Qué descubrí cuando viajé de España a Nigeria para enfrentar al estafador que sedujo a mi madre/El fin de la era ‘influencer’: por qué millones de usuarios están dejando de seguirlos

Carlos, un joven español de cabello oscuro, está de pie junto a un edificio al borde de la carretera con una gran pancarta publicitaria de apuestas deportivas. En la pancarta se aprecian claramente las palabras "bet9" y "Retiro de efectivo disponible en cualquier momento", junto a imágenes de futbolistas. Viste una camisa oscura de manga corta y pantalones oscuros. Se encuentra en un entorno urbano nigeriano, junto a una calle sin pavimentar, con peatones y un motociclista detrás de él, y dos grandes antenas parabólicas instaladas sobre el cartel.

Fuente de la imagen,Carlos Barragán

Pie de foto,Carlos Barragán en el distrito Ikotun de Lagos, Nigeria.

«No me parecieron tan sofisticados. No me parecieron tan inteligentes… Eso me dejó boquiabierto».

Cuando Carlos Barragán viajó de Madrid a Lagos para localizar al hombre que había estafado a su madre con un romance ficticio, esperaba encontrarse con un criminal experto.

Como periodista de investigación, el joven español había logrado rastrear la dirección de IP desde donde fueron enviados los correos.

Fue así como descubrió que Brian, el apuesto soldado estadounidense sirviendo en Siria, no existía: los mensajes de aquel supuesto amor intempestivo en verdad provenían de Nigeria.

«Era muy romántico y apasionado desde los primeros correos. A mi madre le encantaban esas palabras tan bonitas», dice Carlos a la BBC sobre Silvia.

Pero al llegar a Lagos, Carlos se vio inmerso en una búsqueda de cuatro años que culminó ahora con la publicación de su libro Los Yahoo Boys.

Ese es el apodo que reciben en Nigeria los jóvenes que hacen estafas online, los cuales a menudo tienen poca educación, bajos recursos y escasas oportunidades.

La experiencia no solo puso en tela de juicio sus prejuicios sobre el hombre que estafó a su madre, sino que también le hizo cuestionar el impacto de la soledad en el mundo moderno.

Conociendo a Brian

Carlos describe a Silvia como una mujer fuerte e independiente, que abrió su propia clínica dental en España antes de cumplir los 30 años.

Quizás por eso a él y sus dos hermanos mayores les pareció tan extraño darse cuenta de que su madre estaba cayendo en las redes de un estafador.

Un correo electrónico que ella envió a Brian dejaba entrever el motivo de su vulnerabilidad.

«Cuidé de mi madre, luego de mi hermana pequeña, después de mi marido y de mis hijos. Toda mi vida he cuidado de los demás y ahora quiero a alguien que cuide de mí», escribió Silvia, quien entonces tenía 55 años y llevaba cerca de una década divorciada.

Carlos y su madre están sentados uno al lado del otro en la parte trasera de un vehículo, mirando a la cámara para una selfie en primer plano; ambos visten ropa oscura, la madre de Carlos lleva un gorro de punto beige y ambos levantan el pulgar en señal de aprobación. La luz del día entra por las ventanas detrás de ellos y se ve el marco amarillo de una puerta.

Fuente de la imagen,Carlos Barragán

Pie de foto,La madre de Carlos había dedicado su vida a cuidar de los demás.

De hecho, fue el propio Carlos quien, meses antes, se había dado cuenta de que su madre se sentía sola y la había animado a descargarse la aplicación para citas Tinder.

Fue allí donde en diciembre de 2015 Silvia conoció a Brian, quien decía tener 52 años y estar divorciado.

El hermano mayor de Carlos, quien es militar, se mostró escéptico al saber que el hombre era un soldado estadounidense en Siria.

«Suena muy raro. Probablemente sea una estafa, mamá», le dijo.

Después de eso, Silvia prácticamente dejó de hablar de aquel romance con sus hijos, aunque de vez en cuando le mostraba a Carlos correos electrónicos de Brian.

El hombre no le pedía nada, pero las cosas avanzaban muy rápido. En cuestión de un mes, Brian ya le estaba hablando a Silvia de mudarse a España para poder estar juntos.

Un día, ella llegó a la casa con dos anillos y anunció que pronto ambos vivirían juntos. Entonces, Carlos decidió actuar.

