La extrema derecha y la guerra por la realidad

En Europa, Estados Unidos y a nivel mundial se está produciendo un rápido auge de la extrema derecha. Todo indica que hay dos factores que facilitan este auge: la migración y las redes sociales.

En este artículo intentaremos analizar las causas y la posible evolución de este fenómeno, incluyendo la manipulación de las emociones humanas, las noticias falsas, etc… Conviene empezar introduciendo un matiz importante, tal como que inmigración y redes sociales son dos factores extraordinariamente importantes, pero que por sí solos no explican el crecimiento de la derecha radical o extrema. Actúan más bien como dos grandes aceleradores de un proceso que tiene raíces económicas, culturales, demográficas, psicológicas y políticas mucho más profundas. La inmigración proporciona un asunto visible sobre el que concentrar inquietudes muy diversas; las redes sociales proporcionan el mecanismo capaz de convertir esas inquietudes en emociones colectivas, identidades políticas y, finalmente, votos. Además, utilizaré aquí «extrema derecha» en sentido amplio por comodidad, aunque políticamente conviene distinguir entre derecha radical populista, que participa en las elecciones pero cuestiona algunos elementos del liberalismo político, y movimientos propiamente extremistas o antidemocráticos. Mezclarlos conduce a conclusiones equivocadas. El auge de la extrema derecha representa una transformación mucho más profunda que un cambio electoral. Estamos probablemente ante uno de los cambios políticos más importantes de las primeras décadas del siglo XXI. Lo significativo no es solamente que determinados partidos estén obteniendo más votos, sino que ideas que hace veinte o treinta años se encontraban en los márgenes del debate político han penetrado progresivamente en el centro de la conversación pública, tales como control mucho más estricto de la inmigración, prioridad nacional, crítica de la globalización, rechazo de determinadas políticas multiculturales, cuestionamiento de instituciones supranacionales, desconfianza hacia las élites políticas, intelectuales y periodísticas, reivindicación de valores tradicionales y demanda de mayor autoridad del Estado.

En Europa, el fenómeno se observa con características diferentes en Francia, Alemania, Italia, Austria, Países Bajos, Hungría, España, países escandinavos y Europa oriental. En Estados Unidos ha adoptado una forma peculiar alrededor del movimiento MAGA y de Donald Trump. Fuera de Occidente encontramos fenómenos que no pueden clasificarse exactamente de la misma manera, pero que comparten elementos de nacionalismo, populismo, liderazgo fuerte y oposición a determinadas élites globalizadas. De hecho, en septiembre de 2026 algunos partidos de derecha radical o antiinmigración se encuentran encabezando o disputando las primeras posiciones en sondeos de países tan importantes como Alemania y Francia. E incluso a 6 de setiembre de 2026 la extrema derecha alemana ha ganado muy claramente las elecciones en el estado de Sajonia-Anhalt. Pero sería demasiado sencillo concluir que millones de personas se han convertido repentinamente en extremistas. Lo que parece estar sucediendo es que ha cambiado el entorno social dentro del cual determinadas ideas resultan políticamente aceptables. Y ahí comienza la cuestión realmente interesante. Durante décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial gran parte de Europa occidental construyó una especie de consenso político implícito. Podía gobernar la izquierda o la derecha, pero ambas aceptaban aproximadamente la democracia liberal, la economía de mercado regulada, el Estado del bienestar, la integración europea y, posteriormente, determinados grados de globalización y multiculturalismo. Ese consenso se ha ido erosionando. La crisis financiera de 2008, la austeridad posterior, el aumento del coste de la vivienda, la precarización de determinados empleos, la desindustrialización de algunas regiones, la pandemia, la guerra de Ucrania, la inflación, la crisis energética, el aumento de los flujos migratorios, el terrorismo islamista, la transformación cultural acelerada y la revolución digital han producido algo más importante que cada problema individual, tal como una sensación acumulativa de pérdida de control. Ese concepto de pérdida de control es probablemente una de las claves para entender todo el fenómeno.

Una parte de la población siente que no controla las fronteras, que no controla el precio de su vivienda, que no controla la estabilidad de su empleo, que no controla los cambios culturales de su barrio, que no controla la tecnología que determina su futuro y que tampoco controla unas instituciones políticas que percibe lejanas. Cuando aparece esa sensación, resulta extraordinariamente poderosa una propuesta política que diga simplemente: «Recuperemos el control». Es una idea mucho más emocional que económica. Y entonces tenemos la inmigración como catalizador. La inmigración ocupa una posición especial porque reúne prácticamente todas estas inquietudes en un único fenómeno visible. No es imaginaria. Los movimientos migratorios existen y pueden generar beneficios, pero también problemas reales de integración, presión sobre determinados servicios públicos, vivienda, escuelas, sanidad, seguridad o convivencia cuando son rápidos, están territorialmente concentrados o las políticas públicas son insuficientes. Negar esos problemas puede resultar políticamente tan contraproducente como exagerarlos. Pero existe además una diferencia fundamental entre la magnitud objetiva de un problema y su percepción psicológica. Una persona puede estar preocupada por la inmigración sin haber sufrido personalmente ninguna consecuencia negativa relacionada con ella. Su percepción puede proceder de noticias, vídeos, comentarios, experiencias indirectas o imágenes repetidas constantemente. Por eso la inmigración resulta especialmente poderosa políticamente, ya que puede convertirse simultáneamente en un problema económico, cultural y simbólico. Investigaciones europeas han encontrado precisamente esta combinación. Las preocupaciones culturales respecto a la inmigración son fuertes predictores del apoyo a la derecha radical, pero las preocupaciones económicas relacionadas con ella amplían considerablemente la coalición electoral disponible. En Estados Unidos el patrón también es muy evidente. En las elecciones de 2024, el 61 % de los votantes consideraba la inmigración muy importante para decidir su voto; entre los partidarios de Trump llegaba al 82 %, frente al 61 % en 2020. Pero aparece entonces un mecanismo psicológico extraordinariamente importante: la inmigración puede transformarse en el recipiente donde se depositan problemas que tienen causas muy diferentes.

Si faltan viviendas asequibles, la causa puede estar relacionada con décadas de escasa construcción, concentración urbana, especulación, regulación, tipos de interés, alquiler turístico, cambios familiares y crecimiento demográfico. Pero resulta cognitivamente mucho más sencillo decir: «No hay viviendas porque han llegado demasiados inmigrantes». Si empeoran determinados empleos, explicar globalización, automatización, deslocalización, IA y cambios en la estructura productiva requiere páginas. Decir «los inmigrantes nos quitan el trabajo» requiere seis palabras. Y aquí encontramos una enorme ventaja política de los populismos: la simplicidad narrativa. El cerebro humano no evolucionó para comprender sociedades de cientos de millones de personas. Esta cuestión psicológica me parece especialmente importante. Nuestra mente evolucionó durante cientos de miles de años viviendo en pequeños grupos humanos. Estamos extraordinariamente preparados para detectar aliados, enemigos, amenazas, traiciones, jerarquías y pertenencia al grupo. Pero estamos mucho peor preparados para comprender estadística, probabilidades, causalidad múltiple o sociedades enormemente complejas. El cerebro comprende perfectamente: «ellos amenazan a los nuestros». Comprende mucho peor: «la situación deriva de una interacción entre globalización, automatización, política monetaria, restricciones de oferta, envejecimiento demográfico y transformación tecnológica». La primera explicación produce inmediatamente una imagen mental. La segunda exige razonamiento. Y las redes sociales han construido accidentalmente, y después comercialmente, un ecosistema extraordinariamente adaptado a la primera explicación. Las redes sociales no inventaron el populismo, pero cambiaron su velocidad. Aquí aparece el segundo gran factor. Antes de Internet existían rumores, propaganda, nacionalismo, xenofobia y noticias falsas. Nada de eso es nuevo. Lo revolucionario es otra cosa: la velocidad, el alcance, la personalización y la repetición. Por primera vez en la historia, miles de millones de personas llevan permanentemente consigo un dispositivo capaz de entregarles información política seleccionada individualmente. Pero esa selección normalmente no busca producir ciudadanos mejor informados. Busca fundamentalmente mantener nuestra atención. Y nuestra atención tiene determinadas debilidades.

Un mensaje que dice: «La delincuencia descendió un 3,2 % ajustando por composición demográfica» difícilmente se viralizará en las redes sociales. Un vídeo diciendo: «mira lo que acaba de hacer este inmigrante» tiene muchas más posibilidades. No necesariamente porque exista una conspiración ideológica del algoritmo, sino porque el segundo mensaje provoca una emoción mucho más intensa. Y las emociones intensas generan interacción. Interacción significa comentarios. Comentarios significan permanencia. Permanencia significa publicidad. La arquitectura económica de las plataformas puede, por tanto, favorecer indirectamente contenidos emocionalmente intensos. Pero existe el negocio de la indignación. Esto nos conduce a algo todavía más profundo. Las emociones humanas no tienen el mismo valor económico en Internet. La tranquilidad tiene poco valor algorítmico. La indignación tiene muchísimo. El miedo, la sorpresa, el resentimiento, la humillación, la ira y la sensación de injusticia inducen a compartir contenido. Investigaciones publicadas en Nature Human Behaviour han encontrado incluso un fenómeno fascinante, como que las personas sobreestiman la indignación moral de los demás cuando leen las redes sociales. Cuanto más utilizaban redes para informarse políticamente, mayor era esa sobreestimación. Como consecuencia, percibían a los grupos adversarios como más hostiles y extremos de lo que realmente eran. Se produce así un extraño espejo deformante. La sociedad real puede estar moderadamente polarizada. Las redes muestran principalmente a quienes gritan. Al observarlas pensamos: «todo el mundo se está radicalizando». Entonces nosotros mismos endurecemos nuestra posición. Y nuestra reacción aparece posteriormente en la red. El espejo comienza a modificar aquello que reflejaba. Este mecanismo ayuda a explicar por qué personas relativamente moderadas pueden terminar adoptando posiciones mucho más radicales sin que nadie las haya «adoctrinado» deliberadamente.

Podemos plantear la hipótesis “del algoritmo a la radicalización”, en que podemos imaginar el proceso como una cadena: preocupación → contenido emocional → interacción → recomendación → contenido más intenso → comunidad → identidad → polarización → voto. Supongamos una persona preocupada por la inmigración. Ve un vídeo sobre delincuencia protagonizado por un inmigrante. Lo mira completo. El sistema aprende que ese contenido le interesa. Le ofrece otro. Después otro. Después un influencer especializado. Después contenido sobre «inseguridad». Después sobre «invasión». Después sobre «sustitución demográfica». La persona puede terminar habitando un universo informativo completamente diferente del de su vecino. Pero debemos introducir aquí una precaución importante, ya que la evidencia científica no permite afirmar simplemente que «los algoritmos crean extremistas». Experimentos realizados con Facebook encontraron que modificar la exposición a contenidos ideológicamente afines cambiaba lo que las personas veían, pero no reducía automáticamente su polarización política. La relación es más compleja. Las redes no crean desde cero las frustraciones. Las encuentran, las agrupan, las amplifican y permiten que quienes las comparten se reconozcan entre sí. Y eso puede ser políticamente revolucionario, ya que implica la desaparición de los antiguos guardianes de la información. Antes existían intermediarios. Un periódico tenía editores. Una televisión tenía responsables jurídicos. Un periodista debía mantener cierta reputación profesional. Esto nunca garantizó imparcialidad ni ausencia de propaganda, pero introducía filtros. Hoy una persona con un teléfono puede alcanzar millones de espectadores. En Estados Unidos, aproximadamente el 21 % de los adultos declaraba en 2024 informarse regularmente mediante influencers; entre los menores de 30 años la cifra alcanzaba el 37 %. Además, el 77 % de esos influencers informativos estudiados por Pew Research Center no tenía experiencia o vinculación con organizaciones periodísticas. Esto representa un cambio histórico, ya que el periodista ha dejado de tener el monopolio de la narración pública. Puede ser enormemente democratizador. Pero también elimina controles.

Sin embargo, la noticia falsa tiene una ventaja evolutiva. La desinformación explota otra vulnerabilidad humana, ya que preferimos una historia coherente a una realidad complicada. Además existe el llamado sesgo de confirmación. Si ya creemos que la inmigración produce delincuencia, recordaremos fácilmente un vídeo que muestre a un inmigrante cometiendo un delito. Olvidaremos rápidamente cien noticias sobre delitos cometidos por personas autóctonas. No porque seamos irracionales en sentido absoluto, sino porque nuestro cerebro clasifica la información mediante esquemas previos. Las noticias falsas políticamente eficaces suelen construirse precisamente así: hecho real + contexto eliminado + exageración + emoción + repetición. Y eso es mucho más peligroso que una mentira completamente inventada. Un delito realmente cometido por un inmigrante puede convertirse en: «esto demuestra lo que está sucediendo en toda Europa». Una fotografía auténtica puede recibir una descripción falsa. Un vídeo ocurrido hace cinco años en otro país puede presentarse como sucedido ayer. Un dato verdadero puede utilizarse sin denominador. Y una vez despertada la emoción, la corrección posterior tiene dificultades para competir con ella. La OCDE ha comenzado precisamente a estudiar comparativamente la capacidad de los ciudadanos para identificar información falsa o engañosa, incluida la generada por IA, porque considera que este entorno representa un riesgo social significativo. Y ahora, para complicarlo todo, aparece la inteligencia artificial. Aquí creo que entramos en una segunda fase mucho más preocupante. Hasta hace pocos años fabricar propaganda requería personas. Ahora puede automatizarse. La IA permite generar miles de textos, imágenes, voces y vídeos diferentes. Pero lo realmente poderoso será personalizarlos. El mensaje dirigido a un joven desempleado puede hablar de inmigrantes que le «quitan» el empleo. El dirigido a una persona mayor puede hablar de inseguridad. El dirigido a una familia puede hablar de falta de escuelas. El dirigido a un pequeño empresario puede hablar de impuestos.

No tendremos necesariamente una propaganda para millones de personas. Podremos tener millones de propagandas para millones de individuos. Esto cambia radicalmente la escala de la manipulación política. Freedom House, organización que pretende expandir y defender la libertad en todo el mundo, ya advierte que la manipulación informativa, la polarización y la erosión de confianza están deteriorando el espacio digital internacional; su informe de 2024 registró el decimocuarto año consecutivo de descenso de la libertad global en Internet. Pero existe otro factor decisivo: la pérdida de confianza. Probablemente incluso más importante que las noticias falsas sea la desaparición de la confianza. Cuando una sociedad confía razonablemente en periodistas, jueces, científicos, universidades, gobiernos y estadísticas oficiales, una mentira encuentra resistencia. Cuando deja de confiar en ellos, cualquier afirmación puede competir con cualquier otra. Y aquí aparece una paradoja peligrosa. Se publica una noticia falsa. Los medios la desmienten. Pero quien ya desconfía de los medios interpreta el desmentido como prueba adicional: «Si todos intentan negarlo, será porque es verdad». Se crea un sistema epistemológico cerrado. No solamente discrepamos sobre qué políticas debemos aplicar. Empezamos a discrepar sobre qué realidad existe. Ese cambio es mucho más peligroso para una democracia que la polarización ideológica convencional, especialmente porque la extrema derecha ha comprendido especialmente bien el nuevo lenguaje digital. Esto tampoco significa que solamente la derecha utilice manipulación emocional, propaganda o desinformación. Todas las corrientes políticas pueden hacerlo, y existen ejemplos abundantes en múltiples ideologías. Pero la derecha populista posee determinadas ventajas estructurales en el ecosistema actual. Su narrativa típica utiliza conceptos especialmente compatibles con las redes, tales como amenaza, frontera, identidad, enemigo, traición, decadencia, recuperación, orgullo, seguridad. Son conceptos extraordinariamente visuales y emocionales. Además permiten construir uno de los mecanismos políticos más antiguos: «nosotros» contra «ellos».

