La IA iba a revolucionar nuestra jornada laboral: de momento, el ahorro se queda en tres horas semanales/La verdadera batalla de la inteligencia artificial está en las personas

Cuando la inteligencia artificial comenzó a expandirse ya llegar a todos los sectores, se prometía que iban a liberar a los trabajadores de las tareas repetitivas, disparar la productividad y, eventualmente, permitir, trabajar menos horas para producir lo mismo.

La realidad es que muchos han visto cómo eran sustituidos por la IA . El resto que utiliza IA asegura ahorrar una mediana de tres horas de trabajo a la semana, según los últimos datos del Banco Central Europeo (BCE) . El problema es que ese tiempo liberado no implica necesariamente tres horas más de ocio ni una reducción equivalente de la jornada: puede terminar convertido en más producción, nuevas tareas o incluso parcialmente consumido por la necesidad de revisar y corregir lo que hace la propia inteligencia artificial.

Tres horas semanales menos para hacer el mismo trabajo

En solo dos años, el porcentaje de trabajadores de la zona del euro que utilizan inteligencia artificial en su empleo se ha duplicado. En 2024 lo hacía el 26 %; en 2025, el 41 %, y en 2026 la proporción ha alcanzado ya el 52 %.

Quienes han incorporado la tecnología a su trabajo la utilizan, además, un medio cercano a tres días por semana.

Las cifras proceden de la Encuesta de Expectativas de los Consumidores del BCE , que recoge mensualmente información de alrededor de 20.000 personas de uno de los países de la zona del euro.

Una de esas preguntas fue cuántas horas adicionales habrían necesitado durante una semana normal para completar la misma cantidad de trabajo si no hubieran podido utilizar inteligencia artificial, y la mediana de las respuestas fue de tres horas semanales. Eso equivale aproximadamente al 7,7 % del tiempo de trabajo de estos empleados.

En términos anuales, si ese ahorro se mantuviera durante unas 48 semanas efectivas de trabajo, supondría alrededor de 144 horas liberadas, equivalentes a 18 jornadas laborales de ocho horas. Sin embargo, existe un primer matiz; y es que no todos los trabajadores utilizan la inteligencia artificial y tampoco todos los usuarios consiguen ahorrar tiempo con ella.

El BCE calcula que el 48,8 % de los trabajadores combinan ambas circunstancias. Cuando se traslada el ahorro al conjunto de la economía, la ganancia de eficiencia se reduce aproximadamente al 3,8 % de las horas trabajadas.

Además, ahorrar tres horas no significa necesariamente trabajar tres horas menos . Un empleado puede utilizar IA para terminar en cinco horas unas tareas que antes requerían ocho. Pero la empresa puede aprovechar las tres horas restantes para asignarle más trabajo, aumentar su producción, atender a más clientes o asumir nuevas responsabilidades.

El ahorro se pierde revisando la IA

Una investigación de Workday publicada en enero de 2026 encontró que el 74 % de los empleados españoles se siente más productivo gracias a la inteligencia artificial y que el ahorro habitual se sitúa entre una y tres horas semanales.

El 28 % declaraba utilizar IA diariamente y otro 58 % varias veces durante la semana.

Sin embargo, el estudio no se quedó ahí. Una parte del tiempo que inicialmente ahorra la tecnología tiene que utilizarse posteriormente para supervisarla . El 42 % de los trabajadores consultados dedicaba hasta una hora semanal a revisar, corregir o reformular contenidos producidos por la IA.

En este sentido, el BCE calcula que las estimaciones actuales sobre el incremento adicional de productividad anual generado por la IA durante una década presentan una horquilla extraordinariamente amplia, entre el 0,1 % y el 3,4 %.

Funcas, por su parte, calcula que entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores españoles podrían aumentar su productividad gracias a la complementariedad con la inteligencia artificial durante la próxima década sin que sus puestos desaparezcan.

Otro análisis elaborado por McKinsey Global Institute estima que el 59 % de las horas trabajadas en España son técnicamente automatizables con las tecnologías existentes y que la transformación del trabajo mediante IA podría aportar unos 142.153 millones de euros a la economía española hasta 2030.

Los trabajadores formados consiguen sacar mucho más partido a la IA

El BCE identifica además una posible vía para aumentar las ganancias centrándola en la formación. Aproximadamente la mitad de los trabajadores que todavía no utilizan inteligencia artificial asegura que una mejor formación o comprender con mayor claridad para qué puede servirles podría animarles a incorporarla .

Ahora mismo, la adopción alcanza el 61 % entre los trabajadores con mayor nivel educativo, frente al 37 % entre quienes tienen niveles formativos inferiores. Los jóvenes son además alrededor de 20 puntos porcentuales más propensos a utilizar inteligencia artificial que los trabajadores de mayor edad.

Los directivos aparecen entre los grupos que más la utilizan, más tiempo ahorran y mejor valoración tienen de la tecnología.

https://www.businessinsider.es/economia/ia-iba-revolucionar-nuestra-jornada-laboral-momento-ahorro-se-queda-tres-horas-semanales_7031157_0.html

 

La verdadera batalla de la inteligencia artificial está en las personas

Nos gustan las carreras porque ordenan el mundo. Alguien va primero, alguien queda atrás y al final hay un ganador. Con la inteligencia artificial estamos haciendo lo mismo. Hemos convertido el avance tecnológico en un marcador entre Estados Unidos y China. Ya no compiten por llegar a la Luna, sino por controlar los modelos, los chips y la infraestructura que influirán en la economía, la defensa y buena parte de nuestra vida cotidiana.