No obstante, tras descubrir las pruebas de que todo era una estafa, tuvo un momento de duda.

«Recuerdo haber pensado: ¿cómo va a afrontar esto mi madre? Porque se ha enamorado de alguien que en realidad no existe. Eso genera mucha vergüenza», cuenta.

Silvia no dijo mucho y, después de unos días, borró la mayoría de los correos del supuesto Brian. Y aunque siguió adelante, era evidente que estaba triste.

Ver a su madre sufrir despertó algo en Carlos. Así que decidió viajar a Nigeria para encontrar al misterioso estafador.

Los Yahoo Boys

Carlos está sentado en una silla de plástico blanca, bebiendo de una botella verde en una reunión nocturna. El suelo está polvoriento y parece estar al borde de la carretera. Detrás de él hay varias personas. El escenario incluye varias sillas y mesas de plástico, botellas y vasos, tierra y edificios cercanos iluminados por una luz brillante que se recorta contra un cielo oscuro.

Fuente de la imagen,Carlos Barragán

Pie de foto,Carlos pasó meses en Ikotun, un suburbio de Lagos.

A través de un intermediario local, Carlos consiguió la ayuda de un estafador llamado Biggie, quien accedió a presentarle a sus amigos y a enseñarle Ikotun, un suburbio abarrotado de Lagos donde «todo el mundo se busca la vida».

Biggie tenía veintitantos años, como Carlos. Era inteligente e «increíblemente gracioso», dice el periodista.

Los dos pasaban mucho tiempo juntos y Carlos descubrió que le caía bien.

«No dejaba de pensar… ¿cómo es posible que alguien como él se convierta en un estafador que pasa las noches hablando con gente solitaria en internet?», explica.

Mientras hablaba con la gente del lugar, Carlos se dio cuenta de que existía una vasta red de estafadores: cientos de jóvenes conocidos como los Yahoo Boys, nombre que recibían por el servicio de correo electrónico que utilizaban en los inicios de este tipo de actividades.

Al poco tiempo de llegar a Lagos se dio cuenta de que, armado únicamente con un alias y una dirección de correo electrónico falsa, era improbable que encontrara al estafador de su madre en un país de más de 240 millones de habitantes.

En cambio, se encontró aprendiendo sobre el mundo de los Yahoo Boys.

Como europeo blanco, Carlos llamaba la atención. Cuenta que la gente pensaba que o bien era un agente del FBI o bien un empresario chino.

Lo llamaban «maga», un término coloquial para referirse a un ingenuo al que se puede engañar fácilmente.

Sin embargo, gracias a los contactos de Biggie, pudo hablar con 50 Yahoo Boys a lo largo de los seis meses que estuvo en la ciudad.

Carlos se encuentra en una discoteca abarrotada, vistiendo una camisa de color claro bajo una intensa iluminación de neón rosa, morada y azul. Está a la derecha de la foto; a su lado hay varias mujeres y una cubitera metálica con botellas.

Fuente de la imagen,Carlos Barragán

Pie de foto,Carlos conoció la vida nocturna de Ikotun gracias a Biggie, quien no aparece en la foto.

Uno de ellos se hizo pasar por el luchador estadounidense Cody Rhodes y convenció a una mujer para que le pagara 25 billetes de avión que nunca utilizó.

Su primer pago fue de US$350, más dinero del que él había ganado en más de 18 meses trabajando en una fábrica.

Pero el éxito rara vez llegaba rápidamente.

«Lo llaman bombardeo», dice Carlos, «lo que significa básicamente que intentas atacar a cientos, si no a miles, de personas».

Carlos también entabló amistad con otro estafador, Azeez, quien comenzó a ejercer esta actividad a los 14 años. Se había mudado a Lagos desde su pueblo y vivía con su madre y su hermana pequeña en un apartamento diminuto.

Azeez se presentó ante los hombres estadounidenses como Vanessa, utilizando una fotografía robada de una hermosa mujer blanca.

Al principio, fracasó. Su inglés era deficiente y nunca había tenido novia ni había visitado Estados Unidos.

«Estamos hablando de adolescentes con poco conocimiento del mundo occidental», dice Carlos.

Finalmente, Azeez tuvo suerte y recibió US$5. Los gastó en pollo en un restaurante. Era la primera vez que entraba en un edificio con aire acondicionado.

Pero la madre y la abuela de Azeez, ambas vendedoras ambulantes de comida analfabetas, sabían que lo que hacía estaba mal.