El «ellos» puede cambiar. Inmigrantes. Élites. Bruselas. Globalistas. Periodistas. Universidades. Funcionarios. ONGs. Minorías. El elemento fundamental no es quién ocupa esa posición. Es que exista un adversario identificable al que atribuir la pérdida de control. Sin embargo, la izquierda y el centro político también tienen responsabilidad. Para comprender el auge de la derecha radical sería un error limitarse a estudiar lo que ésta hace bien. También debemos preguntarnos qué han hecho mal sus adversarios. Durante años, una parte del establishment político europeo trató determinadas preocupaciones sobre inmigración, integración, identidad nacional, delincuencia o transformación cultural como si fueran esencialmente expresiones de prejuicio. Esto tuvo un efecto contraproducente. Cuando una persona siente una preocupación y el sistema político responde que no debería sentirla, la preocupación no desaparece. Busca otro representante. La derecha radical comprendió perfectamente ese vacío y dijo: «Nosotros sí podemos hablar de esto». Probablemente ésta sea una de las razones de su normalización. Al mismo tiempo, muchos partidos tradicionales dejaron de representar con claridad a sectores de la clase trabajadora industrial, mientras determinadas izquierdas desplazaban parte de su discurso desde cuestiones económicas hacia cuestiones culturales e identitarias. Esto abrió otro espacio electoral, en que la economía continúa debajo de todo. No deberíamos perderla de vista. Vivienda inaccesible. Empleo precario. Salarios estancados. Desindustrialización. Automatización. Sensación de descenso social. Dificultades de los jóvenes para independizarse. Miedo a que los hijos vivan peor que sus padres. Todo ello crea una enorme reserva de frustración política.

Una investigación publicada en 2026 continúa encontrando vínculos entre inseguridad laboral, desempleo, políticas de protección social y apoyo a la extrema derecha europea. La cuestión importante es que las personas no votan necesariamente según la causa objetiva de su problema. Votan según la explicación que consideran convincente. Y las redes sociales se han convertido en la mayor máquina de producción y distribución de explicaciones políticas de la historia. A esto se añade la sensación de estar perdiendo el propio país. Existe además un componente que las explicaciones puramente económicas no captan bien: la identidad. Una persona puede aceptar que económicamente la inmigración sea beneficiosa y, sin embargo, sentir inquietud ante una transformación cultural muy rápida. Puede preguntarse: «¿cómo será mi país dentro de treinta años?»; «¿seguirán existiendo nuestras costumbres?»; «¿qué significa ser francés, alemán, español, italiano o británico?». Estas preguntas no pueden responderse simplemente mediante estadísticas del PIB. Son preguntas sobre pertenencia. Y cuando los partidos tradicionales evitan discutirlas, dejan un espacio enorme para movimientos nacionalistas. También existe una crisis masculina, que es un componente que probablemente adquirirá creciente importancia. En muchos países desarrollados encontramos grupos de hombres jóvenes con dificultades educativas, laborales y relacionales. Algunos perciben que el discurso institucional habla abundantemente de problemas que afectan a otros colectivos (feminismo, LGTBIQ+, que representa la diversidad de orientaciones sexuales e identidades de género) pero muy poco de los suyos. Internet ofrece entonces comunidades que proporcionan algo muy poderoso, como pertenencia, explicación, culpables, identidad. No necesariamente comienzan siendo políticas. Pueden comenzar hablando de gimnasio, videojuegos, relaciones sentimentales, masculinidad o éxito económico. Pero determinados ecosistemas digitales pueden conectar progresivamente estos temas con narrativas políticas. La frontera entre influencer cultural e influencer político está desapareciendo.

¿Qué puede suceder durante los próximos diez o veinte años? No creo que debamos imaginar inevitablemente una marcha continua hacia una extrema derecha cada vez más poderosa. Los movimientos políticos funcionan mediante ciclos. Pero sí parece probable una transformación más duradera, en que muchas ideas asociadas actualmente a la derecha radical serán absorbidas por los partidos tradicionales. Ya está ocurriendo con inmigración, fronteras, defensa, seguridad y política industrial. Esto produce un fenómeno interesante. Aunque determinados partidos radicales posteriormente pierdan elecciones, pueden haber ganado parte de la batalla cultural. El centro político se desplaza. Lo que ayer parecía extremo mañana puede convertirse en política convencional. Ante ello, podemos vislumbrar tres futuros especialmente plausibles. El primero sería una normalización democrática. Los partidos de derecha radical entran en gobiernos, moderan algunas posiciones, las instituciones absorben parte de sus demandas y el sistema político encuentra un nuevo equilibrio. Se endurece la política migratoria y aumenta el nacionalismo económico, pero permanece intacta la democracia liberal. El segundo sería una polarización permanente. Dos grandes bloques culturales comienzan a considerarse mutuamente ilegítimos. Cada elección se percibe como una batalla existencial. Las redes mantienen permanentemente movilizada emocionalmente a la población. El tercero es bastante más preocupante: democracias formalmente electorales pero progresivamente menos liberales. Siguen celebrándose elecciones, pero disminuye la independencia judicial, aumenta la presión sobre medios, se politizan instituciones y cada gobierno intenta modificar las reglas para consolidarse. No sería necesariamente el regreso de los fascismos de los años treinta. Podría surgir algo nuevo. Un autoritarismo digital del siglo XXI. Mucho más sofisticado. Menos basado en prohibir información y más en inundarla.

No hace falta censurar una verdad si puedes rodearla de diez mil versiones contradictorias. Y ésta puede ser la auténtica revolución política de nuestra época. Durante el siglo XX la propaganda funcionaba fundamentalmente mediante el control de la información. En el siglo XXI puede funcionar mediante la saturación de información. Antes el ciudadano tenía demasiado poca información. Ahora puede tener demasiada. Verdades. Medias verdades. Mentiras. Vídeos manipulados. Deepfakes. Opiniones. Rumores. Memes. Estadísticas. Conspiraciones. Todo mezclado. El resultado paradójico puede ser parecido: la persona deja de saber qué creer. Entonces aparece la solución psicológica más sencilla: creer a «los nuestros». Y cuando la verdad depende de la identidad política, la democracia entra en una zona peligrosa. La inmigración y las redes sociales son, por tanto, solamente la superficie. Debajo encontramos algo bastante más profundo. Podríamos representarlo así: inseguridad económica + transformación cultural + inmigración + pérdida de confianza institucional + crisis de identidad + redes sociales + algoritmos de atención + manipulación emocional + desinformación + IA → polarización política. Pero añadiría otro elemento al final: necesidad humana de pertenencia. Quizá sea el más antiguo de todos. Los seres humanos necesitamos sentir que pertenecemos a algún lugar y a algún grupo. Cuando las estructuras tradicionales, como familia extensa, religión, sindicatos, asociaciones, barrio, comunidad local, pierden fuerza, las identidades políticas pueden ocupar parcialmente su lugar. Entonces la política deja de ser simplemente: «¿qué impuestos prefiero?» y se convierte en: «¿quién soy?». Cuando eso ocurre, cambiar de opinión política resulta psicológicamente parecido a traicionar al propio grupo. Y ahí las redes sociales tienen una capacidad extraordinaria para construir tribus digitales.

Creo que sería equivocado interpretar el auge actual de la extrema derecha simplemente como «millones de personas volviéndose fascistas», del mismo modo que sería ingenuo interpretarlo únicamente como una reacción racional ante la inmigración. Estamos observando algo más interesante y probablemente más importante históricamente: la adaptación de la política a una sociedad sometida simultáneamente a enormes transformaciones económicas, demográficas, tecnológicas y culturales. La inmigración proporciona uno de los símbolos más visibles de esa transformación. Las redes sociales proporcionan el amplificador. Los algoritmos proporcionan la selección. Las noticias falsas proporcionan munición. La IA proporcionará escala y personalización. Pero la energía que alimenta todo el sistema procede de emociones humanas muchísimo más antiguas, tales como miedo, pertenencia, resentimiento, orgullo, pérdida de estatus, necesidad de seguridad y deseo de recuperar control. Por eso probablemente la respuesta más eficaz al crecimiento de los extremismos no consista únicamente en eliminar publicaciones falsas o censurar determinados discursos. Si permanecen intactas las causas que producen inseguridad, frustración y sensación de abandono, aparecerán nuevos discursos que las exploten. El gran desafío democrático de las próximas décadas será, por tanto, doble: resolver problemas reales —vivienda, desigualdad, integración migratoria, seguridad, empleo, envejecimiento, pérdida de expectativas— y, simultáneamente, reconstruir un espacio informativo común en el que todavía podamos distinguir razonablemente entre hechos y opiniones. Porque quizá el mayor peligro no sea que una sociedad se divida entre izquierda y derecha. Las democracias llevan siglos sobreviviendo a esa división. El verdadero salto cualitativo llegará si la sociedad se divide entre grupos que ya no comparten una misma realidad. Cuando dos ciudadanos pueden discutir sobre qué hacer ante un hecho, todavía existe política. Cuando ya no pueden ponerse de acuerdo sobre si ese hecho ocurrió, comienza algo completamente distinto.

Como continuación de este artículo, debemos profundizar en cómo funciona exactamente la manipulación emocional en el cerebro —miedo, ira, identidad, sesgo de confirmación, repetición— y cómo los algoritmos y la futura IA pueden aprender a explotar individualmente esas vulnerabilidades, porque ahí probablemente se encuentra una de las claves para comprender cómo podría evolucionar este fenómeno durante los años 2030-2050. La manipulación emocional política se entiende mejor si abandonamos por un momento la idea de que el ciudadano recibe información, la analiza racionalmente y después decide. A veces ocurre así, pero buena parte de nuestra relación con la información sigue una secuencia diferente: primero sentimos, después interpretamos y, finalmente, construimos argumentos que hacen coherente lo que hemos sentido. No significa que seamos irracionales; significa que el cerebro humano evolucionó para sobrevivir y convivir mucho antes que para analizar estadísticas, programas electorales o complejas relaciones causales. El punto de partida está en una característica fundamental del cerebro, tal como que su prioridad no es descubrir la verdad absoluta, sino construir rápidamente una interpretación suficientemente buena del entorno que permita actuar. Nuestro cerebro recibe una cantidad inmensa de información y debe seleccionar qué merece atención. Para hacerlo utiliza expectativas, recuerdos, emociones y experiencias anteriores. En cierto sentido, continuamente está preguntándose: «¿Esto es importante para mí?», y dentro de esa pregunta existe otra todavía más urgente: «¿Esto puede representar una amenaza?».  Aquí aparece el miedo. Cuando percibimos algo como potencialmente peligroso se activan redes cerebrales relacionadas con detección de relevancia, amenaza, memoria y respuesta fisiológica. La amígdala participa en estos procesos, pero sería incorrecto imaginarla simplemente como un «botón del miedo», ya que intervienen también la ínsula, el hipocampo, el hipotálamo, regiones prefrontales y numerosos sistemas neuroquímicos. El cerebro coloca temporalmente la amenaza en primer plano.

Este mecanismo fue extraordinariamente útil durante nuestra evolución. Si nuestros antepasados escuchaban un ruido entre los arbustos, era más seguro reaccionar primero y comprobar después si realmente había un depredador. El coste de equivocarse por exceso era pequeño; el de equivocarse por defecto podía ser la muerte. En política ocurre algo parecido. Comparemos dos mensajes: «La integración de la población inmigrante presenta resultados heterogéneos dependiendo del nivel educativo, procedencia, estructura laboral y políticas públicas». Y: «Están entrando miles y nadie sabe quiénes son». El primero transmite información. El segundo construye una amenaza. No importa inicialmente que sea verdadero, falso o parcialmente cierto. Psicológicamente ha introducido incertidumbre, pérdida de control y peligro. Y esos elementos capturan la atención. Esto explica por qué el miedo constituye uno de los instrumentos políticos más antiguos. Pero el miedo tiene una característica peculiar, ya que necesita un objeto. Podemos estar inquietos por el futuro, la vivienda, nuestro trabajo, nuestros hijos, la inteligencia artificial o el deterioro económico, pero esa ansiedad difusa resulta psicológicamente incómoda. Una narración política puede proporcionar una explicación sencilla: «Esto está sucediendo por culpa de ellos». En ese momento la incertidumbre se transforma en relato. Y paradójicamente un relato aterrador puede producir cierto alivio psicológico, ya que quizá el mundo sea peligroso, pero ahora creemos saber por qué. Aquí entramos en la segunda emoción fundamental: la ira. El miedo dice: «algo malo puede ocurrirme». La ira añade: «alguien es responsable». Esta diferencia es extraordinariamente importante. La ira puede transformar una persona preocupada en una persona políticamente movilizada. Aparecen entonces conceptos como injusticia, traición, abuso, privilegio o humillación. Una publicación diciendo «la vivienda se ha encarecido considerablemente» puede producir preocupación. Otra diciendo «mientras tú no puedes pagar una vivienda, ellos reciben todo gratis» produce algo distinto. Produce agravio comparativo. Y el agravio comparativo puede ser políticamente mucho más poderoso que la pobreza absoluta. Una persona puede tolerar una situación difícil si cree que todos están haciendo sacrificios. Resulta mucho más difícil aceptarla cuando cree que otro grupo recibe injustamente aquello que a ella se le niega.

Aquí las redes sociales encuentran un material extraordinariamente inflamable. Pero miedo e ira todavía no bastan. Para que la manipulación política sea especialmente eficaz debe añadirse un tercer componente: la identidad. Los seres humanos somos profundamente sociales. Durante casi toda nuestra historia evolutiva sobrevivir significaba pertenecer a un grupo. La exclusión podía tener consecuencias terribles. De ahí que nuestro cerebro conceda enorme importancia a distinguir entre personas cercanas, aliados, rivales y amenazas sociales. La política moderna puede aprovechar este mecanismo mediante una transformación muy sencilla: una opinión se convierte en identidad. Ya no digo: «Creo que debería reducirse la inmigración». Comienzo a pensar: «Soy una persona que defiende nuestro país». Y posteriormente: «Nosotros defendemos nuestro país». Finalmente: «Ellos quieren destruir nuestro país». Se ha producido un cambio psicológico fundamental. La cuestión política ha dejado de ser exclusivamente una proposición que puede discutirse. Se ha integrado parcialmente en la identidad. Y cuando atacamos una creencia profundamente vinculada a la identidad de alguien, esa persona puede experimentar el ataque como algo dirigido contra ella misma o contra su grupo. Por eso proporcionar más datos no siempre modifica una opinión política. Algunas veces incluso puede provocar resistencia. No porque la persona sea incapaz de razonar, sino porque está defendiendo algo mucho más importante que una cifra: su pertenencia. Aquí aparece el sesgo de confirmación. Nuestro cerebro no examina todas las informaciones con idéntica neutralidad. Tendemos a prestar mayor atención a aquello que encaja con nuestras expectativas y a buscar explicaciones alternativas para aquello que las contradice. Supongamos que alguien cree: «la inmigración está provocando un enorme aumento de la delincuencia». Ve diez noticias durante una semana. Nueve hablan de cuestiones diferentes. Una muestra un delito cometido por un inmigrante. Esa noticia posee una característica especial, ya que encaja perfectamente con su modelo previo.