Los números refuerzan ese relato. Estados Unidos invirtió en 2025 más de 285.000 millones de dólares en IA. China invirtió 12.400 millones, 23 veces menos. Aun así, la brecha de capacidad entre ambos países se redujo más de 30 puntos entre 2023 y 2026, según los benchmarks de LMArena. La imagen es bastante clara. Uno corre con muchos más recursos; el otro está aprendiendo a correr muy deprisa.

Washington ha lanzado la iniciativa Pax Silica para asegurar las cadenas de suministro de chips e IA. Este mismo mes también ha anunciado a decenas de países de los que tendrán que elegir entre el modelo estadounidense y el chino. La Unión Europea acaba de sumar a esa alianza. El mundo tecnológico se fragmenta y la pregunta aparece casi sola. ¿Estamos entrando en una nueva Guerra Fría?

En el terreno físico, Estados Unidos parte con ventaja. Tiene más infraestructura, más centros de datos y un ecosistema de producción de chips mayor que el de China. En el software, sin embargo, las fronteras son mucho menos obedientes. Un modelo puede desarrollarse en un país y utilizarse al día siguiente en otro. Los investigadores colaboran en una escala internacional, las empresas dependen de cadenas globales y los riesgos de los sistemas avanzados no se dividen en una aduana.

Esto cambia la pregunta. Saber quién encabeza la carrera importa, pero importa más decidir qué reglas y qué capacidades necesitaremos si todos corren para ganar a cualquier precio. Porque una competición sin dirección puede producir modelos más potentes y, al mismo tiempo, sociedades menos preparadas para utilizarlos.

En los últimos días, el debate sobre la seguridad de la IA se ha mezclado con la rivalidad entre Estados Unidos y China. Desde Pekín, algunas propuestas para ralentizar determinados sistemas se interpretan como una forma de contener su avance. En Estados Unidos, otros temen que demasiadas restricciones entreguen ventaja al competidor. El dilema es real. La seguridad importa y la competitividad también. Necesitamos avanzar deprisa y hacerlo con responsabilidad. Separar ambas cosas solo nos conduce a malas decisiones.

La tecnología suele llegar antes que las reglas. Ha ocurrido muchas veces. Con la IA, el desfase no puede crecer demasiado, porque las decisiones que tomemos ahora afectarán a cómo trabajamos, aprendemos y nos informamos durante años. Esto exige normas capaces de acompañar la innovación. También exige algo menos espectacular, pero igual de importante. Personas capaces de entender la herramienta que tienen delante.

Tener acceso a una herramienta de IA no significa saber utilizarla. Que una empresa compre una licencia tampoco transforma de forma automática su productividad. El cambio llega cuando sus profesionales saben formular buenas preguntas, revisar una respuesta, detectar un error y reconocer cuándo la decisión debe seguir en manos humanas. La verdadera ventaja competitiva no será disponer de IA , sino saber qué hacer con ella.

Para Europa, esta idea es decisiva. Nuestro objetivo no puede limitarse a elegir entre Estados Unidos y China. Necesitamos construir capacidad tecnológica propia y, a la vez, capacidad humana. Eso implica invertir en innovación, talento, educación y formación. Si las empresas europeas usan sistemas que no comprenden, si los trabajadores no aprenden a incorporarlos a sus tareas y si delegamos decisiones relevantes en herramientas que nadie sabe evaluar, aparecerá otra dependencia, la del criterio de otros.

La regulación puede fijar límites y repartir responsabilidades. El AI Act europeo intenta hacerlo con un marco basado en el nivel de riesgo de cada sistema. Pero una ley no puede sustituir el criterio de quien utiliza la tecnología. Cada profesional debería poder responder a preguntas muy sencillas. ¿para qué necesito esta herramienta?, ¿qué información voy a introducir?, ¿puedo confiar en el resultado?, ¿qué parte de la decisión debe seguir siendo humana? Sabre responder también es competitividad.

La dimensión internacional tampoco admite ataques. La seguridad de los sistemas avanzados, la desinformación, la privacidad, la ciberseguridad y el uso militar de la IA afectan a todos. Ningún país puede resolverlos por su cuenta. Ya hemos visto propuestas de expertos estadounidenses y chinos para acordar salvaguardas en el uso militar de la IA, con líneas rojas y mecanismos de comunicación directa. La competencia y la cooperación pueden convivir. De hecho, en los asuntos más delicados tendrán que hacerlo.

Por eso, me preocupa menos que llamemos Guerra Fría a esta etapa que el riesgo de adoptar su lógica. La competencia puede acelerar la innovación, atraer inversión y mejorar los productos. Pero necesita una dirección. La tecnología debe ampliar nuestras posibilidades sin reducir nuestra capacidad de decidir.

La inteligencia artificial puede mejorar la productividad, acelerar la investigación, facilitar el acceso al conocimiento y abrir oportunidades que todavía no imaginamos. Ese potencial no se convertirá en progreso por sí solo. Dentro de cinco años, la cuestión relevante no será únicamente quién tiene el modelo más potente, sino qué tipo de sociedad hemos construido alrededor de esos modelos.

Ahí está la verdadera batalla de la IA. No en una guerra entre máquinas, sino en nuestra capacidad para conseguir que la innovación, la seguridad, la educación y el criterio avancen juntos. Ganaremos si la IA amplía lo que podemos hacer y conserva nuestra libertad para decidir. Y, sobre todo, si cada vez más personas pueden utilizarla, entenderla y cuestionarla.

https://www.businessinsider.es/tecnologia/verdadera-batalla-inteligencia-artificial-esta-las-personas_7038434_3.html

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