Su abuela le dio un ultimátum: tenía que dejar de estafar o lo desheredaría.

No lo ha vuelto a hacer desde entonces.

Carlos, Azeez y la madre de Azeez están de pie uno al lado del otro frente a la entrada de un edificio modesto, a plena luz del día. Carlos está en el centro y lleva una camiseta blanca lisa, mientras que la madre, a su derecha, lleva una camisa de rayas, y Azeez, a su izquierda, lleva una camiseta verde estampada.

Fuente de la imagen,Carlos Barragán

Pie de foto,Carlos entabló un vínculo cercano con Azeez y la madre del adolescente.

¿Cómo logran sus engaños?

Carlos afirma que llegó a Nigeria creyendo que los estafadores formaban parte de una sofisticada organización criminal. Su relación con Azeez le permitió darse cuenta de que estaba equivocado.

«Es más fácil creer que una poderosa red criminal en África Occidental nos está perjudicando que pensar que se trata simplemente de un tipo con su teléfono», afirma.

También observó cómo muchos jóvenes estafadores se convertían a su vez en víctimas, atrayendo la atención de criminales más poderosos al alardear de sus ganancias.

Sin embargo, lo que Carlos no conseguía entender era cómo estos adolescentes, algunos de los cuales ni siquiera habían terminado la escuela, lograban que adultos como su madre confiaran en ellos.

Los estafadores le dijeron que ofrecían algo de lo que mucha gente carece: conexión.

«Me decían: ‘Solo tienes que prestarles atención’. Se trata de estar presente. Decir: ‘Buenos días’, ‘¿cómo estás, cariño?’, ‘¿cómo estás, cielo?’, ‘¿qué comiste hoy?'», cuenta.

Carlos afirma que esa misma necesidad de conexión, a menudo arraigada en la soledad, también surgió repetidamente en las conversaciones con las víctimas de estafas.

«Este es el crimen más triste del mundo porque no solo te roban el dinero», le dijo una. «También te agotan emocionalmente. Sientes un vacío cuando esa persona desaparece de repente. Y luego la sociedad te dice que eres una idiota y que es tu culpa».

Un celular donde se ve una conversación entre una mujer y un estafador.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,El de Silvia no es un caso aislado: en la imagen se ve a otra víctima de este tipo de estafas.

Los aprendizajes

Como explica Carlos en su libro, su madre no es un caso aislado: «Entre 2016 y 2021, solo los estadounidenses perdieron US$1.300 millones solo en este tipo de fraude, según la Comisión Federal de Comercio», escribe.

Por eso, el periodista español advierte en conversación con la BBC que para no ser víctima de este tipo de delitos, «es importante saber que estas estafas evolucionan muy rápido».

La inteligencia artificial, por ejemplo, sumó una nueva capa de dificultad para poder creer en lo que vemos y escuchamos.

«Si algo te parece sospechoso, probablemente lo sea. Y cuando tengas dudas, consulta con personas de su entorno para comprobar si les parece creíble o no, porque a veces no vemos el panorama completo», dice.

Sobre el amor, los aprendizajes varían.

«Recuerdo haberle preguntado a Biggie sobre esto», cuenta Carlos. El joven le dijo que ser estafador lo «cambió todo, que no confía en nadie, porque se ha dado cuenta del poder de las palabras», explica.

Él, en cambio, no quiere ser «tan escéptico ni tan cínico», asegura: «He aprendido el poder de la conexión, lo importante que es permanecer juntos y no pasar demasiado tiempo en internet».

Y agrega: «Todos anhelamos conexión, pero debemos asegurarnos de que sea el tipo de conexión adecuada».

*Este artículo se basa en un episodio del programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC, producido por Vibeke Venema y Julian Siddle. El texto fue adaptado por Becca Johns, Global Journalism y Ana Pais.

https://www.bbc.com/mundo/articles/cj9dxw4wxwyo

El fin de la era ‘influencer’: por qué millones de usuarios están dejando de seguirlos

El ecosistema digital atraviesa hoy un punto de inflexión que los sociólogos y la propia audiencia han bautizado como ‘la caída de los influencers‘.
El ecosistema digital atraviesa hoy un punto de inflexión que los sociólogos y la propia audiencia han bautizado como 'la caída de los influencers'.
Roro, Carliyo el nervio, Lola Lolita y Natalia Palacios. | Instagram

Durante más de una década, la figura del influencer se erigió como el estándar de oro del éxito en la era digital. Lo que comenzó como un movimiento orgánico de creadores de contenido que compartían sus vidas cotidianas, consejos de moda o tutoriales en plataformas rudimentarias, acabó transformándose en una industria millonaria respaldada por agencias de representación, marcas globales y algoritmos diseñados para premiar la hiperexposición. Sin embargo, el ecosistema digital atraviesa hoy un punto de inflexión sin precedentes que los analistas de tendencias, sociólogos y la propia audiencia han bautizado como ‘la caída de los influencers.