Probablemente la recordará. Probablemente la compartirá. Quizá piense: «¿Ves? Esto es exactamente lo que decía». La red social aprende entonces algo sobre esa persona. Y aquí empieza el verdadero cambio histórico. Durante toda la historia humana existieron propagandistas capaces de manipular miedo, ira, identidad y prejuicios. Lo nuevo es que el propagandista del futuro puede conocer individualmente a cada receptor. Un periódico imprimía el mismo mensaje para cien mil personas. La radio emitía el mismo discurso para millones. La televisión mostraba el mismo anuncio electoral. Las redes sociales introdujeron algo diferente: cada individuo puede recibir una realidad informativa distinta. Y la IA puede llevar este proceso mucho más lejos. El algoritmo aprende quién eres sin necesidad de «comprenderte» como lo haría una persona. Cada interacción deja pequeñas pistas. Qué vídeos miras. Cuáles abandonas después de dos segundos. Cuáles terminas. Dónde te detienes. Qué compartes. A quién sigues. Qué comentarios lees. Qué palabras buscas. A qué hora utilizas determinadas aplicaciones. Qué publicaciones despiertan tu curiosidad. Qué temas provocan que regreses. Cada dato aislado parece insignificante. Pero miles de ellos forman un patrón. El sistema puede inferir probabilísticamente que determinado contenido tiene muchas posibilidades de captar tu atención, aunque no necesite saber conscientemente por qué. Imaginemos ahora dos personas igualmente preocupadas por la inmigración. Una teme principalmente la delincuencia. Otra teme perder su identidad cultural. Mostrarles exactamente la misma propaganda sería ineficiente. Un sistema suficientemente sofisticado podría descubrir que al primero le afectan especialmente historias relacionadas con agresiones, mientras que al segundo le afectan imágenes sobre transformación de barrios, cambios culturales o símbolos nacionales. A uno le ofrecería: miedo. Al otro: nostalgia. A un tercero: ira económica. A un cuarto: protección de sus hijos. A un quinto: orgullo nacional. Aquí la propaganda deja de ser simplemente masiva. Se convierte potencialmente en propaganda personalizada.

Y entonces aparece la repetición. La repetición tiene una importancia enorme porque nuestro cerebro utiliza con frecuencia la familiaridad como una señal imperfecta de credibilidad. Existe un fenómeno psicológico bien estudiado denominado illusory truth effect, en que cuando encontramos repetidamente una afirmación, puede parecernos más verdadera simplemente porque resulta familiar y es más fácil de procesar. Esto tiene consecuencias enormes. Supongamos que durante meses aparecen diferentes mensajes: «Europa está siendo invadida». «Estamos perdiendo nuestro país». «Los políticos han abierto las fronteras». «Nos están sustituyendo». «Ya no reconocemos nuestras ciudades». No hace falta que cada publicación convenza. Lo importante es construir gradualmente una atmósfera cognitiva. Después de cientos de exposiciones puede surgir la impresión: «todo el mundo está hablando de esto; algo muy grave debe estar ocurriendo». Y aquí existe otro mecanismo fascinante: la heurística de disponibilidad. Tendemos a estimar la frecuencia o probabilidad de algo según la facilidad con que podemos recordar ejemplos. Si vemos continuamente vídeos de delitos violentos, podemos comenzar a sentir que la delincuencia está aumentando espectacularmente aunque las estadísticas agregadas indiquen otra cosa. El cerebro no lleva una hoja de cálculo. Pregunta aproximadamente: «¿Cuántos ejemplos recuerdo?». Las redes pueden llenar nuestra memoria de ejemplos cuidadosamente seleccionados. Y entonces ocurre algo extraordinario: una percepción construida digitalmente empieza a sentirse como experiencia personal. La persona puede decir sinceramente: «Lo veo todos los días». Y tiene razón. Lo ve todos los días. Lo que no sabe es por qué se lo muestran todos los días. Ésta es probablemente una de las claves de la manipulación algorítmica.

El algoritmo no necesita decirnos qué pensar. Le basta con decidir repetidamente sobre qué debemos pensar. Esta diferencia es enorme. Si durante seis meses una persona recibe centenares de contenidos relacionados con inmigración y delincuencia, puede terminar considerando que ésta es una de las principales amenazas de su país. Otra persona puede recibir durante los mismos seis meses centenares de contenidos sobre racismo y agresiones contra inmigrantes. También puede terminar pensando que ése es uno de los principales problemas nacionales. Ambas viven físicamente en la misma ciudad. Pero psicológicamente pueden habitar dos países diferentes. Cada una dispone de centenares de ejemplos que confirman su interpretación. Cada una piensa que la otra está ciega ante «la realidad». Y ambas pueden estar observando fragmentos reales de una realidad mucho mayor. Aquí la polarización deja de ser simplemente ideológica. Se convierte en polarización perceptiva. El siguiente nivel es todavía más poderoso: la recompensa social. Supongamos que una persona publica un comentario moderado. Recibe tres «me gusta». Al día siguiente publica algo más contundente. Recibe treinta. Después publica algo indignado. Recibe trescientos. Sin que nadie se lo ordene explícitamente, comienza un proceso de aprendizaje. El entorno le está enseñando: «esto funciona». Las recompensas sociales, con aprobación, reconocimiento, comentarios, seguidores, pueden reforzar comportamientos. La persona empieza a utilizar expresiones más rotundas. Sus seguidores más radicales responden con mayor entusiasmo. Los moderados quizá dejan de seguirla. Su audiencia se vuelve progresivamente más homogénea. Para mantenerla debe continuar produciendo aquello que espera. Se crea así una especie de selección artificial del discurso político. Los mensajes moderados compiten mal contra los mensajes emocionales. Y los propios creadores pueden radicalizar su comunicación porque el sistema recompensa la radicalidad.

Después aparece la identidad colectiva. El individuo descubre miles de personas que piensan como él. Esto puede resultar profundamente reconfortante. «No estoy solo». «Otros también lo ven». «Nosotros hemos despertado». Esta última idea aparece frecuentemente en movimientos conspirativos y radicalizados. Resulta psicológicamente extraordinariamente atractiva porque proporciona simultáneamente tres recompensas: pertenencia, significado y superioridad epistemológica. Yo pertenezco a una comunidad. Comprendo por qué sucede todo. Y además sé algo que los demás todavía no han comprendido. Una teoría conspirativa puede ser falsa y, sin embargo, satisfacer necesidades psicológicas auténticas. Por eso combatirla únicamente mediante datos puede resultar insuficiente. Pero la IA puede cambiar completamente la escala. Hasta ahora estamos describiendo fundamentalmente redes sociales contemporáneas. Pero imaginemos el periodo 2030-2040. Un sistema de IA podría potencialmente conocer qué argumentos funcionan con diferentes perfiles, qué tono produce mayor respuesta, qué imagen provoca más interacción y qué narración genera mayor identificación. Entonces podría experimentar automáticamente. Mensaje A. Mensaje B. Mensaje C. Observa nuestra reacción. Aprende. Modifica el siguiente. Sería una especie de evolución darwiniana de la propaganda, realizada millones de veces por segundo. Los mensajes menos eficaces desaparecerían. Los más eficaces se reproducirían y mutarían. Y aquí encontramos una diferencia inquietante respecto de la propaganda tradicional. El propagandista humano necesitaba comprender la psicología humana. La IA podría simplemente descubrir empíricamente nuestras vulnerabilidades. Ni siquiera tendría que saber por qué funciona algo. Prueba cien variantes. Una obtiene cinco veces más interacción. Produce otras cien variantes de ésa. Selecciona las mejores. Repite. Después de millones de iteraciones puede descubrir formas de persuasión que ningún estratega político habría imaginado.

Pero podemos avanzar todavía otro paso. Hasta ahora hemos supuesto que la IA intenta persuadir a grupos. ¿Y si intenta persuadir a Manuel, Enrique, David o Pedro individualmente? No necesitaría utilizar el mismo argumento para todos. Podría aprender que Manuel responde especialmente a cuestiones económicas. Enrique a identidad cultural. David a delincuencia. Pedro a pérdida de empleo. Pero incluso eso sería rudimentario. Un sistema mucho más avanzado podría aprender qué emoción funciona con cada persona, en qué momento y en qué secuencia. Eso sería extraordinariamente importante. Porque las personas no somos psicológicamente constantes. Un mensaje que ignoramos tranquilamente a las diez de la mañana puede afectarnos mucho más cuando estamos cansados, enfadados o preocupados. Una IA capaz de modelar comportamiento podría intentar estimar algo parecido a: usuario vulnerable a mensajes económicos + preocupación por vivienda + elevada interacción nocturna + respuesta fuerte a contenidos sobre injusticia → presentar ahora historia emocional sobre ayudas públicas. No afirmo que las plataformas actuales posean literalmente ese modelo psicológico individual ni que puedan leer nuestros pensamientos. La distinción es fundamental. Estoy describiendo la dirección tecnológicamente plausible del riesgo si se combinan enormes cantidades de datos personales, sistemas de recomendación, IA generativa y optimización automática de persuasión. Y entonces entraríamos en un territorio político nuevo. El deepfake perfecto quizá no sea el más peligroso. Tendemos a preocuparnos por vídeos falsos espectaculares: un presidente diciendo algo que nunca dijo. Eso será importante. Pero creo que puede ser todavía más peligrosa otra cosa: la microdesinformación personalizada. Miles de pequeñas historias. Memes. Comentarios. Testimonios falsos. Supuestos ciudadanos. Vídeos aparentemente espontáneos. Conversaciones artificiales. Cuentas gestionadas mediante IA. Todo construido para producir la sensación: «todo el mundo piensa esto».

Aquí aparece la llamada prueba social. Cuando no sabemos qué pensar observamos qué parecen pensar los demás. Si vemos miles de comentarios defendiendo determinada posición podemos inferir: «Debe ser una opinión ampliamente compartida». Pero en el futuro una proporción desconocida de esas personas podría no existir. Esto permitiría fabricar algo políticamente extraordinario, como mayorías psicológicas artificiales. No hace falta convencer inmediatamente a millones de personas. Primero puedes convencerlas de que millones de personas ya están convencidas. Y la conversación con IA introduce una diferencia todavía más profunda. Un anuncio habla. Nosotros escuchamos. Una IA conversacional puede hablar con nosotros. Puede escuchar nuestras objeciones. Detectar qué argumentos rechazamos. Reformularlos. Cambiar de tono. Recordar conversaciones anteriores. Construir confianza. Quizá acompañarnos durante años. Esto convierte la persuasión en una relación. Imaginemos una IA aparentemente neutral que durante dos años conversa con una persona sobre trabajo, relaciones, economía, historia y política. Conoce sus preocupaciones. Conoce su lenguaje. Conoce qué valores considera importantes. Entonces, durante unas elecciones, empieza muy lentamente a orientar determinadas interpretaciones. No necesitaría decir: «vota a X». Sería demasiado evidente. Podría limitarse a decidir sistemáticamente qué hechos destacar, qué ejemplos utilizar y qué preguntas plantear. La manipulación más sofisticada probablemente no parecerá manipulación. Parecerá comprensión. Éste es el verdadero problema del futuro: la asimetría psicológica. Durante una conversación normal, dos seres humanos disponemos aproximadamente de capacidades semejantes. Yo intento convencerte. Tú intentas convencerme. Pero imaginemos una IA que haya aprendido de millones de conversaciones. Ella podría disponer de modelos estadísticos sobre personas parecidas a nosotros. Nosotros no tenemos un modelo equivalente sobre ella. Ella puede recordar nuestras reacciones anteriores. Puede experimentar con nosotros. Puede adaptar cada frase. Nosotros únicamente vemos la frase que finalmente ha seleccionado. La relación deja de ser simétrica.

Podríamos expresarlo así: la IA podría conocernos estadísticamente mejor de lo que nosotros conocemos el mecanismo que intenta persuadirnos. Y eso plantea un problema democrático completamente nuevo. Sin embargo, existe una cuestión fundamental que no debemos olvidar. Nada de esto significa que el ser humano sea una marioneta. La persuasión no funciona como una orden hipnótica. No existe un «botón cerebral» que permita introducir una ideología. Las creencias previas, educación, personalidad, contexto social, experiencias personales y relaciones familiares importan enormemente. Además, las mismas tecnologías pueden emplearse en sentido contrario. La IA podría detectar desinformación. Comparar fuentes. Advertir sobre vídeos manipulados. Mostrar contexto estadístico. Detectar campañas coordinadas. Explicar por qué determinado contenido intenta provocar miedo. Incluso podría funcionar como una especie de sistema inmunitario cognitivo. Cuando recibimos un mensaje diciendo: «¡URGENTE! Los medios no quieren que veas esto», una IA personal podría advertir: «Este mensaje utiliza urgencia, secreto y amenaza para reducir tu reflexión crítica. La fotografía es auténtica, pero ocurrió hace cuatro años en otro país. ¿Quieres consultar las fuentes originales?». Eso sería extraordinariamente poderoso. La misma IA capaz de perfeccionar la propaganda podría convertirse en nuestra mejor defensa contra ella. Y aquí regresamos a la extrema derecha, aunque el mecanismo no pertenece exclusivamente a ella. Miedo: «estamos en peligro». Ira: «ellos son responsables». Identidad: «nosotros somos diferentes». Agrupación: «somos muchos». Confirmación: «mira esta prueba». Repetición: «lo vemos continuamente». Polarización: «quien no lo comprende está engañado o forma parte del problema». Deshumanización: «ellos ya no son simplemente adversarios; son enemigos». Ésta última transición es la verdaderamente peligrosa. Porque una democracia puede funcionar perfectamente con ciudadanos que discrepan intensamente. Funciona mucho peor cuando comienzan a considerar al adversario como una amenaza cuya mera existencia resulta intolerable. Y nuevamente debemos evitar una simplificación, ya que estos mecanismos pueden aparecer en la extrema derecha, la extrema izquierda, nacionalismos, movimientos religiosos, sectas, conspiracionismo e incluso comunidades aparentemente apolíticas. Son vulnerabilidades humanas, no patrimonio de una ideología.

