción inyectó en la estratosfera entre 100 y 120 millones de toneladas de dióxido de azufre, que al combinarse con el vapor de agua formó un velo de aerosoles de ácido sulfúrico capaz de rodear la Tierra en cuestión de meses.
Ese velo reflejaba parte de la radiación solar de vuelta al espacio, y ahí empezó el problema para media humanidad. Ya en mayo de 1815 se observaron en Inglaterra atardeceres de un rojo intenso e inusual, y durante el otoño el cielo parecía arder cada noche, un fenómeno que se repitió con fuerza durante los tres años siguientes en distintos puntos de Europa.

Pero el golpe de verdad llegó en el verano de 1816. En Nueva Inglaterra cayó nieve en junio; en Cape May, Nueva Jersey, se registraron heladas cinco noches seguidas a finales de ese mismo mes, y el hielo se observó en ríos y lagos tan al sur como el noroeste de Pensilvania en pleno julio.
En Inglaterra, junio de 1816 tuvo la temperatura media más baja jamás registrada hasta entonces, 12,9 grados; en Francia la vendimia se retrasó como nunca antes; en Alemania las cosechas fracasaron casi por completo, con una crisis agravada por las secuelas de las guerras napoleónicas, y el hambre y la subida de precios llevaron a motines en varios distritos y a una oleada migratoria hacia el este, hacia Rusia, y hacia el oeste, hacia América.
En Suiza los glaciares crecieron y las tempestades destrozaron los campos; en Irlanda y en la provincia china de Yunnan también se documentaron malas cosechas y hambrunas asociadas a ese mismo verano anómalo. En algunas zonas de Nueva Inglaterra, aquel año quedó recordado durante generaciones como Eighteen Hundred and Froze to Death, el mil ochocientos y muerto de frío.
El desconcierto de la época, que desconocía por completo la causa real de lo que estaba ocurriendo, dejó una huella singular en el arte y la literatura. En junio de 1816, un grupo de escritores se reunió en la Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, mientras fuera llovía casi sin descanso y el cielo permanecía cubierto de un gris plomizo poco habitual en esa época del año.
Allí, Mary Shelley concibió la idea de Frankenstein, y Lord Byron escribió uno de sus poemas más sombríos, Darkness, fechado en julio de 1816 en Diodati. El propio Byron explicó después el origen de la pieza con estas palabras:
La escribí… en Ginebra, cuando hubo un célebre día oscuro, en el que las gallinas se fueron a dormir al mediodía y se encendieron las velas como si fuera medianoche.

El poema, escrito en verso blanco, imagina un mundo en el que el sol se apaga para siempre:
Tuve un sueño, que no fue del todo un sueño.
El sol brillante se había extinguido, y las estrellas
vagaban a oscuras por el espacio eterno,
sin rayos y sin rumbo, y la tierra helada
se balanceaba ciega y ennegrecida en el aire sin luna.
Lord Byron, Darkness, 1816
Los atardeceres rojizos de aquellos años no solo inspiraron a los poetas: quedaron registrados con una fidelidad casi documental en la pintura, sobre todo en la obra de J. M. W. Turner, que entre 1815 y 1817 pintó varias puestas de sol de tonos anaranjados y violáceos poco frecuentes en su producción anterior.
Esa coincidencia llevó, casi dos siglos después, a un estudio singular: en 2007, el físico atmosférico Christos Zerefos, de la Academia de Atenas, publicó junto a su equipo en la revista Atmospheric Chemistry and Physics un análisis de cientos de cuadros pintados entre 1500 y 1900, en el que midieron la proporción de rojo frente a verde en los atardeceres representados por Turner y otros maestros como Friedrich.
Los resultados mostraban una correlación estadísticamente significativa (con un coeficiente de 0,8) entre el color de esos cielos pintados y la carga de aerosoles volcánicos en la atmósfera real de cada época, calculada de forma independiente a partir de núcleos de hielo y de otros indicadores geológicos. Zerefos y su equipo revisaron y ampliaron el estudio en años posteriores, incorporando protocolos de color más rigurosos para descartar que las diferencias detectadas se debieran simplemente a fotografías o reproducciones distintas de los mismos lienzos.
Curiosamente, el vínculo científico entre la erupción de 1815 y el desastre climático de 1816 tardó mucho más en establecerse que la intuición de los pintores. Benjamin Franklin ya había apuntado en 1783, tras la erupción islandesa del Laki, que una «niebla seca» persistente podía enfriar el clima al bloquear parte de la radiación solar, pero nadie relacionó de forma explícita el Tambora con el año sin verano hasta 1913, cuando el meteorólogo estadounidense William J. Humphreys, de la Oficina Meteorológica de Estados Unidos, propuso esa conexión por primera vez.
La idea se fue consolidando entre los especialistas durante la década siguiente, hasta quedar más o menos asentada hacia 1920. Décadas más tarde, en 1979, los oceanógrafos Henry y Elizabeth Stommel dedicaron un artículo de divulgación en Scientific American a reconstruir con detalle la crisis agrícola de 1816 y su relación con el volcán. La confirmación definitiva, sin embargo, llegó ya en el siglo XXI, con el cruce de núcleos de hielo de la Antártida y Groenlandia, anillos de árboles y modelos climáticos.
Un estudio dirigido por Andrew Schurer, de la Universidad de Edimburgo, y publicado en 2019 en la revista Environmental Research Letters, sometió a modelos climáticos distintos escenarios con y sin el forzamiento volcánico del Tambora, y solo logró reproducir el frío extremo de aquel verano cuando incluía el efecto del volcán; según sus cálculos, la erupción multiplicó hasta por cien la probabilidad de un verano tan gélido como el de 1816 en el hemisferio norte.
Hoy el Tambora apenas atrae a un puñado de senderistas y a algún vulcanólogo interesado en su caldera, todavía activa y con fumarolas visibles. Pero el episodio de 1815-1816 sigue siendo objeto de debate entre los especialistas, no tanto por lo ocurrido entonces, bien documentado ya por la geología y la climatología modernas, como por lo que podría volver a ocurrir.
Algunos estudios estadísticos sobre la frecuencia de erupciones de esa magnitud sitúan en torno a una entre seis las probabilidades de que se produzca un evento comparable a lo largo de este siglo, en el Tambora o en cualquier otro de los grandes volcanes del planeta.
Si algo así sucediera con la población y la agricultura actuales, mucho más dependientes de las cadenas de suministro globales que las de 1816, las consecuencias son difíciles de anticipar, y ahí es donde los propios científicos que estudian el fenómeno prefieren no aventurar respuestas cerradas.
FUENTES
Zerefos, C. S., Gerogiannis, V. T., et al., Atmospheric effects of volcanic eruptions as seen by famous artists and depicted in their paintings, Atmos. Chem. Phys., 7, 4027–4042, doi.org/10.5194/acp-7-4027-2007
Schurer, A. et al., Disentangling the causes of the 1816 European year without a summer, Environmental Research Letters, 2019. DOI 10.1088/1748-9326/ab3a10
NASA, Mount Tambora Volcano, Sumbawa Island, Indonesia
Wikipedia, Year Without a Summer