
Business Insider cuenta la historia de la casamentera Sameera Sullivan a través de un ensayo narrado en primera persona con ella. La historia comienza en la escuela secundaria, donde reconoce que le encantaba dar consejos de citas a la gente. Su madre vio que tenía un talento natural y le animó. Ahí empieza todo sin ni siquiera saber que el matchmaking podía ser un negocio. Así continúa su ensayo:
En 2012, me reclutó una agencia matrimonial. Antes de eso, había estudiado psicología y trabajado en educación y defensa. La agencia pensó que esa experiencia me ayudaría a ser buena ayudando a otros a encontrar el amor. Cuando empecé como matchmaker, supe que había encontrado mi vocación. Pero no me gustaba cómo funcionaba la agencia, así que decidí independizarme.
Desde entonces, he emparejado personalmente a más de 100 parejas. Me centro en la calidad, no en la cantidad, pero mis resultados hablan por sí solos y mis clientes están dispuestos a pagar por mi experiencia. La mayoría paga entre 100.000 y 150.000 dólares. Pero algunos, los realmente exigentes y específicos, pagan 250.000 dólares. Hago mucho trabajo por adelantado, así que pagan antes de empezar.
A algunos hombres de éxito les cuesta elegir pareja
Todos mis clientes son hombres, la mayoría entre los 40 y los 50 años. Los divido en dos grupos: algunos eligen mal, ya que nunca han sido muy buenos eligiendo pareja. Los otros están saliendo de un divorcio. Esos hombres saben lo que quieren y lo que no.
Independientemente del tipo de hombre que sea el cliente, hacemos mucho trabajo psicológico y coaching de neurociencia. Les pregunto sobre sus relaciones pasadas, identifico su tipo de personalidad y los ayudo a comprenderse mejor a sí mismos para que puedan identificar las señales rojas, amarillas y verdes mientras tienen citas.
Tengo una base de datos de unas 22.000 mujeres dispuestas a ser emparejadas con mis clientes. Por lo general, le muestro al cliente unos 15 perfiles. A partir de ahí, trabajamos juntos para elegir a tres mujeres con las que salir en citas.
Mis clientes quieren mujeres con propósito, pero flexibles
Entender qué hará que una relación funcione requiere una combinación de habilidades. Es parte empatía, parte racionalización y un poco de sentido común.
Los hombres con los que trabajo tienen un éxito enorme y son muy acaudalados. Por lo general, no les importan las finanzas de la mujer, pero quieren que ella tenga algo propio que le apasione. Están dispuestos a cuidar de su pareja, pero no quieren a alguien que se aproveche de ellos.
Al mismo tiempo, buscan una pareja que sea flexible a la hora de integrarse en sus vidas. La mayoría de estos hombres están muy asentados donde viven. Aun así, no siempre es así. Con una de las parejas que emparejé recientemente, el hombre se va a mudar a otro estado, adonde vive su pareja. Su estilo de vida le permite ser flexible por ella.
Pienso en cómo encajarán los estilos de vida y las ambiciones de la pareja
Cada cliente representa una búsqueda única. Tengo empleados cuyo trabajo a tiempo completo es reclutar mujeres y utilizamos un software propio para hacerlo. Encuentro mujeres en LinkedIn y en eventos; también se postulan directamente a mi red.
En este momento, uno de mis clientes tiene 44 años. Es ambivalente con respecto a tener hijos — la mayoría de mis clientes no buscan tener más hijos. Quiere una mujer que no sea necesariamente servil, sino que sea más suave que él. Tengo que tener cuidado con los tipos de perfiles que le muestro, porque no busca a alguien muy orientada a su carrera profesional.
Otros clientes buscan nuevas aventuras juntos. Una de mis parejas va a abrir un gimnasio junta, aprovechando los conocimientos de fisioterapia y enfermería de la mujer. Otra pareja — un hombre en gestión de la construcción y una mujer propietaria de un negocio de fotografía — planea criar ganado en una casa de vacaciones que acaban de comprar.
Ayudo a los clientes a tener una mente más abierta
Los clientes que me pagan 250.000 dólares son los más exigentes y, por lo tanto, difíciles de emparejar. Podría tratarse de un hombre de 70 años que busca a una mujer de 40.