No se trata simplemente de un bajón coyuntural en los datos de audiencia o de la cancelación puntual de una estrella de las redes sociales, sino de una crisis estructural que cuestiona de raíz la sostenibilidad del modelo de negocio, la veracidad de los discursos y el tipo de relación que el público está dispuesto a mantener con estas celebridades de internet.

La caída de los influencers, en cifras

Un análisis estadístico refleja una pérdida continuada de seguidores entre varios de los creadores de contenido más populares de las redes sociales. La baja más significativa la protagoniza la influencer RoRo (RoRo Bueno), quien tras verse envuelta en diversas controversias ha sufrido la pérdida de aproximadamente 96.000 seguidores en Instagram y más de 400.000 en TikTok en cuestión de dos semanas. A esta tendencia negativa se suman otros perfiles como Natalia Palacios, con un descenso de 22.000 seguidores en Instagram, y Carlos García, alias Carliyo el Nervio, que ha reducido su comunidad en unos 12.000 usuarios tras sus polémicas declaraciones sobre el reciente eclipse.

La sangría de seguidores salpica también a perfiles consolidados que no se han visto involucrados de forma directa en disputas recientes. Figuras de gran notoriedad como María Pombo y Lola Lolita han experimentado descensos de 2.500 y 3.100 seguidores respectivamente en las últimas semanas. Por su parte, la creadora Dulceida (Aida Domènech) acumula un saldo negativo de más de 4.600 usuarios en Instagram, observándose una aceleración en el ritmo de unfollows durante los últimos días, lo que apunta a un descontento generalizado dentro de la audiencia de las redes.

El fenómeno reabre el debate sobre el verdadero impacto de los boicots digitales y la fidelidad de las audiencias. Aunque para cuentas con millones de seguidores estas bajadas representan un porcentaje residual de su comunidad, los analistas señalan un cambio de comportamiento en los usuarios, que comienzan a penalizar la falta de afinidad con dejar de seguir. Asimismo, el análisis advierte sobre el posible uso de estrategias de compra masiva de bots para amortiguar estas caídas, lo que podría estar enmascarando una pérdida real de seguidores aún mayor a la reflejada por las métricas públicas.

El nacimiento de una nueva profesión

Para entender el fenómeno de este paulatino declive es preciso remontarse a los orígenes del movimiento. A finales de los años 2000 y principios de los 2010, el atractivo principal de las primeras figuras de las redes sociales residía en una cualidad casi revolucionaria frente a los medios tradicionales: la cercanía y la autenticidad. Los usuarios de blogs, YouTube y, posteriormente, Instagram y TikTok, no buscaban la perfección inalcanzable de las estrellas de cine ni la producción impecable de la televisión; buscaban a alguien ordinario haciendo cosas ordinarias.

El creador de contenido era visto como un amigo virtual, un colega que recomendaba un producto porque realmente le gustaba o que compartía sus vulnerabilidades sin un guion previo. Esta dinámica generó las llamadas relaciones parasociales, vínculos afectivos unidireccionales en los que la audiencia sentía una profunda conexión emocional y de confianza hacia el creador.

Con el paso del tiempo, las marcas publicitarias descubrieron que la recomendación de un creador de contenido tenía más alcance que un anuncio tradicional en la televisión. Comenzó así una profesionalización masiva que inyectó ingresos desorbitados en el sector. La espontaneidad cedió el paso a contratos de exclusividad, viajes patrocinados de ensueño, agencias de representación que empaquetaban la vida de los creadores y estrategias de comunicación minuciosamente calculadas. La persona se convirtió en producto.

