Los monos capuchinos ya cazan otros animales cuando escasean las frutas igual que los primeros ancestros humanos

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Un mono capuchino en el Parque Nacional Serra da Capivara en Brasil. Crédito: Tiago Falótico / Wikimedia Commons

Un estudio de campo con más de 5.000 horas de observación documenta 446 episodios de consumo de vertebrados pequeños y revela que los machos asumen los mayores riesgos y que el cerebro y las vísceras de las presas son los tejidos más buscados.

La escasez estacional de frutos y vegetales empuja a los monos capuchinos barbudos a incrementar de manera notable la caza de pequeños vertebrados, un comportamiento que los investigadores vinculan directamente con las estrategias de supervivencia que pudieron emplear los ancestros de los seres humanos durante periodos de inestabilidad climática.

Esta es la conclusión principal de un trabajo publicado en la revista PLOS One por un equipo internacional coordinado por Susana Carvalho, directora científica del Parque Nacional de Gorongosa (Mozambique), y Noemi Spagnoletti, de la Universidad Sapienza de Roma, junto con otros colegas.

Los autores han analizado durante 45 meses el comportamiento de dos grupos de estas primates en la Fazenda Boa Vista, en Brasil, y han registrado 446 ocasiones en las que los animales ingirieron presas, lo que convierte este estudio en uno de los más exhaustivos hasta la fecha sobre los factores que desencadenan la depredación en primates no humanos.

Los seres humanos son los únicos primates vivos que practican de forma habitual la caza de animales de mayor tamaño que ellos mismos, una característica que la paleoantropología asocia tradicionalmente al desarrollo de cerebros voluminosos y de estructuras sociales complejas.

Sin embargo, los investigadores sostienen que este rasgo pudo tener un origen más modesto, a partir del consumo de presas pequeñas, un comportamiento que ya se observa en chimpancés y en los propios capuchinos. Para desentrañar las causas ecológicas y sociales que llevan a estos monos a cazar, el equipo de Carvalho y Spagnoletti diseñó un seguimiento sistemático de los individuos de dos comunidades silvestres de capuchinos barbudos (Sapajus libidinosus) en el municipio de Boa Vista, en el estado de Piauí, al noreste de Brasil.


El trabajo de campo se extendió entre 2006 y 2010 y acumuló más de cinco mil horas de observación directa, lo que ha permitido a los científicos describir con un detalle sin precedentes la frecuencia, el tipo de presas y las condiciones ambientales que propician la actividad cinegética.

A (arriba a la izquierda): Macho adulto alimentándose de una presa aviar; B (arriba a la derecha): Presa mamífera (marsupial) devorada por un macho adulto. Se le arrancó la piel y quedaron al descubierto las vísceras; C (abajo a la izquierda): Lagarto devorado por una hembra adulta. Quedaron al descubierto las vísceras; D (abajo a la derecha): Serpiente devorada por un individuo no identificado. Se le arrancó la parte superior de la serpiente, incluida la cabeza, y quedaron al descubierto las vísceras. Crédito: Luciano Candisani / Noemi Spagnoletti / Eduardo D. R. Silva

Entre los 446 eventos de alimentación carnívora documentados, los lagartos constituyeron el grupo más abundante, con un 43 % del total, seguidos por los roedores, que representaron el 28 % de las presas. El estudio incluye además los primeros registros fehacientes de capuchinos barbudos consumiendo zarigüeyas, iguanas y polluelos de aves, lo que amplía el espectro conocido de especies que estos monos son capaces de capturar y procesar.

Los investigadores observaron que no todos los individuos participan con la misma intensidad en la caza: los machos, de manera sistemática, mostraron una tasa de depredación muy superior a la de las hembras y, además, se enfrentaron a presas de mayor peligrosidad, como serpientes, mientras que las hembras se limitaron mayoritariamente a los lagartos y roedores de pequeño tamaño.

Esta diferenciación sexual en el riesgo y en el éxito de captura sugiere que la caza no responde únicamente a una necesidad calórica global, sino que está modulada por factores de competencia intraespecífica y por las capacidades físicas y la experiencia de cada grupo etario y sexo.

La variación en la disponibilidad de alimentos vegetales resultó ser el desencadenante ambiental más importante del aumento de la depredación. Cuando la escasez de frutos maduros y de otros recursos de origen vegetal se hizo más pronunciada a lo largo de las estaciones secas, los capuchinos redoblaron sus esfuerzos de búsqueda y captura de vertebrados, lo que indica que la carne de estos animales actúa como un recurso de reserva o de emergencia en momentos de déficit nutricional.

Pero los autores fueron más allá y analizaron qué partes del cuerpo de las presas eran consumidas con preferencia, y descubrieron que los monos seleccionaban de forma intencionada el cerebro y las vísceras, es decir, los tejidos con mayor densidad de lípidos y, probablemente, con un aporte energético más concentrado. Esta elección selectiva apunta a que la caza no solo suple la falta de carbohidratos y fibras, sino que cubre una demanda específica de grasas y otros nutrientes que escasean en la dieta herbívora habitual.

