Hace más de un mes una pregunta ronda por despachos, redacciones de medios y los algoritmos de las redes. Una pregunta que no tiene respuesta: ¿qué pretendió Marruecos el pasado 30 de julio, cuando diseñó o toleró —imposible saberlo— la llegada intempestiva de casi 80.000 personas, tantas como habitantes tiene la ciudad? ¿Quería lanzar una ofensiva final sobre la ciudad de Ceuta, que nunca dejó de reclamar?
El Palacio Real de Marruecos guarda silencio. El Ministerio de Exteriores marroquí guarda silencio. La agencia oficial MAP guarda silencio. Y ahí terminan los portavoces oficiales. Si algunos ministros o exministros del Gobierno marroquí han hablado, conviene tomar sus declaraciones con pinzas, porque solo se representan a sí mismos, y más cuando hay elecciones legislativas el próximo 23 de septiembre.
El ministro marroquí de Justicia, Abdelatif Wahbi, dijo el pasado 21 de agosto en una entrevista con una televisión marroquí: “La cuestión de Ceuta y Melilla seguirá siendo un tema de diálogo entre nosotros y España, y mantendremos nuestro derecho histórico y nuestro derecho geográfico”. Sus palabras suscitaron alarma y repulsa en España, pero esas palabras merecen aclaraciones: primero, Wahbi habló de “diálogo”, evitando cualquier palabra más confrontacional; segundo, los “derechos históricos” que alegó son parte del vocabulario político obligatorio al tratarse de Ceuta y Melilla, algo que en España se olvida con frecuencia.
En la escuela y en el telediario
Los niños marroquíes aprenden desde pequeños que el nombre de Ceuta siempre va asociado al adjetivo sebta muhtal-la (‘ocupada’ en árabe), así como se escucha ‘Sáhara marroquí’ y nunca ‘Sáhara Occidental’. De hecho, hay periodistas que han sido sancionados solo por equivocarse en ese nombre. Ceuta y Melilla, como todo el territorio del Sáhara, aparecen en los mapas oficiales —o por ejemplo, en el mapa del tiempo en la televisión— como parte indisociable del territorio nacional, sin que esos mapas tengan representadas las fronteras. Incluso hay un eslogan a modo de cancioncilla que cualquier ciudadano reconoce inmediatamente: Sebta ua Meliliya, ¡magrebiya! (‘Ceuta y Melilla, ¡marroquíes!’).
Ahora parece haberse olvidado, pero en diciembre de 2020, el entonces primer ministro Saadedín Otmani dijo a una periodista de una cadena egipcia que Ceuta y Melilla eran “tan marroquíes como el Sáhara”. De nuevo, por aquel entonces, escándalo en Madrid, pero en Marruecos nadie movió una ceja. Esas proclamas sobre la marroquinidad de Ceuta y Melilla son meros brindis al sol: en Marruecos nadie les hace caso.
Cinco años después del asalto a Ceuta de unas 10.000 personas a raíz de la hospitalización en España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali, se ha producido una nueva crisis con la entrada de 80.000 personas. ¿Significa que Marruecos quiere abrir ahora el melón de Ceuta (y Melilla), como parecen creer muchos comentaristas en España que hasta han llegado a utilizar el término de “Marcha Azul” sobre la ciudad? No, no es el momento: esta tarea se la dejará el rey Mohamed VI a su sucesor Hasán III.
Dos estilos de reyes
Al rey Mohamed VI es difícil leerle las intenciones; por eso abundan en Marruecos los analistas que interpretan sus silencios. En esto, como en casi todo, es muy distinto a su padre. Hasán II planteó en su día varias iniciativas concretas sobre España: un ambicioso túnel sobre el estrecho de Gibraltar para unir a África y Europa, al estilo del Eurotúnel del Canal de la Mancha. La segunda: formar entre ambos vecinos del estrecho una jaliya atafkir (‘célula de reflexión’ en árabe) que estudiase de forma conjunta el futuro a medio plazo de Ceuta y Melilla y sus entornos geográficos inmediatos. Aquella célula, alumbrada en enero de 1987 —curiosamente, con un Gobierno socialista en la Moncloa—, encontró el silencio por respuesta.
Además de esas propuestas, el monarca no renunció a jugar a la baja política, como cuando se entrometió en las movilizaciones en Melilla contra la Ley de Extranjería, protagonizadas por los musulmanes de la ciudad. El líder de los movilizados, Omar Mohamed Dudú, un buen día de 1987 se presentó en Rabat y besó la mano del monarca, proclamando su pleitesía. Por aquellos años, abundaban los saharauis que hacían como Dudú, traicionaban al Polisario y se presentaban en Rabat al besamanos. Parecía alumbrar así una especie de movimiento promarroquí en Melilla, pero la espantada de Dudú no tuvo mayores consecuencias y la supuesta “quinta columna” nunca llegó a cuajar.