Una vez, un cliente me dijo que su pareja tenía que tener un título de la Ivy League. Pueden apostar a que rebato esas cosas. Discuto y desafío a mis clientes, y por lo general me lo agradecen. Están dispuestos a escuchar porque me han contratado por mi experiencia. A veces, las mujeres están menos dispuestas a ser flexibles, especialmente con respecto a la estatura y la edad.
Las aplicaciones de citas han dificultado que las personas encuentren a su pareja porque hay demasiadas opciones. En las aplicaciones, el verdadero significado de una relación se pierde a medida que la gente va marcando casillas. Puedes mirar rápidamente un perfil y decir: «No es mi tipo», sin considerar la conexión que podrías tener en persona.
La gente se pone trabas a sí misma. ¿Qué importa si te gustan las morenas, pero la mujer con la que realmente conectas es rubia? ¿O si quieres conocer a alguien en Manhattan, pero el hombre adecuado vive al otro lado del río, en Jersey? Hay que tener la mente abierta para el amor.
https://www.businessinsider.es/economia/soy-una-casamentera-que-cobra-hasta-250-000-dolares-antes-primera-cita_7042289_0.html
Los dividendos de la violencia

Las ocupaciones del espacio público que son tan del gusto de las izquierdas más fogosas y juveniles suelen ser recibidas por mucha gente como una suerte de manifestación de algo grave y desatendido y esa recepción, que constituye una forma de condescendencia, tiene un inconveniente muy serio porque oculta algo que nunca debiera perderse de vista, que son formas de violencia cuya percepción se ve suavizada, en cierto modo, porque nadie siente la necesidad de hacerles frente de manera directa. Son jóvenes, se dice, son radicales, son perroflautas o lo que fuere y ese dictamen manifiesta, también de un modo bastante oblicuo, que nadie espera, en el fondo, que ese sarpullido pase a mayores.
Ocurre, por el contrario, que, en ocasiones, esa erupción si se convierte en un cáncer, como ha sucedido con muchos de los movimientos con ese cariz en las naciones hispanas y ahí tenemos el ejemplo de Cuba o de Nicaragua donde los líderes surgidos de esas viruelas han acabado impidiendo las elecciones libres, de hecho, o incluso proclamando ese final glorioso de la revolución al decir, como ha hecho Daniel Ortega, que en Nicaragua ya nunca habrá unas elecciones. Aunque puede que todavía sea más vergonzosa y execrable la conducta de los chavistas apañando un buen pasar con Trump de modo que éste se lleva la pasta y Delcy sigue al frente del cotarro.
Lo que ahora ocurre es que hay un intento de volver patas arriba el sistema político de la transición y que ese intento lo protagoniza el sanchismo con la entusiasta ayuda de etarras y secesionistas
Pero volvamos a nuestro caso, a lo que está pasando en Sol, por ejemplo. No creo que quepa temer que los acampados tomen el poder e instauren una dictadura, pero si eso no ocurre será, únicamente, porque no pueden lograrlo. En su espíritu sí está esa vocación de intervención por las bravas que se manifiesta convirtiendo la puerta del Sol en un espacio en el que sólo ellos mandan, sin que nunca se sepa con qué títulos legítimos. También se percibe su ambición desmedida en su marcha sobre el Congreso que es como un signo de que puedan venir presiones más directas y acciones más violentas, si no se les hace caso. Seguro que si se les pregunta dirán que son partidarios de la pena de muerte, pero no renuncian a un designio lapidario: “Ayuso, cuidado”.
En ese juego al amparo de las libertades, la prudencia general y las maniobras políticas de un gobierno en apuros, se han llevado por delante los derechos de unos cuantos, sin la menor vacilación. Impiden el comercio de pequeñas tiendas, obstaculizan el trabajo de profesionales que necesitan moverse con libertad, prohíben a los ciudadanos acceder al Metro y tocan las narices a los cientos de miles de madrileños que están lejísimos de sentir nada parecido a lo que ellos quieren imponer mediante esa violencia medida, pero violencia al fin y al cabo.