Entre las escenas observadas, los científicos destacan un episodio de caza colectiva, clasificado como de tipo II, en el que cuatro capuchinos jóvenes, ocultos entre la maleza, atacaron a una iguana (Iguana iguana) que pasaba cerca. Uno de ellos agarró y desprendió la extremidad distal de la cola del reptil, y aunque el intercambio de carne ocurrió dentro del matorral y no pudo ser filmado en su totalidad durante el periodo de estudio, los investigadores pudieron confirmar que todos los participantes acabaron ingiriendo partes del animal.

Este comportamiento ilustra el carácter cooperativo que pueden adoptar estas cacerías, aunque los autores matizan que la mayoría de los episodios de depredación fueron individuales o en parejas, y que la colaboración no es la regla general.

La relevancia de estos hallazgos trasciende la primatología, porque los patrones observados en los capuchinos se asemejan de forma llamativa a las hipótesis que se barajan para los primeros homininos. Los investigadores recuerdan que los cambios climáticos del Plioceno y del Pleistoceno provocaron fluctuaciones en la cobertura vegetal y en la disponibilidad de frutos, lo que pudo haber forzado a los ancestros humanos a complementar su dieta con proteína animal procedente de pequeños vertebrados.

Hasta ahora, la mayoría de los modelos evolutivos han puesto el énfasis en la caza mayor como el hito que diferenciaría a los humanos del resto de primates, pero el trabajo de Carvalho y Spagnoletti sugiere que ese salto hacia presas de gran tamaño pudo estar precedido por una fase prolongada de explotación de lagartos, roedores y aves, mucho más asequibles y menos peligrosos. De hecho, la preferencia por el cerebro y las vísceras, rica en ácidos grasos esenciales, encaja con las necesidades metabólicas de un cerebro en crecimiento, lo que refuerza la hipótesis de que la carne de presas pequeñas pudo ser un catalizador nutricional clave en la evolución del encéfalo humano.

Carvalho, que codirige la investigación, subraya en las conclusiones del artículo que este tipo de estudios solo es posible gracias a la observación continuada a largo plazo, porque los primates son animales longevos y con una plasticidad conductual muy elevada, de modo que los periodos cortos de seguimiento pueden ocultar pautas estacionales o diferencias interanuales.

Fue precisamente esa ventana de 45 meses la que permitió a los autores detectar que los pequeños vertebrados, lejos de ser un complemento anecdótico, se convierten en una fuente alimentaria fundamental cuando las frutas escasean, y que su valor no es meramente calórico, sino que responde a una búsqueda activa de tejidos concretos.

La investigadora añade que el registro fósil de los yacimientos arqueológicos y paleontológicos debería ser reanalizado con esta nueva perspectiva, buscando marcas de corte, fracturas intencionadas o acumulaciones de restos óseos de micromamíferos, reptiles y aves que puedan atestiguar una explotación sistemática de presas pequeñas por parte de los homininos, en lugar de centrarse exclusivamente en los grandes herbívoros

El equipo propone que futuros trabajos amplíen este enfoque a otras especies de primates, tanto en Sudamérica como en África y Asia, para confirmar si la relación entre escasez de frutos e incremento de la depredación de vertebrados es un patrón universal entre los primates con una dieta omnívora flexible.

Asimismo, los autores insisten en que los capuchinos, por su convergencia ecológica y social con algunos aspectos de los homínidos tempranos, constituyen un modelo válido para poner a prueba hipótesis sobre los orígenes de la caza, pero advierten de que cada linaje tiene sus particularidades, por lo que los resultados deben extrapolarse con cautela.

Lo que sí parece claro, a la luz de los datos recogidos en Fazenda Boa Vista, es que la carne de animales pequeños no es un mero capricho ocasional en la dieta de estos monos, sino un recurso estratégico que moviliza diferencias de sexo, habilidades de captura y preferencias nutricionales muy concretas. La combinación de estos factores, junto con la presión ambiental, dibuja un escenario en el que la depredación se convierte en una respuesta adaptativa compleja, y ese mismo escenario es el que los paleoantropólogos deberían tener en cuenta al interpretar las evidencias fósiles de nuestros antepasados.

El estudio, financiado con el apoyo de diversas instituciones académicas y de conservación, no solo aporta una base empírica sólida para entender la conducta de los capuchinos, sino que abre una vía de investigación que conecta la ecología del comportamiento con la evolución humana a través de un eslabón hasta ahora poco explorado: el consumo sistemático de vertebrados de talla reducida.


Public Library of Science

Carvalho S, Spagnoletti N, et al. (2026) Small vertebrate consumption by capuchin monkeys (Sapajus libidinosus): Insights into the human predatory pattern. PLoS One 21(8): e0355204. doi.org/10.1371/journal.pone.0355204

 

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