Durante miles de años los seres humanos desarrollamos tecnologías para ampliar nuestras capacidades físicas. El arado amplió nuestra fuerza. El telescopio nuestra visión. La imprenta nuestra memoria colectiva. El automóvil nuestra movilidad. El ordenador nuestra capacidad de cálculo. Pero los algoritmos de recomendación y la inteligencia artificial introducen algo diferente: tecnologías capaces de intervenir directamente sobre aquello a lo que prestamos atención. Y controlar la atención significa influir sobre la realidad que experimentamos. Podríamos representar todo el proceso mediante una cadena: datos personales → perfil probabilístico → selección de contenido → captura de atención → emoción → repetición → familiaridad → confirmación → identidad → comunidad → polarización → conducta política. Con la IA habría que añadir: → experimentación automática → personalización → aprendizaje de nuestra respuesta → nueva personalización. Entonces la cadena deja de ser lineal y se convierte en un bucle: IA → mensaje → emoción humana → conducta → datos → aprendizaje de la IA → mensaje más eficaz → emoción → nuevos datos → nueva optimización. Y ése puede ser uno de los grandes problemas políticos del siglo XXI. Porque durante toda la historia nos hemos preocupado por quién controla los medios de comunicación. La pregunta del futuro puede ser bastante más inquietante: ¿quién controla el sistema que aprende, individualmente, qué necesita ver cada ser humano para cambiar de opinión? Y todavía añadiría otra. Cuando ese sistema llegue a conocernos suficientemente bien, quizá la cuestión ya no sea simplemente si una noticia es verdadera o falsa. Podría ser completamente verdadera y, sin embargo, formar parte de una manipulación. Bastaría con seleccionar cuidadosamente qué verdades mostrarnos, cuáles ocultarnos, en qué orden presentarlas y qué emoción asociar a cada una. La propaganda perfecta quizá no necesite mentir. Podría consistir simplemente en construir, para cada individuo, una selección diferente de la realidad. Ésa me parece la evolución más importante que debemos vigilar durante las próximas décadas.

Esta idea puede desarrollarse como una de las formas más profundas de manipulación en la era digital, ya que no sería necesario falsificar el mundo, sino seleccionar para cada persona una porción distinta de él, de tal manera que dos individuos expuestos durante meses a información diferente terminen viviendo psicológicamente en realidades distintas aunque compartan la misma ciudad, las mismas leyes y el mismo momento histórico. Podría consistir simplemente en construir, para cada individuo, una selección diferente de la realidad. La frase parece sencilla, pero encierra una transformación radical en nuestra relación con la información. Durante mucho tiempo se ha identificado la manipulación con la mentira. Pensamos en propaganda, censura, noticias falsas, falsificación de imágenes o discursos inventados. Sin embargo, existe una forma mucho más sofisticada de influir sobre una persona, tal como no mostrarle cosas falsas, sino decidir cuidadosamente qué cosas verdaderas verá y cuáles permanecerán fuera de su campo de atención. La realidad social es demasiado grande para que podamos conocerla directamente. En un país ocurren cada día millones de acontecimientos: delitos, actos solidarios, nacimientos, conflictos, accidentes, descubrimientos científicos, despidos, contrataciones, protestas, integraciones exitosas de inmigrantes, problemas de convivencia, crecimiento económico, pobreza, corrupción, mejoras sanitarias, violencia, cooperación. Todo sucede simultáneamente. Ningún ser humano puede abarcarlo. Por ello nuestra visión del mundo siempre depende de una selección. Antes esa selección era realizada principalmente por periódicos, radios y televisiones. Un pequeño número de editores decidía qué acontecimientos merecían convertirse en noticias. Aquello ya suponía un enorme poder, ya que decidir qué aparece en portada significa, en parte, decidir qué considera importante una sociedad. Pero había una diferencia fundamental. Millones de personas recibían aproximadamente la misma selección. Podían interpretarla de manera diferente, pero existía un terreno informativo relativamente común.

La revolución algorítmica cambia ese principio. Ahora es técnicamente posible que cada individuo reciba una selección distinta. Imaginemos dos vecinos que viven en el mismo edificio. Ambos salen cada mañana por la misma puerta, compran en las mismas tiendas, utilizan el mismo transporte público y viven bajo el mismo gobierno. Pero uno de ellos pasa varias horas diarias consumiendo contenidos sobre delincuencia, inmigración irregular, agresiones, deterioro urbano, conflictos culturales y fronteras. El otro recibe contenidos sobre discriminación, integración de inmigrantes, racismo, solidaridad, explotación laboral y abusos policiales. Ninguno de los dos tiene por qué estar viendo noticias falsas. Los delitos existen. La integración también existe. La discriminación existe. La solidaridad también existe. El problema aparece cuando cada persona recibe casi exclusivamente una determinada categoría de hechos. Después de varios meses, el primero puede pensar: «Nuestro país está siendo destruido por la inmigración». El segundo: «Nuestro país está siendo destruido por la xenofobia». Ambos pueden aportar decenas de vídeos, testimonios y noticias que parecen demostrarlo. Ambos pueden decir sinceramente: «Lo veo todos los días». Y ambos tienen razón. Lo ven todos los días. Lo que probablemente ninguno ve es la totalidad. Ahí reside la diferencia entre información falsa y realidad seleccionada. Una mentira puede ser refutada. Una selección sesgada de hechos verdaderos resulta mucho más difícil de combatir. Si alguien afirma que ocurrió un atentado que nunca existió, podemos demostrar que es falso. Pero si alguien muestra cincuenta delitos reales cometidos por inmigrantes, no podemos decir que sean falsos. La pregunta importante sería otra: ¿por qué esos cincuenta delitos fueron seleccionados entre millones de acontecimientos? ¿Cuántos delitos cometidos por personas autóctonas no aparecieron? ¿Cuál es la tasa real de criminalidad? ¿Qué factores influyen? ¿Cuál es la distribución por edad, renta, sexo o situación socioeconómica? ¿Qué porcentaje de inmigrantes nunca ha cometido ningún delito? La manipulación no necesita alterar el hecho. Puede alterar su contexto. Y alterar el contexto puede transformar completamente su significado.

Ésta es una de las razones por las que la selección de información puede ser más eficaz que la mentira. La mentira provoca resistencia. La verdad seleccionada provoca convicción. La persona puede investigar el acontecimiento y comprobar que realmente ocurrió. Eso refuerza todavía más su confianza. «Lo sabía. Era verdad». Pero lo que ha verificado es el acontecimiento, no necesariamente la conclusión general que se ha construido alrededor de él. Podemos imaginarlo mediante una analogía. Supongamos que queremos demostrar que Barcelona, mi ciudad, es una ciudad extremadamente violenta. Durante un año recopilamos exclusivamente fotografías de peleas, robos, accidentes, detenciones y vandalismo. Todo sería auténtico. Después producimos un documental de dos horas. Quien lo viera podría terminar convencido de que Barcelona es prácticamente inhabitable. Podríamos realizar otro documental utilizando únicamente parques, familias paseando, universidades, hospitales, museos, terrazas, conciertos y personas ayudándose unas a otras. También sería completamente auténtico. Parecería otra ciudad. Ningún documental tendría necesariamente imágenes falsas. La falsificación surgiría de la selección. Ahora imaginemos que ese documental no dura dos horas. Dura toda nuestra vida digital. Cada día. Cada semana. Cada año. Y además cambia automáticamente según nuestras reacciones. Aquí entra el algoritmo. El sistema observa que determinado vídeo nos mantiene mirando treinta segundos más. Nos muestra otro parecido. Después otro. Si reaccionamos con indignación, compartimos el contenido o escribimos un comentario, el sistema aprende que ese tema posee un elevado valor de atención. No necesita conocer nuestra ideología. Simplemente aprende: «Este tipo de contenido funciona con esta persona». Con el tiempo, nuestra alimentación informativa empieza a especializarse. Y cuando esto ocurre durante miles de interacciones aparece un fenómeno muy profundo: nuestra percepción estadística del mundo puede distorsionarse.

Los seres humanos no calculamos probabilidades constantemente. Utilizamos atajos. Si vemos numerosos ejemplos de un fenómeno, tendemos a pensar que es frecuente. Si recordamos fácilmente una amenaza, tendemos a considerarla probable. Por ello una persona que recibe constantemente noticias sobre crímenes puede sentir que vive en una sociedad cada vez más peligrosa, aunque determinados indicadores de delincuencia permanezcan estables o incluso desciendan. Su sensación no es fingida. Tiene una experiencia subjetiva coherente. Abre el móvil y encuentra violencia. Abre una red social y encuentra violencia. Ve vídeos y encuentra violencia. Lee comentarios y encuentra personas preocupadas por la violencia. Finalmente concluye: «Todo el mundo lo está viendo». Pero aquí aparece otro nivel. El algoritmo también puede mostrarle comentarios de personas que piensan como ella. Entonces ya no solamente selecciona acontecimientos. Selecciona también la sociedad que rodea esos acontecimientos. Nuestra persona imaginaria empieza a encontrar continuamente comentarios como: «Esto ya es insoportable». «Nadie se atreve a decir la verdad». «Todos sabemos lo que está pasando». Se crea la impresión de consenso. Mientras tanto, otra persona puede estar viendo un flujo completamente diferente donde los comentarios predominantes dicen: «La extrema derecha está manipulando estos casos». «La mayoría de inmigrantes está perfectamente integrada». «Se está creando artificialmente miedo». Cada una cree estar observando la opinión pública. Pero posiblemente ninguna la esté viendo. Está viendo una muestra algorítmica de ella. Y entonces aparece algo históricamente nuevo. Dos personas pueden vivir en el mismo país y poseer mapas mentales completamente incompatibles de ese país. Antes discrepábamos fundamentalmente sobre cómo interpretar una realidad compartida. Ahora podemos empezar a discrepar sobre cuál es esa realidad. Unos ven invasión. Otros ven diversidad. Unos ven decadencia. Otros progreso. Unos ven censura. Otros ven protección frente al odio. Unos ven élites conspirando. Otros ven instituciones defendiendo la democracia. Unos ven una sociedad al borde del colapso. Otros ven una sociedad razonablemente estable sometida a problemas normales. Lo extraordinario es que ambas visiones pueden estar construidas parcialmente con hechos auténticos.

La disputa deja entonces de ser simplemente ideológica. Se convierte en una disputa perceptiva. Esto puede explicar una característica inquietante de las sociedades polarizadas, en donde cada bando empieza a pensar que el otro no solamente está equivocado, sino que parece incapaz de observar algo que resulta absolutamente evidente. «¿Cómo puede no verlo?». La respuesta puede ser sencilla: porque literalmente no está viendo las mismas cosas. Su dispositivo le muestra otra secuencia de acontecimientos. La inteligencia artificial podría llevar este fenómeno mucho más lejos. Actualmente los sistemas de recomendación seleccionan contenidos principalmente según patrones de comportamiento. Pero una IA mucho más avanzada podría construir modelos probabilísticos extremadamente detallados sobre cada usuario. Podría aprender que una determinada persona responde especialmente al miedo. Otra a la indignación. Otra a la nostalgia. Otra al sentimiento de injusticia. Otra al orgullo. Otra al temor económico. Entonces no existiría simplemente una realidad seleccionada. Existiría una realidad seleccionada emocionalmente. Para una persona preocupada por su seguridad aparecerían noticias relacionadas con delincuencia. Para otra preocupada por su futuro económico aparecerían historias sobre competencia laboral. Para una tercera preocupada por la identidad cultural aparecerían imágenes de transformaciones demográficas. La conclusión política podría ser la misma. Pero el camino emocional sería diferente. Aquí reside una de las posibilidades más poderosas de la futura propaganda personalizada. La propaganda tradicional decía: «Este es nuestro mensaje». La propaganda algorítmica podría preguntarse: «¿Qué versión de este mensaje funcionará mejor con esta persona concreta?». Y aprender de la respuesta. Imaginemos además que el sistema conoce nuestros cambios emocionales. Puede detectar patrones indirectos. Quizá sabemos que una persona pasa más tiempo conectada después de recibir determinadas noticias. Que responde de forma más impulsiva por la noche. Que durante períodos de estrés busca ciertos temas. Que recientemente ha consultado información sobre dificultades económicas. No sería necesario conocer conscientemente todos estos detalles. Bastaría con que el sistema detectara correlaciones. Entonces podría decidir no solamente qué mostrarnos. También cuándo.

Ese «cuándo» puede ser tan importante como el «qué». Una misma información produce efectos diferentes dependiendo del estado emocional del receptor. Una persona tranquila puede analizar críticamente una noticia. La misma persona, cansada, asustada o irritada, puede reaccionar impulsivamente. La persuasión del futuro podría convertirse así en una especie de ingeniería temporal de la atención. Pero todavía existe una posibilidad más profunda. La IA generativa permite fabricar contenidos específicamente adaptados. Ya no sería necesario escoger únicamente entre noticias existentes. Podrían generarse versiones diferentes de una misma narración. Texto para unos. Vídeo para otros. Memes. Testimonios. Conversaciones. Imágenes. Historias personales. El sistema podría descubrir que una estadística no funciona con determinada persona, pero una historia emocional sí. Entonces mostraría una historia. Con otra persona haría lo contrario. La realidad digital dejaría de ser solamente seleccionada. Comenzaría a ser narrativamente personalizada. No debemos imaginar necesariamente grandes mentiras. La forma más eficaz probablemente será mucho más sutil. Supongamos que un gobierno adopta diez medidas. Tres benefician objetivamente a determinado ciudadano. Dos le perjudican. Cinco apenas le afectan. Un sistema interesado en generar rechazo podría mostrarle repetidamente las dos negativas. Un sistema interesado en generar apoyo mostraría las tres positivas. Ambos podrían utilizar solamente información verdadera. Después de meses, el primer ciudadano estaría convencido de que el gobierno ha sido desastroso. El segundo de que ha sido extraordinario. No existiría una mentira clara que corregir. Existirían dos historias verdaderas construidas mediante diferentes elecciones. Esto tiene una consecuencia filosófica importante. Nuestra realidad social siempre ha sido parcialmente narrativa. No experimentamos directamente «la economía», «la inmigración», «Europa», «el cambio climático» o «la delincuencia». Experimentamos acontecimientos particulares y construimos conceptos generales utilizando información proporcionada por otros.

Quien controla la selección de esos acontecimientos influye necesariamente sobre nuestra imagen del mundo. La diferencia es que durante el siglo XX esa selección era fundamentalmente colectiva. Durante el siglo XXI puede convertirse progresivamente en individual. De ahí podemos llegar a una paradoja fascinante y preocupante: podríamos disponer de más información que cualquier generación anterior y, al mismo tiempo, compartir menos realidad común que nuestros antepasados. Cada persona podría vivir dentro de una especie de burbuja epistemológica personalizada. No necesariamente aislada completamente. Pero sí suficientemente diferente para modificar su percepción. Podríamos llamarla una realidad algorítmica individual. No sería realidad virtual en el sentido clásico. Seguiríamos caminando por calles reales. Trabajando. Comprando. Relacionándonos. Pero nuestra interpretación del mundo estaría continuamente mediada por una capa informativa diseñada específicamente alrededor de nosotros. Sería algo parecido a llevar unas gafas invisibles. Las gafas de una persona destacarían amenazas. Las de otra destacarían injusticias. Las de otra oportunidades. Las de otra conspiraciones. Las de otra progreso tecnológico. Todos mirarían el mismo mundo. Pero cada uno vería resaltadas cosas diferentes. Y aquello que aparece resaltado repetidamente termina pareciéndonos lo esencial. Aquí la cuestión deja de ser exclusivamente política. Afecta a nuestra idea misma de libertad. Tradicionalmente entendemos la libertad de pensamiento como ausencia de censura. Una persona es libre si puede acceder a información diversa y expresar sus opiniones. Pero podría existir una forma de control mucho más sutil en una sociedad aparentemente completamente libre. No sería necesario impedirte acceder a determinada información. Bastaría con conseguir que nunca te interesara buscarla. No habría censura. Habría direccionamiento de la atención. No necesitarían prohibirte una opinión. Bastaría con construir durante años un entorno informativo en el que determinadas conclusiones parecieran obvias.