Tratan de presentarse como un movimiento espontáneo, pero no hay que ser Einstein para entender que la trama que mueve todo ese tinglado es compleja y costosa y que detrás de ella hay un abigarrado y oscuro laberinto de ayudas políticas, con cargo al bolsillo de todos ustedes, sueldos y subvenciones que son las columnas que sostienen el trabajo de los dirigentes, de esos cargos ocultos que nadie ha elegido, salvo, si acaso, en asambleas más manipuladas que un alimento ultraprocesado en oferta promocional. Creo que todo esto es de sobra conocido por cualquiera que no quiera comulgar con ruedas de molino, de manera que la pregunta esencial es ¿quién juega con todo esto, quién saca tajada?
Se dice que en Sol, no puedo asegurarlo, ha recibido aplauso una especie de moción a favor de los marroquíes que han ocupado Ceuta y en contra de la bandera ceutí, amén de la española. Es evidente que existe una connivencia política muy estrecha entre quienes quieren hacernos creer que Marruecos no ha llevado a cabo una operación de guerra mixta y la movilización, justo ahora, de estos chicos que dicen salir en auxilio de una anciana mancillada, al parecer, por la legislación de Franco.
Al margen del disparate histórico que es hijo de la ignorancia voluntaria, al acusar al dictador fallecido hace ya más de medio siglo, lo que quieren hacer es ofender y culpabilizar de lo que se les ocurra a todos los que no nos arrodillamos frente a los dogmas izquierdistas. Su violencia, que no llega a más por pura impotencia, sirve también para disimular que el gobierno de Pedro Sánchez, que, a estos efectos, sigue siendo el amo, el clavo ardiendo al que tienen que agarrarse para disimular su inanidad, no sólo no ha hecho nada de lo que hubiese podido hacer para empezar a tratar el gravísimo problema de la vivienda de manera razonable y factible, sino que ha sido el necio laborioso que lo ha llevado a un nivel casi explosivo.
Como escribe Lindbeck en The Political Economy of the New Left, «el control de los alquileres es la forma más efectiva para destruir una ciudad, junto con el bombardeo» y eso han hecho Sánchez y los suyos mientras han podido, bombardear Barcelona, Madrid, Málaga, el País Vasco y las Canarias, sobre todo. Una penúltima fortuna ha impedido, de momento, que esa legislación destructiva consiga efectos todavía peores.
Es cierto que gracias a nuestras instituciones, sobre todo al Rey, a la prensa, a algunos funcionarios valientes y a la judicatura, todavía no hemos alcanzado el nivel de deterioro político que ha hundido hasta límites insoportables a muchas repúblicas hispanas, pero tenemos que dejar de considerar como una especie de acné juvenil las pretensiones de estos alevines que pretenden el derribo de las instituciones representativas. No es casualidad que ese sea también el sueño húmedo de lo que ya no se puede llamar socialismo porque es puro aventurerismo sanchista, subordinación del gran partido socialdemócrata de la transición a un proyecto suicida para la convivencia y para la libertad.
Hace un par de días escribía Juan José López Burniol, en la línea muy pesimista que ahora le caracteriza, que siempre había creído que en España hemos tenido un Estado muy débil pero la nación era fuerte y que ahora está empezando a pensar lo contrario, que es la nación la que desfallece. Me permito discrepar: es cierto que las izquierdas y los nacionalistas están haciendo todo lo posible por desguazar España, pero creo firmemente que no lo conseguirán.
Lo que ahora ocurre es que hay un intento de volver patas arriba el sistema político de la transición y que ese intento lo protagoniza el sanchismo con la entusiasta ayuda de etarras y secesionistas, pero lo único que consiguen en el plano popular es que aparezcan estos grupitos radicales bien financiados que están dispuestos a usar la violencia a su alcance, pero, al margen de lo que muevan los aparatos de los partidos implicados, desde el punto de vista de la opinión pública y la movilización ciudadana no tienen el menor respaldo y eso se verá con claridad en cuanto podamos acudir a las urnas, cosa que pasará, sin duda.
Las democracias pueden ser traicionadas, ha pasado muchas veces, pero los españoles nos hemos acostumbrado a la libertad y nadie nos la va a arrebatar y menos que nadie estos arrapiezos totalitarios que, si la cosa se pusiese seria, no tendrían ni media bofetada. Más preocupante resulta el intento de falsear el censo para tratar de resucitar votos muertos, pero esa maniobra ten burda ha tropezado como era previsible que lo hiciese. Ni con votos falsos ni con acabar con el voto conseguirán los que admiten la violencia para imponer sus quimeras poner fin a casi cincuenta años de libertad.