La estética del feed perfecto, la exhibición constante de un lujo inaccesible, el consumo desenfrenado de productos de belleza o moda rápida y la monetización de absolutamente cada parcela de la intimidad —incluida la maternidad, las rupturas amorosas y los duelos personales— terminaron por saturar a una audiencia cuya realidad distaba cada vez más de la que veía a través de la pantalla.

Pérdida de confianza y hartazgo

En la actualidad, esta brecha entre la vida sobreexpuesta de los creadores y la realidad cotidiana del público ha desencadenado una oleada de fatiga digital que ha dado paso al rechazo activo. Varios factores interconectados explican por qué los contadores de seguidores han comenzado a desplomarse y por qué las métricas de engagement muestran caídas históricas. En primer lugar, destaca la pérdida irremediable de la confianza. El abuso de la publicidad encubierta y la promoción irresponsable han creado en la audiencia la sensación de estar siendo instrumentalizada. El público comprendió que la recomendación ‘honesta’ del influencer era, en la inmensa mayoría de los casos, un espacio publicitario pagado.

La audiencia ya no perdona la frivolidad ni la falta de empatía. Ejemplos de esto se aprecian cuando creadores de contenido publican quejas por detalles insignificantes de su vida de lujo mientras sus seguidores se enfrentan a problemas reales de vivienda o empleo, o cuando se destapan inconsistencias graves entre los valores morales que predican en sus discursos y sus conductas privadas.

Otro pilar fundamental en la caída del modelo clásico es la explotación de la intimidad familiar y la comercialización de la infancia. Durante años, el nicho de los creadores sobre maternidad y estilo de vida familiar floreció exponiendo minuciosamente el día a día de menores de edad. Sin embargo, la concienciación social sobre los derechos de imagen de los niños, los riesgos de la huella digital permanente y la falta de consentimiento explícito ha generado una reacción en cadena. Cada vez más usuarios deciden retirar su apoyo de forma drástica a aquellos perfiles que basan su modelo de negocio en la sobreexposición de sus hijos, exigiendo regulaciones más estrictas y boicoteando a las marcas que financian este tipo de contenidos.

Por otro lado, la propia evolución de los algoritmos y de las plataformas ha acelerado el desgaste del influencer tradicional. Redes sociales como TikTok han cambiado las reglas del juego: el gráfico social basado en a quién sigues ha sido desplazado por el gráfico de interés, donde el contenido se distribuye en función de la relevancia intrínseca del vídeo y no de la notoriedad de quien lo firma. Esto ha dinamitado el valor del ‘número de seguidores’ como métrica absoluta. Tener millones de seguidores ya no garantiza que las publicaciones lleguen a la audiencia, lo que ha derrumbado el retorno de inversión para muchas marcas y ha expuesto la vacuidad de perfiles cuyos números estaban inflados o desgastados por el tiempo.

El movimiento ‘desinfluencer’

El surgimiento del movimiento de la ‘desinfluenciación’ (deinfluencing) constituye la prueba más palpable de este cambio de paradigma. Usuarios y nuevos creadores han ganado enorme popularidad dedicándose expresamente a desmentir la necesidad de comprar los productos virales que promocionan los grandes influencers, señalando su mala calidad, su sobreprecio o la falsedad de sus promesas. Este contramovimiento no solo ataca el consumo desmedido, sino que empodera al usuario para cuestionar de forma crítica el discurso publicitario disfrazado de estilo de vida.

Paralelamente, se observa una transición hacia la búsqueda de microcomunidades y perfiles de nicho. La audiencia ya no desea seguir a figuras que opinan sobre todo y venden de todo; prefiere seguir a expertos en materias concretas —divulgadores científicos, historiadores, artesanos, profesionales técnicos— que aporten valor real, conocimiento o entretenimiento genuino sin la necesidad de vender una vida aspiracional ficticia.

La caída de los influencers, por tanto, no significa el fin de la creación de contenido en internet, sino la caducidad de un modelo basado en la vanidad, la opacidad publicitaria y la explotación de la vida personal. El público ha madurado, ha desarrollado herramientas críticas frente a la manipulación digital y exige transparencia, utilidad y coherencia. Las métricas millonarias ya no protegen contra la irrelevancia cuando se pierde el activo más difícil de construir y el más fácil de destruir en el entorno digital: la credibilidad.

https://www.libertaddigital.com/chic/vida-estilo/2026-08-23/el-fin-de-la-era-influencer-por-que-millones-de-usuarios-estan-dejando-de-seguirlos-7450331/

 

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