Ésta podría convertirse en una de las grandes diferencias entre el autoritarismo clásico y una hipotética manipulación algorítmica futura. El autoritarismo tradicional decía: «No puedes leer esto». El sistema algorítmico podría conseguir algo mucho más elegante: «Nunca pensarás en buscarlo». No habría necesariamente un censor. Podría existir simplemente un proceso automático optimizando atención, interacción o persuasión. Esto hace el problema todavía más complicado, porque tampoco sería necesario imaginar una conspiración centralizada. Una plataforma puede producir polarización sin que sus responsables hayan decidido polarizar. Basta con optimizar aquello que mantiene a las personas conectadas. Si el miedo, la ira y la indignación producen más interacción que la serenidad y la complejidad, el sistema aprenderá a favorecerlos. No porque «quiera» crear extremistas. Porque funcionan mejor para su objetivo. Ésta es una idea fundamental. Muchos de los peligros de la inteligencia artificial no requerirán una IA malvada. Bastará con una IA extremadamente eficaz persiguiendo un objetivo mal definido: «Maximiza la interacción». Puede acabar mostrando contenidos indignantes: «Maximiza el tiempo de permanencia». Puede crear dependencia: «Maximiza la probabilidad de voto». Puede aprender a explotar miedos individuales. El problema no estaría necesariamente en la inteligencia. Estaría en el objetivo. Y aquí llegamos a una posible evolución todavía más inquietante. Supongamos que diferentes partidos políticos, gobiernos, empresas, grupos de presión y potencias extranjeras compiten utilizando sistemas similares. Cada uno intenta construir la realidad informativa más persuasiva para determinados ciudadanos. Entonces el espacio público podría convertirse en un campo de batalla invisible. No lucharían únicamente por controlar territorios. Lucharían por controlar interpretaciones. Cada ciudadano se convertiría en un pequeño territorio psicológico disputado. Una noticia. Un vídeo. Una recomendación. Un comentario. Una conversación aparentemente casual. Todo podría formar parte de esa competencia por orientar nuestra percepción. El objetivo último no sería necesariamente conseguir que creyéramos algo falso. Sería conseguir que determinadas cuestiones ocuparan permanentemente nuestra atención. Porque aquello sobre lo que pensamos constantemente termina influyendo sobre aquello que consideramos importante. Y aquello que consideramos importante determina nuestras decisiones.

Ésta puede ser la forma más sofisticada de manipulación: no decirnos qué debemos pensar, sino decidir continuamente sobre qué debemos pensar. Una persona podría conservar intacta su sensación subjetiva de libertad. Nadie le ordena nada. Nadie le prohíbe nada. Ella elige. Comenta. Comparte. Vota. Pero todas esas decisiones se producen dentro de un paisaje informativo previamente seleccionado. Sería como permitir que una persona camine libremente por un enorme jardín después de haber decidido cuidadosamente dónde colocar los caminos. Puede elegir por qué sendero avanzar. Lo que quizá nunca se pregunte es quién diseñó el jardín. La consecuencia final podría ser una sociedad formada por millones de individuos aparentemente conectados, pero viviendo dentro de versiones parcialmente diferentes del mundo. Entonces la fractura política ya no consistiría simplemente en que unos fueran conservadores y otros progresistas. La fractura sería mucho más profunda. Cada grupo tendría sus hechos predominantes. Sus víctimas. Sus amenazas. Sus héroes. Sus escándalos. Sus expertos. Sus estadísticas. Sus vídeos. Sus testimonios. Sus certezas. Y cada uno preguntaría sinceramente: «¿Cómo pueden los demás no ver lo evidente?». Probablemente ése sea uno de los mayores riesgos de la era algorítmica. Durante siglos las sociedades democráticas han podido sobrevivir a profundas diferencias ideológicas porque conservaban, al menos parcialmente, una realidad compartida. Podíamos discutir sobre qué hacer ante la pobreza porque aceptábamos que existía pobreza. Podíamos discutir sobre inmigración porque aceptábamos aproximadamente cuántos inmigrantes había. Podíamos discutir sobre unas elecciones porque aceptábamos quién había ganado. Cuando desaparece ese suelo común, la democracia encuentra enormes dificultades. Ya no discutimos soluciones. Discutimos qué mundo existe. Por eso quizá uno de los grandes desafíos políticos del siglo XXI no será únicamente garantizar libertad de expresión. Será garantizar algo mucho más difícil: la existencia de un espacio mínimo de realidad compartida. Porque una sociedad puede tolerar que millones de personas tengan opiniones diferentes. Lo que resulta mucho más difícil es que millones de personas habiten mentalmente mundos diferentes. Y tal vez ésa sea la verdadera frontera de la futura manipulación digital, no la de convencer a todo el mundo de una misma mentira, como pretendía la propaganda tradicional, sino ofrecer a cada persona una selección cuidadosamente distinta de verdades hasta que cada individuo termine viviendo dentro de una realidad hecha prácticamente a su medida. Una realidad que no necesita ser falsa para ser profundamente manipuladora. Creo que esta idea puede convertirse en uno de los ejes más potentes de este tema, porque conecta redes sociales, IA, polarización y extrema derecha con una cuestión todavía más profunda, como la posible desaparición de una realidad social común.

Tenemos la extraña connivencia entre la extrema derecha europea y la Rusia de Putin o los USA de Trump, en que todos ellos pretenden debilitar la UE. Con respecto a Rusia, existe abundante evidencia de que su estrategia busca debilitar la cohesión europea y atlántica, explotar divisiones internas y reducir el apoyo europeo a Ucrania. En el caso de la administración Trump, sería más prudente decir que determinadas políticas y discursos debilitan o cuestionan la UE como actor político autónomo y favorecen las relaciones bilaterales con los Estados, antes que afirmar como hecho demostrado que Washington tenga un plan para destruirla. La actual tensión sobre Groenlandia, por ejemplo, muestra hasta qué punto pueden aparecer intereses contrapuestos incluso entre Estados Unidos y sus aliados europeos. Tampoco existe una única «extrema derecha europea». Hay diferencias muy importantes respecto a Rusia, Ucrania, OTAN, integración europea y economía. La investigación comparativa reciente insiste precisamente en esa heterogeneidad. Dicho esto, sí creo que la UE está entrando en uno de los períodos decisivos de su historia, y paradójicamente la presión simultánea de Trump, Putin, China y los nacionalismos europeos podrían producir justamente lo contrario de lo que pretenden quienes desean debilitarla. El gran dilema europeo es federarse más o empezar a descomponerse.  La Unión Europea siempre ha sido una construcción extraña. Es muchísimo más que una organización internacional, pero considerablemente menos que un Estado. Tiene moneda común para buena parte de sus miembros, Parlamento, Tribunal de Justicia, mercado interior, legislación supranacional y políticas comunes, pero continúa dependiendo de los Estados para elementos esenciales del poder, como defensa, fiscalidad, política exterior y gran parte de la política económica. Mientras Europa estuvo protegida militarmente por Estados Unidos, abastecida de energía relativamente barata, integrada comercialmente con China y viviendo en un entorno geopolítico relativamente estable, esa ambigüedad podía funcionar. El problema es que ese mundo está desapareciendo.

Rusia ha demostrado que la guerra convencional continúa siendo posible en Europa. China se ha convertido simultáneamente en socio, competidor industrial y rival tecnológico. Estados Unidos está demostrando bajo Trump que Europa no puede dar eternamente por garantizada la relación transatlántica. Y dentro de Europa crecen movimientos que reclaman devolver soberanía desde Bruselas hacia los Estados. La UE está recibiendo, por tanto, presiones centrífugas desde dentro y desde fuera. Pero aquí aparece la paradoja. Las mismas fuerzas que podrían destruirla también pueden obligarla a integrarse. Trump puede terminar siendo, involuntariamente, uno de los grandes impulsores de una Europa más autónoma. Durante décadas los europeos pudieron permitirse una contradicción cómoda, ya que querían autonomía política pero continuaban dependiendo considerablemente de Estados Unidos para su seguridad. Trump está haciendo mucho más difícil mantener esa posición. Si los europeos empiezan a pensar seriamente que dentro de diez o veinte años Estados Unidos podría no acudir automáticamente en su defensa, la conclusión estratégica resulta inevitable: Europa tendrá que ser capaz de defenderse sola o, al menos, depender mucho menos de Washington. Y eso implica industria militar europea, coordinación de armamentos, defensa aérea y antimisiles, satélites, ciberdefensa, inteligencia, drones, IA militar, logística y posiblemente alguna fórmula europea de disuasión nuclear. De hecho, la tendencia social resulta sorprendentemente clara, ya que en la primavera de 2026, el 81 % de los europeos apoyaba una política común de defensa y seguridad, el máximo registrado, y el 76 % consideraba la invasión rusa de Ucrania una amenaza para la seguridad de la UE. Esto me parece extraordinariamente importante. Trump puede estar diciendo: «Europa debe hacerse cargo de sí misma». Y Europa podría terminar respondiendo: «De acuerdo». Pero las consecuencias de esa respuesta podrían ir muchísimo más lejos de lo que Washington desea. Porque una Europa militarmente autónoma tendería también hacia una mayor autonomía tecnológica, energética, industrial y diplomática.

Putin se enfrenta a una paradoja parecida. La invasión de Ucrania pretendía, entre otras cosas, impedir la expansión occidental hacia las fronteras rusas y modificar el equilibrio de seguridad europeo. Pero ha producido también consecuencias contrarias: Finlandia y Suecia entraron en la OTAN, Europa incrementó sus presupuestos militares y la seguridad volvió al centro del proyecto europeo. Actualmente la OTAN y la UE denuncian además actividades híbridas rusas, sabotajes, ciberataques y otras operaciones contra territorio europeo. Por eso Rusia puede conseguir dividir determinadas sociedades europeas mediante desinformación y polarización, pero simultáneamente el miedo a Rusia puede convertirse en uno de los principales elementos cohesionadores de Europa. Es una paradoja histórica muy interesante: el adversario externo puede fortalecer aquello que intenta dividir. La historia europea ofrece muchos precedentes de identidades políticas que se consolidaron precisamente porque apareció una amenaza exterior. ¿Y la extrema derecha europea? Aquí creo que se producirá una evolución particularmente interesante. Hace algunos años numerosos movimientos euroescépticos defendían directamente abandonar la UE o el euro. Después del Brexit se ha vuelto mucho menos atractiva esa estrategia. Salir significa perder ventajas enormes del mercado interior, introducir incertidumbre financiera y económica y afrontar negociaciones extraordinariamente complejas. Por ello una parte importante de la derecha radical ha cambiado de estrategia. Ya no necesariamente: «destruyamos la UE». Sino: «transformemos la UE desde dentro». Es una diferencia enorme. Grupos como Patriots for Europe ponen el énfasis explícitamente en soberanía nacional, oposición a una mayor centralización europea y fortalecimiento de los Estados frente a Bruselas. Eso puede conducir a una Unión Europea diferente, pero no necesariamente a su desaparición. Podría aparecer una especie de Europa de las naciones. Menos federal. Más intergubernamental. Más restrictiva respecto a inmigración. Más conservadora culturalmente. Más proteccionista económicamente. Más centrada en defensa y fronteras. Menos ambiciosa en determinadas políticas climáticas. Y mucho más preocupada por la soberanía. Paradójicamente, una UE desplazada hacia la derecha podría ser perfectamente viable.

Aquí veo una posible contradicción interna de la extrema derecha. Supongamos que Estados Unidos reduce considerablemente su compromiso con Europa. Supongamos además que Rusia continúa representando una amenaza militar. ¿Qué debe hacer un gobierno nacionalista de un país europeo relativamente pequeño? Alemania puede mantener unas fuerzas armadas enormes. Francia también. Pero ¿Portugal? ¿Hungría? ¿Dinamarca? ¿Finlandia? ¿Bélgica? ¿Países Bajos? ¿España por sí sola podría desarrollar autónomamente satélites militares, sistemas antimisiles, inteligencia global, ciberdefensa, armas hipersónicas, IA militar y todos los demás elementos necesarios? Resultaría enormemente costoso. Entonces aparece una contradicción: para recuperar soberanía frente a Bruselas, los Estados europeos podrían descubrir que necesitan más Europa para conservar soberanía frente a Washington, Moscú y Pekín. Esta me parece una de las paradojas centrales del futuro europeo. El verdadero enemigo de la UE probablemente no será un ejército. Relacionándolo con lo que dicho anteriormente, creo que el peligro principal de desintegración podría llegar desde la fragmentación psicológica de Europa. No sería necesario que Rusia conquistara territorio europeo. Ni que Estados Unidos obligara a abandonar la Unión Europea. Bastaría con que suficientes europeos empezaran a pensar: «Bruselas es nuestro enemigo». «Los otros países viven a nuestra costa». «Alemania nos domina». «Los países del sur son irresponsables». «Los países del este son autoritarios». «Los inmigrantes reciben más que nosotros». «Ucrania nos cuesta demasiado dinero». «Europa nos roba nuestra soberanía». Cada una de estas narrativas puede contener algún elemento susceptible de debate. Pero combinadas y amplificadas algorítmicamente pueden producir algo mucho mayor: la desaparición de la solidaridad europea. Y ninguna unión política puede sobrevivir indefinidamente sin cierta solidaridad entre sus miembros.

Precisamente por eso las redes sociales y la IA serán fundamentales. Volvemos al problema anterior. Un actor extranjero no necesita convencer a los españoles de que Rusia es maravillosa. Eso sería demasiado difícil. Puede resultar mucho más eficaz convencerlos de que, por ejemplo: Francia perjudica a España. Y simultáneamente convencer a los franceses de que: España perjudica a Francia. A los alemanes: «estáis pagando las deudas del sur». A los italianos: «Alemania controla Bruselas». A los polacos: «Europa quiere destruir vuestra identidad». A los agricultores: «Bruselas quiere acabar con vosotros». A los jóvenes: «Europa protege a los pensionistas mientras vosotros no podéis comprar una vivienda». No hace falta construir una narrativa europea única. Precisamente lo contrario. Hay que construir 27 resentimientos diferentes. Esto enlaza exactamente con lo dicho anteriormente sobre proporcionar a cada persona «una selección diferente de la realidad». Aplicado geopolíticamente sería: una realidad diferente para cada nación europea. Pero hay un dato que contradice claramente la hipótesis de una desintegración inevitable. La población europea no parece querer actualmente destruir la UE. Y los datos de 2026 son bastante contundentes. El 74 % considera beneficiosa la pertenencia de su país a la Unión; es uno de los niveles más altos registrados. El 75 % considera la UE un lugar de estabilidad en un mundo convulso. El 68 % quiere que tenga un papel mayor protegiendo a los ciudadanos frente a crisis y amenazas globales, y el 73 % desea que disponga de más medios para afrontar desafíos internacionales. Otro Eurobarómetro encontraba que el 89 % quería que los Estados miembros estuvieran más unidos para afrontar los desafíos mundiales y el 86 % quería una voz europea más fuerte internacionalmente. Esto cambia considerablemente el diagnóstico. Hay euroescepticismo. Hay rechazo de Bruselas. Hay auge nacionalista. Pero simultáneamente existe una demanda enorme de protección europea. Y ahí podría encontrarse el futuro.