Aquello fueron gestos concretos, y frente a ellos solo cabe sorprenderse del silencio de Mohamed VI. En sus veintisiete años de reinado, el monarca no ha mencionado la ‘célula de reflexión’, no ha alumbrado ninguna otra iniciativa sobre las dos ciudades ni ha salido de su boca una reclamación formal para contestar la soberanía española. Y tampoco lo ha hecho ahora. ¿Ha permitido que lo hagan sus ministros? Sí, pero el de Justicia ni siquiera es un ‘ministro de soberanía’, es decir, uno de aquellos cuyo nombramiento se reserva directamente el mismo rey. Wahbi es, por así decirlo, un ministro de segunda fila que además se encuentra en campaña electoral y le conviene hacer declaraciones grandilocuentes para ganar votos.
La estrategia del desgaste
Es mejor dejar hablar a los hechos, y los hechos son que Ceuta y Melilla sufren una sutil estrategia de desgaste y aislamiento. Empezó en 2019 cuando Rabat puso fin al contrabando interfronterizo, acabando con aquellas ignominiosas imágenes de mujeres-mula cargadas con enormes fardos cuadrados a su espalda que transportaban a Marruecos desde las dos plazas españolas. En aquellos fardos viajaban unas mercancías que luego inundaban los mercadillos locales. En paralelo, desde 2020 la policía marroquí estrechó el control de las fronteras y terminó con el turismo comercial que miles de familias marroquíes de clase media practicaban cada fin de semana. La pecaminosa atracción que Ceuta ejercía sobre el consumidor marroquí había llegado a tal punto que el Gobierno marroquí prohibió en 2019 a todos sus altos cargos, mediante una circular ad hoc, que visitaran las dos ciudades usando sus pasaportes oficiales.
Aquellos domingos de maleteros marroquíes llenos de productos de Mercadona terminaron para siempre; en los últimos tiempos, los policías marroquíes han llegado a requisar a sus compatriotas de visita en Ceuta hasta botellas de agua en los puestos fronterizos. Añádase a esto que los trámites para cruzar las fronteras, que nunca fueron fáciles, se volvieron cada vez más engorrosos, de forma que pasar un fin de semana al otro lado —sea el viajero español o marroquí— se convirtió en un suplicio burocrático.
En paralelo, el exitoso puerto comercial en TangerMed —a veinticinco kilómetros de Ceuta— y el próximo que se construye en Nador, el Nador West Med —a cincuenta de Melilla— permiten pensar a medio plazo en dos polos económicos suficientemente atractivos para hacer sombra a las dos ciudades españolas. Históricamente, Ceuta y Melilla han tenido en el comercio su razón de ser: los empleos los provee el funcionariado —incluyendo policía y ejército— y el comercio, siendo el resto sectores marginales.

Toda esta estrategia de desgaste, que algunos han calificado de “asfixia” de las dos ciudades españolas, no ha venido acompañada de declaraciones políticas ni de una exposición razonada de sus objetivos. En esto, como en tantas cosas, los expertos se esfuerzan por sacar conclusiones a partir de los hechos. Tampoco han existido explicaciones oficiales de qué ocasionó el último y dramático asalto a Ceuta a finales de julio.
Incluso la reapertura de las aduanas en las fronteras de Ceuta y Melilla, anunciada a bombo y platillo por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su viaje a Rabat en 2022 —cuando oficializó el golpe de timón español sobre el Sáhara Occidental— ha quedado en agua de borrajas. Sin llegar a negar esas aduanas, Marruecos se ha dedicado a poner palos en las ruedas hasta convertir ese proyecto en una quimera más.
Estos son los hechos: Ceuta y Melilla languidecen por el trato de Marruecos, que acentúa su aislamiento. El turismo, que antes de la última crisis traía a Ceuta apenas 6.000 visitantes mensuales —parecida es la cifra en Melilla—, ha caído un 90%. Los miles de inmigrantes —menores y mayores— que siguen en sus calles seguirán sirviendo de munición política en España y dejarán instalada entre ceutíes y melillenses una amarga sensación de recelo al vecino, desconfianza entre las comunidades y miedo al futuro. Rabat observa y calla. Sin prisa, espera recoger algún día la fruta madura. Tal vez cuando reine el hijo de Mohamed VI.
Periodistas marroquíes difunden en sus redes una gran marcha popular para el 20 de septiembre: «Llamamos a la movilización para liberar Ceuta»