Mi escenario más probable para 2030-2040 es que no creo que desaparezca la Unión Europea. Tampoco creo probable que se convierta rápidamente en unos «Estados Unidos de Europa». Veo más probable algo intermedio y bastante peculiar: una Europa a varias velocidades, considerablemente más militarizada, más proteccionista, más restrictiva en inmigración, más preocupada por fronteras y seguridad, más autónoma respecto a Estados Unidos y China y, paradójicamente, más integrada en determinados ámbitos estratégicos mientras devuelve competencias a los Estados en otros. Podría producirse un núcleo formado aproximadamente alrededor de Francia, Alemania, Polonia, Italia, España y otros países dispuestos a profundizar en defensa, industria, energía y tecnología. Otros permanecerían en círculos exteriores con menor integración política. Sería algo parecido a círculos concéntricos: núcleo político y militar → eurozona/mercado interior → UE ampliada → países europeos asociados. No sería una federación clásica. Sería una especie de confederación estratégica europea. Pero existe otro escenario bastante más peligroso. Imaginemos que coinciden varias crisis. Nueva crisis económica. Problemas graves de vivienda. Gran aumento migratorio. Victoria de partidos radicalmente nacionalistas en varios países importantes. Retirada parcial estadounidense de Europa. Derrota o colapso de Ucrania. Campañas masivas de desinformación. Entonces podrían aparecer gobiernos diciendo: «Primero nuestros intereses nacionales». El Consejo Europeo quedaría progresivamente bloqueado. Un país vetaría sanciones. Otro presupuesto. Otro política migratoria. Otro defensa. La UE no desaparecería formalmente. Simplemente dejaría de funcionar. Esto me parece mucho más plausible que un espectacular «fin de la Unión Europea». Las instituciones continuarían. Habría Parlamento Europeo. Comisión. Euro. Banderas. Cumbres. Pero cada vez menos capacidad real para actuar. Sería una especie de UE zombi. Formalmente existente. Geopolíticamente irrelevante.

Y ésa sería probablemente la mejor situación imaginable desde Moscú para una Europa debilitada, no necesariamente destruir la UE, sino conseguir que 27 países sean incapaces de adoptar decisiones estratégicas comunes. Y existe un tercer escenario. Es el que me parece más interesante. La presión externa se vuelve tan intensa que las sociedades europeas reaccionan en sentido contrario. Estados Unidos deja de ser considerado un protector completamente fiable. Rusia continúa siendo amenazante. China domina tecnologías y cadenas industriales fundamentales. Europa descubre entonces algo incómodo: Alemania sola es pequeña. Francia sola es pequeña. Italia sola es pequeña. España sola es pequeña. Incluso Reino Unido, desde fuera de la UE, es relativamente pequeño frente a Estados Unidos, China o India. Pero juntos hablamos de aproximadamente 450 millones de habitantes, una de las mayores economías del mundo, enorme capacidad científica e industrial y un mercado capaz de imponer normas globales. Entonces podría aparecer una nueva narrativa europea: «No necesitamos Europa para eliminar nuestras naciones. Necesitamos Europa para que nuestras naciones continúen siendo relevantes». Ésa sería una transformación ideológica extraordinariamente importante. Europa dejaría de justificarse principalmente mediante la memoria de la Segunda Guerra Mundial —«debemos unirnos para que europeos no vuelvan a combatir europeos»— y empezaría a justificarse mediante una lógica del siglo XXI: «debemos unirnos porque, separados, otros decidirán nuestro futuro». Y curiosamente esa idea podría resultar atractiva incluso para una parte de la derecha nacionalista. Por eso veo una paradoja histórica extraordinaria. Trump dice: America First. Putin dice, en esencia: Russia First. China actúa: China First. Los movimientos nacionalistas europeos dicen: France First. Germany First. Italy First. Spain First. Pero cuando Francia, Alemania, Italia o España intenten competir individualmente con Estados Unidos, China, India o Rusia pueden descubrir que el nacionalismo clásico europeo tiene un problema de escala. Entonces puede aparecer algo aparentemente contradictorio: un nacionalismo europeo. No necesariamente cosmopolita. Incluso podría ser bastante conservador: «Protejamos nuestras fronteras». «Protejamos nuestra industria». «Protejamos nuestra tecnología». «Protejamos nuestra agricultura». «Protejamos nuestra cultura europea». «Defendámonos nosotros mismos». Sería una UE muy diferente de la construida durante las últimas décadas. Más geopolítica. Más militar. Más industrial. Más consciente de fronteras. Probablemente menos ingenua respecto al comercio mundial. Y quizá políticamente más inclinada hacia la derecha.

Mi apuesta es necesariamente especulativa. Si tuviera que asignar probabilidades aproximadas para 2040, pondría algo parecido a: 55 %: UE transformada y más estratégica, con integración fuerte en defensa, tecnología, energía e industria pero mayor flexibilidad nacional en otros ámbitos. 20 %: avance hacia una verdadera federación o cuasifederación europea, probablemente provocado por una gran crisis internacional. 20 %: UE debilitada y parcialmente paralizada, con bloques nacionales enfrentados y algunos miembros situándose prácticamente fuera del proyecto común aunque formalmente permanezcan dentro. 5 %: desintegración sustancial de la Unión. No pretenden ser predicciones matemáticas; simplemente expresan cómo ponderaría actualmente los escenarios. Y hay una razón fundamental por la que considero relativamente baja la posibilidad de desaparición, ya que el mundo exterior se está volviendo demasiado peligroso para los pequeños y medianos Estados europeos. La misma inestabilidad que alimenta el nacionalismo aumenta simultáneamente el valor práctico de pertenecer a un bloque continental. Por eso Trump, Putin y determinados movimientos nacionalistas pueden terminar provocando involuntariamente una consecuencia histórica exactamente contraria a la deseada por ellos. Cuanto más evidente resulte que Estados Unidos puede no proteger siempre a Europa, que Rusia constituye una amenaza y que China compite por la supremacía económica y tecnológica, más europeos pueden terminar preguntándose: «Si no podemos depender de ellos, ¿de quién podemos depender?». Y la respuesta podría terminar siendo: «De nosotros mismos». Si eso sucede, la gran cuestión dejará de ser si sobrevivirá la Unión Europea. Será qué clase de Europa surgirá de esta crisis. Y sospecho que será bastante distinta de la actual, posiblemente menos idealista, más dura, más preocupada por la fuerza económica y militar y mucho más consciente de que, en el mundo multipolar que está apareciendo, la unión europea puede dejar de ser solamente un proyecto político deseable para convertirse en una cuestión de supervivencia estratégica.

En relación con lo indicado anteriormente, tenemos que tanto Rusia como China, además de las grandes empresas tecnológicas, utilizan las redes sociales para influenciar y manipular a nivel geopolítico. Esta idea amplía de forma natural lo que veníamos analizando, pero conviene hacer una distinción desde el principio, en que Rusia, China y las grandes plataformas tecnológicas pueden influir sobre el mismo ecosistema informativo, pero sus objetivos, métodos y naturaleza son diferentes. Rusia y China son Estados que emplean operaciones de información como instrumentos geopolíticos; las plataformas son empresas que fundamentalmente optimizan atención, interacción, publicidad y otros objetivos comerciales. El resultado, sin embargo, puede confluir en un espacio público extraordinariamente fácil de segmentar, amplificar y manipular. Durante siglos, el poder de un Estado dependió fundamentalmente de elementos relativamente fáciles de identificar, como territorio, población, recursos naturales, ejército, industria, tecnología y capacidad económica. Los imperios extendían su influencia conquistando territorios, controlando rutas comerciales o imponiendo gobiernos favorables. Durante el siglo XX se añadió progresivamente otra dimensión, como controlar la información. Radio, prensa, televisión, propaganda y posteriormente satélites permitieron influir sobre poblaciones situadas mucho más allá de las propias fronteras. Las redes sociales han añadido algo diferente. Por primera vez resulta posible penetrar diariamente en el espacio psicológico de millones de ciudadanos de otro país sin atravesar físicamente ninguna frontera. Un Estado puede encontrarse a miles de kilómetros y, sin embargo, participar indirectamente en las conversaciones políticas que mantienen sus ciudadanos. No necesita enviar soldados. Puede enviar narrativas. Y una narrativa adecuadamente introducida en una sociedad dividida puede producir efectos políticos reales. Ésta es una de las razones por las que la geopolítica del siglo XXI ya no puede entenderse únicamente observando ejércitos, tratados, sanciones económicas o movimientos diplomáticos. Existe simultáneamente una batalla mucho menos visible que implica determinar qué sociedades confían en sus instituciones, qué ciudadanos consideran legítimos a sus gobiernos, qué grupos se enfrentan entre ellos y, en último término, qué interpretación de la realidad termina predominando.

La Unión Europea denomina a una parte de estas actividades Foreign Information Manipulation and Interference, FIMI. Sus informes recientes identifican principalmente a Rusia y, en menor medida pero crecientemente, China entre los grandes actores que desarrollan infraestructuras destinadas a intervenir sobre el espacio informativo europeo. No estamos, por tanto, únicamente ante una especulación. Existen operaciones documentadas, aunque determinar el efecto electoral concreto de cada campaña es muchísimo más difícil que demostrar su existencia. Rusia constituye probablemente el ejemplo más desarrollado. Su estrategia informativa parece responder a una idea relativamente sencilla, la de que no siempre es necesario conseguir que los europeos admiren a Rusia; puede ser mucho más útil conseguir que desconfíen unos de otros. Ésta es una diferencia fundamental. La propaganda soviética tradicional intentaba en buena medida convencer al receptor de las virtudes de un sistema alternativo. La manipulación contemporánea puede perseguir un objetivo mucho más negativo: «No confíes en nadie». No confíes en tu gobierno. No confíes en Bruselas. No confíes en los periodistas. No confíes en las elecciones. No confíes en los científicos. No confíes en Ucrania. No confíes en Estados Unidos. No confíes en tus propios vecinos. Desde esta perspectiva, el éxito no consiste necesariamente en que un español termine siendo partidario de Vladimir Putin. Puede consistir simplemente en que termine convencido de que todo el sistema político occidental está corrompido y que ninguna información resulta fiable. La desconfianza se convierte así en un arma geopolítica. Esto resulta especialmente eficaz porque las sociedades democráticas presentan una característica que constituye simultáneamente una de sus mayores fortalezas y una vulnerabilidad, ya que permiten la circulación abierta de información. Una democracia no puede controlar completamente qué dicen sus ciudadanos sin dejar de ser democrática. Un régimen autoritario dispone de mecanismos mucho más potentes para controlar su espacio informativo interior, mientras puede intentar aprovechar la apertura informativa de sus adversarios.

Surge así una curiosa asimetría. Una sociedad abierta permite que prácticamente cualquiera intente influir sobre sus ciudadanos. Una sociedad autoritaria puede restringir considerablemente quién influye sobre los suyos. Rusia ha desarrollado diferentes sistemas para aprovechar esa asimetría. Una de las operaciones más conocidas es Doppelgänger. El Servicio Europeo de Acción Exterior ha documentado una infraestructura que utilizaba centenares de dominios y miles de redes de comportamiento coordinado, trabajando en múltiples idiomas. Parte de su estrategia consiste en crear páginas que imitan medios occidentales conocidos y distribuir posteriormente sus contenidos mediante cuentas artificiales. El mecanismo resulta particularmente interesante porque explota algo muy humano: nuestra confianza visual. Vemos una página que parece pertenecer a un periódico conocido. Reconocemos el logotipo. La tipografía. Los colores. El formato. Nuestro cerebro reduce automáticamente la vigilancia. La información adquiere credibilidad prestada. Posteriormente esa información puede difundirse mediante redes sociales, comentarios, cuentas aparentemente independientes y otras páginas. El objetivo es conseguir que una narración artificial adquiera apariencia orgánica. Y aquí aparece un concepto fundamental para comprender la nueva propaganda: la amplificación. No siempre hace falta crear una idea. Puede ser suficiente localizar una idea que ya existe y amplificarla. Supongamos que en España existe malestar por el precio de la vivienda. No es necesario inventarlo. Existe. En Francia puede existir malestar por inmigración. En Alemania, preocupación por el coste energético. En Polonia, preocupación por la seguridad. En Italia, rechazo hacia determinadas decisiones europeas. La operación de influencia más sofisticada no necesita crear esos conflictos. Los encuentra. Los alimenta. Los conecta con determinados culpables. Y procura que parezcan mayores, más inevitables y más irreconciliables de lo que quizá son. Ésta es probablemente una de las características más importantes de la guerra informativa contemporánea.

No consiste necesariamente en introducir una mentira extranjera dentro de una sociedad. Consiste en identificar sus grietas y ensancharlas. Una analogía puede ayudar. Si queremos derribar una pared, podemos golpearla en cualquier lugar. Pero resulta mucho más eficaz localizar previamente una grieta. La polarización política, la inmigración, la desigualdad, la vivienda, la guerra de Ucrania, las políticas climáticas, las diferencias territoriales o la identidad nacional son grietas preexistentes. El operador extranjero no necesita construirlas. Necesita descubrir cuáles producen mayor resonancia emocional. Y las redes sociales proporcionan un laboratorio extraordinario para hacerlo. Se lanza una narración. Se observa su respuesta. Si apenas genera interacción, se abandona. Si produce indignación, se amplifica. Aparecen variantes. Memes. Vídeos. Comentarios. Supuestos testimonios. Otros usuarios reales comienzan a compartirlos. En ese momento ocurre algo particularmente importante, ya que la propaganda extranjera puede dejar de parecer extranjera. Los propios ciudadanos comienzan a distribuirla. Entonces resulta extraordinariamente difícil distinguir dónde termina la operación original y dónde empieza una conversación política auténtica. El informe europeo sobre amenazas informativas de 2026 muestra precisamente la evolución de estas operaciones. Operation Overload, también conocida como Matryoshka, llegó a producir contenido diariamente durante 2025, con picos de unos veinte vídeos diarios y más de setecientos vídeos estimados durante el año. Las campañas se adaptaban además a acontecimientos concretos. La propaganda se está industrializando. Pero Rusia y China no operan exactamente de la misma manera. China tradicionalmente ha desarrollado una estrategia internacional más orientada a proteger y mejorar su imagen, defender sus intereses estratégicos y neutralizar narrativas que considera perjudiciales para cuestiones como Taiwán, Hong Kong, Xinjiang o su modelo político. También existen operaciones encubiertas documentadas. Meta, por ejemplo, ha desmantelado redes originadas en China que utilizaban identidades falsas y actuaban en diferentes plataformas. Algunas llegaron a dirigirse a públicos estadounidenses y europeos.

Pero la lógica geopolítica china suele diferir parcialmente de la rusa. Podríamos simplificar, con todas las precauciones necesarias, diciendo que Rusia tiene mayores incentivos para convencer a Occidente de que su propio sistema está fracasando, mientras China tiene además enormes incentivos para convencer al mundo de que China funciona. Una narrativa puede ser: «Occidente está en decadencia». Otra: «China representa estabilidad, desarrollo y futuro». Ambas pueden complementarse perfectamente. No es necesario decir explícitamente que la democracia es mala. Puede resultar más eficaz mostrar constantemente: disturbios, polarización, violencia, crisis económicas, parálisis parlamentaria, delincuencia, manifestaciones, enfrentamientos culturales. Y simultáneamente mostrar: infraestructuras, trenes de alta velocidad, ciudades modernas, industria, tecnología, orden, crecimiento. Una selección diferente de la realidad. Volvemos exactamente al concepto que analizábamos anteriormente. No hace falta falsificar China ni falsificar Europa. Basta con seleccionar cuidadosamente qué parte de cada una mostramos. De Europa: crisis. De China: progreso. La conclusión puede surgir espontáneamente en la mente del espectador: «Un sistema funciona y el otro está agotado». También podría hacerse exactamente lo contrario. Mostrar exclusivamente contaminación, represión, desempleo juvenil y problemas inmobiliarios chinos mientras se presentan innovación, prosperidad y libertades occidentales. La técnica sería idéntica. Cambiaría únicamente quién controla la selección. Por eso la propaganda contemporánea no debe entenderse exclusivamente como producción de falsedades. Es una competición por controlar visibilidad, contexto y atención.

Y aquí entran las grandes empresas tecnológicas. Su papel es diferente porque no debemos colocarlas automáticamente en la misma categoría que un servicio de inteligencia ruso o una operación estatal china. Meta, Google, X, TikTok y otras plataformas poseen modelos de negocio, estructuras empresariales, sistemas de moderación y objetivos distintos. Pero controlan algo geopolíticamente extraordinario: la infraestructura a través de la cual centenares o miles de millones de personas perciben una parte del mundo. Eso significa que decisiones aparentemente técnicas pueden tener consecuencias políticas. ¿Qué publicación aparece primero? ¿Qué vídeo se recomienda? ¿Qué contenido se vuelve viral? ¿Qué cuenta se suspende? ¿Qué contenido se etiqueta? ¿Qué tendencia aparece? ¿Qué noticia se recomienda? ¿Cuánto peso tiene una interacción? ¿Cuánto pesa el tiempo de visualización? ¿Qué provoca que un vídeo salte de diez mil a diez millones de visualizaciones? Cada una de estas decisiones parece informática. En conjunto constituyen arquitectura del espacio público. La Comisión Europea reconoce precisamente este problema al exigir, mediante la Digital Services Act, que las grandes plataformas evalúen riesgos sistémicos derivados de sus sistemas de recomendación, incluidos los relacionados con procesos electorales, discurso cívico, contenidos perjudiciales y los llamados rabbit holes o espirales de recomendación. Esto significa que el algoritmo ya no puede contemplarse únicamente como una herramienta comercial. Se ha convertido también en una institución política indirecta. Pero existe una diferencia fundamental respecto a las instituciones tradicionales. Un periódico tiene director. Un gobierno tiene ministros. Un Parlamento tiene diputados. Podemos preguntar quién tomó una decisión. En un sistema algorítmico complejo, la respuesta puede ser mucho más difícil. Quizá nadie decidió explícitamente: «Mostremos más contenido radical». Puede haber sucedido porque el sistema descubrió estadísticamente que ese contenido aumentaba determinadas métricas. Esto introduce una nueva clase de poder. Un poder sin necesidad de intención política explícita.

Imaginemos un algoritmo cuyo objetivo sea simplemente maximizar el tiempo que permanecemos conectados. Descubre que los vídeos de gatos funcionan. Nos muestra gatos. Descubre que el fútbol funciona. Nos muestra fútbol. Pero descubre también que la indignación política funciona extraordinariamente bien. Entonces empieza a mostrar indignación. No porque sea de derechas. No porque sea de izquierdas. Porque la indignación retiene nuestra atención. El problema aparece cuando actores políticos descubren ese mecanismo. Rusia no necesita controlar el algoritmo. China tampoco. Un movimiento extremista tampoco. Necesitan comprender qué recompensa. Si el sistema premia emoción, producen emoción. Si premia controversia, producen controversia. Si premia comentarios, producen contenidos que provoquen discusiones. El algoritmo se convierte involuntariamente en multiplicador. Esto recuerda algo parecido a aprovechar el viento. No controlamos el viento. Pero podemos construir una vela. Las plataformas proporcionan el viento algorítmico. Los operadores de influencia aprenden a construir las velas. Aparece entonces una interacción extraordinariamente compleja entre tres tipos de actores: Estados. Empresas tecnológicas. Ciudadanos. El Estado extranjero introduce o amplifica una narrativa. La plataforma descubre que genera interacción. El algoritmo la distribuye. Los ciudadanos reaccionan. Algunos la comparten auténticamente. El sistema interpreta ese comportamiento como señal de relevancia. La distribuye todavía más. Otros medios observan que el tema se está haciendo viral. Lo convierten en noticia. Los políticos responden. Los ciudadanos vuelven a reaccionar. Finalmente algo que comenzó quizá en una pequeña operación informativa puede incorporarse a la conversación política auténtica. El proceso puede representarse así: actor geopolítico → contenido → cuentas artificiales → algoritmo → usuarios reales → viralización → medios tradicionales → políticos → debate público.

En ese momento el origen prácticamente ha desaparecido. La narrativa ya pertenece a la sociedad receptora. Pero la inteligencia artificial puede transformar completamente esta dinámica. Hasta hace pocos años mantener diez mil identidades falsas resultaba costoso. Había que escribir mensajes. Traducirlos. Crear fotografías. Responder comentarios. Evitar que todas las cuentas utilizaran exactamente el mismo lenguaje. La IA generativa reduce espectacularmente ese coste. Un sistema puede producir textos diferentes. Traducirlos perfectamente. Crear imágenes. Generar voces. Fabricar vídeos. Mantener personalidades aparentemente coherentes. Una cuenta podría presentarse como agricultor francés. Otra como trabajador alemán. Otra como jubilado español. Otra como estudiante italiano. Cada una utilizando referencias locales, expresiones lingüísticas adecuadas y preocupaciones diferentes. No significa que actualmente existan millones de agentes artificiales indistinguibles actuando con plena autonomía. Pero tecnológicamente estamos avanzando hacia un entorno donde hacerlo será cada vez más barato. Y entonces aparecerá un problema enorme: ¿cómo sabremos si estamos discutiendo con una persona? Quizá dentro de algunos años entremos en una conversación política y encontremos cien comentarios. Ochenta pueden proceder de humanos. Veinte de IA. O quizá ocurra al contrario. Si desconocemos la proporción, nuestra percepción de la opinión pública puede ser manipulada. Esto permitiría fabricar algo que podríamos llamar consenso sintético. Imaginemos que un ciudadano indeciso encuentra miles de mensajes diciendo: «Todo el mundo está harto de ayudar a Ucrania». Puede comenzar a pensar: «Parece que la sociedad está cambiando». Posteriormente un periodista observa la tendencia. Escribe: «Crece el cansancio social respecto a Ucrania». Políticos leen el artículo. Modifican su discurso. Entonces ciudadanos reales empiezan efectivamente a adoptar esa posición. Lo artificial puede acabar produciendo algo real.

Ésta sería probablemente una de las formas más sofisticadas de influencia geopolítica. No controlar directamente a una sociedad. Modificar su percepción sobre lo que piensa la propia sociedad. Porque los seres humanos somos profundamente sensibles al consenso. Nos fijamos en lo que hacen los demás. Queremos saber qué piensa la mayoría. Las redes sociales han convertido esa característica humana en un indicador visible: likes, seguidores, reproducciones, compartidos, tendencias. Pero todos estos indicadores pueden ser objeto de manipulación. Y aquí surge una cuestión todavía más profunda. Rusia, China y las grandes empresas tecnológicas no necesitan tener un acuerdo entre ellas para que sus intereses produzcan determinados efectos convergentes. Rusia puede querer polarización. Una plataforma puede querer interacción. Un político radical puede querer indignación. Un creador de contenido puede querer seguidores. Un ciudadano puede querer reconocimiento. Cada actor persigue un objetivo diferente. Pero todos pueden terminar alimentando el mismo contenido. Éste es probablemente uno de los aspectos más difíciles de comprender del ecosistema digital. No necesitamos imaginar una enorme conspiración centralizada. Puede existir un sistema en el que millones de incentivos independientes empujen en una dirección parecida. La indignación produce atención. La atención produce datos. Los datos mejoran personalización. La personalización aumenta interacción. La interacción genera ingresos. La polarización genera movilización política. La movilización produce más contenido. Y el contenido genera nuevamente indignación. Se forma un circuito: emoción → atención → algoritmo → amplificación → polarización → nueva emoción. Los Estados extranjeros pueden introducir estímulos dentro de ese circuito. Las plataformas proporcionan la infraestructura. Los políticos nacionales explotan las consecuencias. Y los propios ciudadanos terminamos actuando como distribuidores gratuitos. Por eso quizá sea incorrecto continuar hablando simplemente de «redes sociales». Estamos ante algo bastante mayor. Estamos construyendo una infraestructura psicológica global. Una infraestructura mediante la cual circulan emociones, identidades, narrativas y percepciones de realidad. Y quien consiga comprender mejor su funcionamiento dispondrá de una extraordinaria herramienta geopolítica.

La guerra tradicional intenta destruir la capacidad material del adversario. La guerra informativa intenta modificar su capacidad para tomar decisiones colectivas. Si consigo que una sociedad desconfíe de sus elecciones, de sus instituciones y de sus vecinos, no necesito conquistarla para debilitarla. Si consigo que franceses y alemanes se consideren mutuamente adversarios, disminuyo la capacidad europea para actuar conjuntamente. Si consigo que europeos consideren inútil apoyar a Ucrania, modifico indirectamente el equilibrio militar. Si consigo que una sociedad crea que está irremediablemente dividida, puedo hacer que esa división termine materializándose. Éste es el significado geopolítico profundo de las redes sociales. No son solamente lugares donde intercambiamos fotografías, vídeos y opiniones. Son espacios donde las sociedades construyen colectivamente su percepción de sí mismas. Y por ello se han convertido inevitablemente en campos de batalla. Rusia parece haber comprendido especialmente bien el poder de explotar divisiones. China ha desarrollado progresivamente capacidades para proyectar narrativas favorables a sus intereses y operar sobre públicos extranjeros. Las empresas tecnológicas controlan buena parte de la infraestructura y los algoritmos que determinan la visibilidad. Los partidos políticos, especialmente la extrema derecha, aprenden a explotar sus mecanismos. La inteligencia artificial abarata extraordinariamente la producción y personalización del contenido. Y nosotros proporcionamos continuamente el elemento que completa el sistema: nuestros datos. Cada clic enseña algo. Cada vídeo que terminamos enseña algo. Cada publicación que compartimos enseña algo. Cada reacción emocional proporciona información. Por eso la futura lucha geopolítica podría desarrollarse parcialmente dentro de un territorio que hasta ahora nunca habíamos considerado territorio estratégico: la atención humana.

Durante siglos los imperios lucharon por controlar estrechos, puertos, rutas comerciales, recursos naturales y territorios. Durante el siglo XX lucharon también por ondas de radio, satélites y canales de televisión. En el siglo XXI lucharán cada vez más por controlar algo infinitamente más íntimo: qué aparece ante nuestros ojos cuando miramos una pantalla, qué acontecimientos recordamos, qué amenazas tememos, qué grupos consideramos enemigos, en quién confiamos, y finalmente qué versión del mundo consideramos verdadera.La frontera geopolítica más importante del futuro quizá no aparezca dibujada en ningún mapa. Puede encontrarse dentro de cada uno de nosotros. Hay, además, una cuestión que considero especialmente importante para continuar este análisis: Rusia y China no persiguen necesariamente el mismo objetivo informativo respecto a Europa. Rusia tiene fuertes incentivos para fragmentar y paralizar la capacidad europea de actuar conjuntamente, mientras que China tiene interés en una Europa que no se alinee automáticamente con Washington, pero también necesita un mercado europeo relativamente estable y próspero. Pero el informe europeo de 2025 identifica infraestructuras de manipulación principalmente rusas, pero también chinas, y en 2026 la UE afirma que las operaciones chinas están aumentando en sofisticación. Esta diferencia podría llevarnos a una paradoja muy interesante para el futuro de la UE, como que Rusia puede beneficiarse de una Europa fragmentada; China probablemente prefiera una Europa estratégicamente distanciada de Estados Unidos, pero no necesariamente desintegrada. Ese matiz modifica bastante el tablero geopolítico que estábamos analizando.

Si hacemos un ejercicio de especulación razonada, creo que el auge de las posiciones radicales de derecha puede conducirnos no tanto a un regreso literal de los fascismos del siglo XX como a la aparición de un nuevo orden político más nacionalista, menos liberal, más proteccionista y más fragmentado, en el que las grandes potencias intentarán explotar las divisiones internas de otras sociedades. El riesgo principal no sería necesariamente una sucesión de dictaduras clásicas, sino algo más ambiguo, con democracias que continúan celebrando elecciones mientras se endurecen, se polarizan y van perdiendo algunos contrapesos institucionales. Hay que partir de una observación importante. El avance de la derecha radical no es uniforme ni inevitable. En Europa gana terreno en algunos países y retrocede en otros, y existen diferencias enormes entre unas formaciones y otras. Sin embargo, algunos acontecimientos recientes muestran que el fenómeno ha dejado de ser marginal. El espectacular resultado de AfD en Sajonia-Anhalt en septiembre de 2026 y su elevada posición en las encuestas nacionales alemanas son un buen ejemplo de hasta qué punto puede cambiar el sistema político incluso en países que durante décadas mantuvieron a la extrema derecha fuera de posiciones importantes de poder. Mi impresión es que estamos entrando en una época en la que la política interna y la geopolítica internacional se entrelazarán cada vez más. Durante mucho tiempo pensamos en unas elecciones nacionales como un asunto esencialmente interno, con empleo, impuestos, sanidad, educación. Pero progresivamente cuestiones aparentemente domésticas, como inmigración, redes sociales, identidad, energía, vivienda, guerra cultural, están conectadas con Rusia, China, Estados Unidos, Ucrania, Oriente Medio, cadenas de suministro, tecnología y competencia económica mundial. Esto produce un cambio fundamental. Una potencia extranjera ya no necesita necesariamente convencer a otro Estado mediante diplomacia tradicional. Puede intentar influir indirectamente sobre su población para modificar después las decisiones de su gobierno.

Si suficientes ciudadanos europeos consideran que apoyar a Ucrania es inútil, los gobiernos acabarán teniendo más dificultades para mantener ese apoyo. Si suficientes ciudadanos consideran que Bruselas constituye una amenaza mayor que Moscú, la cohesión europea disminuirá. Si suficientes estadounidenses consideran que defender Europa no merece el coste, Washington puede reducir su compromiso. Y si suficientes europeos consideran que Estados Unidos ya no es un aliado fiable, aumentará el impulso hacia una defensa europea autónoma. La opinión pública se convierte así en una variable estratégica internacional. Ahí es donde el auge de los movimientos radicales puede tener consecuencias enormes. Uno de los escenarios que considero más plausibles es una especie de nacionalización progresiva de la política mundial. Estados Unidos bajo movimientos tipo MAGA insiste en America First. Rusia reivindica su esfera de influencia y su grandeza nacional. China desarrolla un nacionalismo centrado en rejuvenecimiento nacional y autonomía estratégica. India potencia su propia identidad civilizatoria. En Europa proliferan movimientos que hablan de Francia primero, Alemania primero, Italia primero, Hungría primero. Si esta tendencia continúa, podríamos pasar de las décadas de globalización posteriores a 1990 hacia un mundo donde cada gran potencia y cada bloque intente maximizar su autonomía. Menos: «todos ganamos mediante la integración». Más: «debemos asegurarnos de que nosotros no dependamos de ellos». Eso significaría más barreras comerciales, política industrial, controles migratorios, rearme, subsidios tecnológicos, protección de industrias nacionales y competencia por materias primas. No sería necesariamente una repetición exacta de los años treinta del siglo XX, pero sí podría recordar en algunos aspectos al período anterior a la gran globalización contemporánea. La gran paradoja europea es que Europa probablemente será el lugar donde esta tensión resulte más visible. Por un lado, la derecha radical europea tiende en muchos casos a reivindicar soberanía nacional, fronteras más estrictas y menor transferencia de poder a Bruselas. Por otro, Europa enfrenta un mundo de potencias continentales enormes. Estados Unidos: más de 340 millones de habitantes y enorme capacidad militar y tecnológica. China: alrededor de 1.400 millones y enorme potencia industrial y tecnológica. India: alrededor de 1.400 millones. Rusia: enorme territorio, recursos naturales y arsenal nuclear. Frente a eso: España, Francia, Italia, Alemania o Polonia individualmente poseen una escala bastante menor. Aquí aparece una contradicción que puede resultar decisiva: el nacionalismo europeo puede terminar descubriendo que necesita Europa.

Es decir, un gobierno profundamente preocupado por defender la soberanía nacional puede concluir que necesita defensa europea, industria europea, tecnología europea y autonomía energética europea precisamente para conservar esa soberanía. La presión geopolítica ya está empujando en esa dirección. El Consejo Europeo ha establecido como objetivo acelerar considerablemente la preparación militar europea para 2030 y reducir dependencias estratégicas. Y la opinión pública europea parece acompañar parcialmente ese movimiento. En 2026, el 68 % de los europeos señalaba que la UE debería asumir un papel mayor protegiendo a sus ciudadanos frente a crisis globales y amenazas de seguridad, mientras defensa, seguridad e independencia energética aparecen entre las prioridades para fortalecer Europa. Esto puede producir un resultado aparentemente contradictorio: una Europa más derechizada pero también más integrada estratégicamente. Quizá menos integración cultural o regulatoria. Pero más integración militar, energética, industrial y tecnológica. El papel de Rusia será particularmente importante. Existe una afinidad parcial entre determinados sectores de la derecha populista europea y Rusia, aunque nuevamente debemos evitar generalizaciones. Una encuesta de Pew Research Center realizada en 2026 muestra que los simpatizantes de diversos partidos populistas de derecha presentan opiniones significativamente más favorables hacia Rusia y Putin que quienes no simpatizan con esos partidos. En Alemania, por ejemplo, el 46 % de los simpatizantes de AfD tenía una opinión favorable de Rusia frente al 8 % de quienes no apoyaban al partido. Esto puede tener consecuencias estratégicas muy importantes. Si partidos de ese tipo llegan al gobierno en suficientes países podrían aumentar las resistencias a: sanciones contra Rusia, ayuda militar a Ucrania, ampliación de la UE, determinadas políticas de la OTAN, o políticas comunes europeas de defensa. No necesariamente porque esos gobiernos se conviertan en aliados de Moscú, sino porque pueden considerar que sus prioridades nacionales son diferentes. Desde el punto de vista ruso, esto puede resultar extremadamente favorable. No necesita convencer a toda Europa. Le basta con que algunos gobiernos bloqueen determinadas decisiones.

En una organización basada frecuentemente en consensos complejos, la capacidad de dividir puede ser tan importante como la capacidad de convencer. Pero China juega un juego diferente.  China probablemente preferirá algo distinto. No parece tener interés evidente en una completa desintegración europea. La UE es un enorme mercado. China necesita consumidores, inversión, tecnología y estabilidad comercial. Lo que sí puede resultarle conveniente es una Europa suficientemente autónoma como para no alinearse automáticamente con Washington. En términos muy simplificados: Rusia puede beneficiarse de una Europa debilitada. China puede beneficiarse de una Europa autónoma respecto a Estados Unidos. No son exactamente lo mismo. Esto puede crear situaciones muy interesantes. Una derecha europea nacionalista podría ser simultáneamente: más proteccionista respecto a China, más distante de Estados Unidos, más dura respecto a inmigración, más favorable a políticas industriales europeas, y en algunos países más conciliadora con Rusia. No existe necesariamente una única línea ideológica coherente. La relación con Estados Unidos puede cambiar profundamente. Aquí creo que estamos ante otra transformación histórica. Durante ocho décadas Europa occidental se acostumbró a considerar a Estados Unidos como garante último de su seguridad. El trumpismo cuestiona parcialmente esa relación. Y cuanto más incierta se vuelva la protección estadounidense, más presión habrá para construir una capacidad militar europea. Paradójicamente, un movimiento estadounidense profundamente nacionalista podría terminar siendo uno de los mayores aceleradores de la autonomía europea. Si Washington dice: «Europa debe defenderse sola». Europa puede responder: «Entonces tendremos que construir capacidad para hacerlo». Y una vez creada esa capacidad militar, probablemente aparecerá también una mayor autonomía diplomática. Una Europa capaz de defenderse por sí misma será necesariamente una Europa menos dependiente políticamente de Estados Unidos.

El riesgo más importante sería una cadena de nacionalismos. Aquí encuentro uno de los escenarios más inquietantes. Los nacionalismos funcionan parcialmente mediante comparación. Si Estados Unidos adopta políticas proteccionistas, Europa responde. Si Europa protege sus industrias, China responde. Si China restringe determinados recursos estratégicos, otros países responden. Cada medida puede parecer racional individualmente. Pero conjuntamente pueden producir una espiral: proteccionismo → represalias → reducción del comercio → menor crecimiento → descontento → nacionalismo → más proteccionismo. Algo parecido puede ocurrir con inmigración. Un país endurece su frontera. Los flujos se desplazan hacia otro. Ese segundo país endurece también la suya. Aparecen tensiones entre Estados. Y progresivamente la cooperación se deteriora. Éste es uno de los peligros históricos del nacionalismo cuando se combina con crisis económicas. También podría cambiar la naturaleza de la democracia. Creo que este aspecto merece especial atención. Es improbable que la mayoría de países europeos evolucionen hacia dictaduras clásicas. Mucho más plausible es el crecimiento de lo que solemos denominar democracias no liberales. Formalmente continúan existiendo: elecciones, partidos, parlamentos, tribunales, medios de comunicación. Pero progresivamente el gobierno intenta aumentar su control sobre determinadas instituciones. Se presiona a periodistas. Se cuestiona la independencia judicial. Se politiza la administración. Se modifica la legislación electoral. Se utilizan medios públicos de forma partidista. Se presenta al adversario político no como un competidor, sino como un enemigo del país. La frase decisiva sería: «Nosotros representamos al verdadero pueblo». Cuando un movimiento adopta esa idea, quien discrepa deja de ser simplemente opositor. Puede convertirse en: traidor, globalista, enemigo, antipatriota. Y ahí empieza el deterioro institucional. La IA y las redes pueden acelerar ese proceso. Esto conecta directamente con lo dicho anteriormente. Hasta ahora la propaganda política necesitaba persuadir a grandes grupos. La IA permitirá probablemente una persuasión mucho más granular. El mensaje nacionalista dirigido a una persona mayor puede centrarse en seguridad. El dirigido a un joven, en vivienda. El dirigido a un trabajador, en competencia laboral. El dirigido a una familia, en educación. El dirigido a un empresario, en impuestos.

Todos pueden conducir finalmente hacia la misma conclusión política mediante caminos emocionales diferentes. Si esto se combina con deepfakes, cuentas artificiales, bots conversacionales e información personalizada, el espacio político puede fragmentarse extraordinariamente. Podríamos pasar de partidos con propaganda nacional a millones de narrativas políticas individualizadas. Y aquí aparece una posibilidad que me parece más preocupante que la simple difusión de mentiras: la desaparición gradual de una realidad común. Una democracia necesita ciudadanos que discrepen. Pero necesita también hechos compartidos sobre los que discrepar. Si un grupo considera que las elecciones son fraudulentas y otro que son completamente legítimas; si uno piensa que la inmigración está destruyendo el país y otro que no existe ningún problema; si uno considera que Rusia es el enemigo principal y otro que lo es Bruselas; si uno considera que Estados Unidos protege Europa y otro que intenta destruirla; cada grupo puede acabar dentro de una realidad política distinta. Eso hace extremadamente difícil alcanzar compromisos. El escenario más peligroso no sería necesariamente una guerra mundial deliberada. Sería quizá una sucesión de errores de cálculo. En sociedades muy nacionalizadas, los dirigentes tienen menos margen para retroceder. Si hemos dicho durante años: «jamás cederemos». Ceder después puede interpretarse como debilidad. Esto aumenta el riesgo de escalada. China y Taiwán. Rusia y Europa oriental. Estados Unidos y China. Tensiones en Oriente Medio. Disputas por el Ártico. Cada conflicto puede convertirse en una prueba de prestigio nacional. Y la política de prestigio tiene una característica peligrosa: las decisiones dejan de basarse únicamente en costes y beneficios. También interviene la humillación. Pero existe un escenario alternativo bastante más positivo. La presión externa puede generar precisamente la reacción contraria. Las democracias pueden aprender. Europa puede fortalecer su autonomía. Las plataformas pueden estar sometidas a mayores obligaciones de transparencia. Puede desarrollarse alfabetización digital. La IA puede utilizarse para detectar campañas de desinformación. Los partidos tradicionales pueden recuperar la capacidad de responder a problemas reales como inmigración, vivienda y desigualdad sin abandonar valores democráticos.

En ese escenario, el auge de la derecha radical actuaría como una especie de alarma del sistema. No destruiría la democracia. La obligaría a reformarse. Éste sería, probablemente, el resultado más saludable. A 2040, tal como ya he indicado, veo cuatro grandes posibilidades. Mi estimación puramente especulativa sería aproximadamente lo que veo como escenario más probable, con quizá alrededor de un 45 %, un mundo de democracias más nacionalistas y endurecidas, pero todavía democráticas. Europa seguiría existiendo, con políticas migratorias mucho más restrictivas, mayor defensa, proteccionismo industrial y menor entusiasmo por la globalización. Asignaría alrededor de un 25 % a una reacción integradora, debida precisamente a la presión de Rusia, China y una relación incierta con Estados Unidos que provocaría que Europa profundice considerablemente en su unión estratégica. Tal vez un 20 % correspondería a una fragmentación seria del sistema occidental, con la UE paralizada, la OTAN debilitada, nacionalismos enfrentados y bloques regionales compitiendo. Y reservaría quizá un 10 % a un escenario realmente peligroso de expansión importante de regímenes no liberales, crisis internacionales encadenadas y conflictos militares de gran escala. No son probabilidades científicas, naturalmente. Son una manera de expresar qué escenarios considero más o menos plausibles. Pero hay una transformación más profunda que probablemente ocurra en casi todos ellos. Creo que estamos terminando una época histórica. Desde aproximadamente 1990 hasta la década de 2010 predominó la idea de que el mundo avanzaba hacia: globalización, integración económica, reducción de fronteras, democratización, interdependencia. La nueva época parece avanzar hacia: soberanía, seguridad, fronteras, identidad, autonomía estratégica y competencia entre bloques. Y eso explica parcialmente el auge de la extrema derecha. No significa necesariamente que la extrema derecha vaya a gobernar el mundo. Significa algo quizá más importante: que algunas de sus preocupaciones están desplazando el centro político. Los partidos tradicionales endurecen sus posiciones migratorias. Europa aumenta espectacularmente el gasto militar. Estados Unidos habla de proteccionismo. Los gobiernos desarrollan política industrial. Se habla nuevamente de fronteras y soberanía.

Incluso aunque determinados partidos radicales pierdan elecciones, pueden haber modificado ya el terreno sobre el que se disputan. Ésa puede ser su victoria histórica más importante. Y aquí encontramos una paradoja final que me parece especialmente interesante. La extrema derecha surge en gran medida reclamando recuperar el control nacional frente a globalización, inmigración e instituciones supranacionales. Pero el mundo que está apareciendo, dominado por Estados Unidos, China, India, Rusia y enormes corporaciones tecnológicas, puede hacer que los Estados europeos individualmente tengan cada vez menos capacidad real de controlar su destino. Por eso podríamos terminar ante un resultado inesperado: el auge del nacionalismo puede debilitar inicialmente a Europa, pero la dureza del nuevo mundo puede terminar convenciendo incluso a muchos nacionalistas de que la única forma de conservar soberanía nacional es compartir parte de ella a escala europea. Si eso sucede, quizá el gran conflicto político de las próximas décadas no sea simplemente entre izquierda y derecha. Será entre dos formas distintas de entender la soberanía. Una que diga: «para ser libres debemos recuperar nuestro Estado». Y otra que responda: «en el mundo de las grandes potencias, nuestro Estado sólo podrá seguir siendo libre si forma parte de una Europa suficientemente poderosa». Creo que de cuál de esas dos ideas termine imponiéndose dependerá una parte considerable del futuro europeo, y probablemente también de la posición que Europa ocupe en el nuevo orden mundial.

Se puede descargar el artículo en PDF: La extrema derecha y la guerra por la realidad

Fuentes:

Nota: Estoy utilizando ChatGPT para producir las imágenes. Yo le suministro imágenes (mapas, gráficos, …) y/o partes del texto del artículo para que produzca las imágenes que aparecen en los artículos.

Cas Mudde – La ultraderecha hoy

Pippa Norris y Ronald Inglehart – Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism

Pietro Castelli Gattinara y Andrea L. P. Pirro – Movement Parties of the Far Right: Understanding Nativist Mobilization

Steven Livingston y Michael Miller – Connective Action and the Rise of the Far-Right: Platforms, Politics, and the Crisis of Democracy

Donald F. Kettl – The Right-Wing Idea Factory: From Traditionalism to Trumpism

Christopher Wylie – Mindfck: Cambridge Analytica. La trama para desestabilizar el mundo

Giuliano da Empoli – Los ingenieros del caos

Max Fisher – The Chaos Machine: The Inside Story of How Social Media Rewired Our Minds and Our World

Peter Pomerantsev – This Is Not Propaganda

Azade E. Kakavand – Far-Right Social Media Communication in the Light of Technology Affordances: A Systematic Literature Review

William Brady y colaboradores – Overperception of moral outrage in online social networks inflates beliefs about intergroup hostility

Victoria Oldemburgo de Mello, Felix Cheung y Michael Inzlicht – Twitter (X) use predicts substantial changes in well-being, polarization, sense of belonging, and outrage

Jens Rydgren – Immigration sceptics, xenophobes or racists? Radical right-wing voting in six West European countries

Informe FIMI 2026 del Servicio Europeo de Acción Exterior – 4th EEAS Report on Foreign Information Manipulation and Interference Threats, de marzo de 2026

Estudio de la Comisión Europea sobre plataformas y desinformación – Riesgos sistémicos de las campañas de desinformación bajo la Digital Services Act,

La extrema derecha y la guerra por la realidad

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