Marruecos fuera del Mundial. España no puede compartir mesa con quien asalta su frontera/El boicot a Marruecos ya corre. Falta el gran boicot al Gobierno de Sánchez

Hay momentos en los que una nación tiene que decir basta, aunque su gobierno esté vergonzosamente sometido a Marruecos. Y este es uno de ellos.

El gobierno de Sánchez no lo hará porque carece de dignidad y principios, pero España, Portugal y la UEFA deberían exigir a la FIFA que reconsidere inmediatamente la presencia de Marruecos como país anfitrión del Mundial de 2030.

El presidente de la Federación Marroquí lo tiene claro: “La final del Mundial 2030 será en Marruecos”. Pero ni España, ni Portugal, ni Europa pueden permitir que un país que viola fronteras de España y de la Unión Europea sea organizador del Mundial. Marruecos debe ser expulsado.

No es razonable que España tenga que organizar una competición deportiva mundial junto al país que invadió Ceuta y puso bajo una presión extraordinaria a una frontera que no es solamente española, sino también europea.

La FIFA decidió en diciembre de 2024 que España, Portugal y Marruecos fueran los anfitriones del Mundial, pero desde entonces las circunstancias han cambiado radicalmente.

Casi cien mil invasores han violado la frontera española, con la colaboración de las fuerzas del orden marroquíes, según numerosos testimonios y pruebas.

Los hechos conocidos son demasiado graves para esconderlos debajo de una alfombra.

Ante semejante escenario, España no puede comportarse como si nada hubiera ocurrido. Ceuta es territorio español y frontera exterior de la Unión Europea. El propio comisario europeo de Interior ha insistido en que la frontera de Ceuta debe considerarse una frontera común de la UE.

Aquí no se está hablando de fútbol. Se está hablando de dignidad, soberanía y seguridad. El Mundial no puede convertirse en una gigantesca operación de propaganda destinada a transmitir al mundo una falsa imagen de armonía, mientras uno de los países organizadores mantiene una relación conflictiva con la frontera de otro de los anfitriones.

Marruecos no puede pretender los beneficios económicos, políticos y propagandísticos de compartir el mayor espectáculo deportivo del planeta con España y Portugal y, al mismo tiempo, permitir o facilitar operaciones contra la integridad territorial de otro Estado.

El fútbol no puede estar por encima de la soberanía nacional.

Por eso España debe abandonar la diplomacia de la resignación y exigir explicaciones. Y Portugal debería comprender que no se trata exclusivamente de un problema español: la defensa de las fronteras europeas afecta a todos.

La UEFA, aunque no sea quien decide directamente la organización del Mundial, tampoco debería permanecer indiferente ante una crisis que afecta a uno de sus miembros. Y la FIFA, que presentó precisamente el Mundial como una celebración de la unión, la paz y la tolerancia, tiene ahora la oportunidad de demostrar si esas palabras significan algo cuando aparecen problemas reales.

VOX ya ha defendido que España no debe compartir el Mundial con Marruecos. Esa posición merece ser debatida abiertamente. Lo que no merece España es el silencio de sus instituciones.

Si la candidatura conjunta fue concebida para simbolizar la unión entre Europa y África, los acontecimientos de Ceuta han golpeado precisamente contra ese argumento.

España no puede aceptar que se normalice una situación en la que se vulnera su frontera y después se invita al Estado vecino a celebrar conjuntamente una fiesta planetaria como si nada hubiera ocurrido.

Si España sigue adelante como “socio” de quien la invade y humilla es que ha dejado de ser una nación para convertirse en cochinera.

La FIFA debe elegir: o considera que las fronteras, la seguridad y el respeto entre los países anfitriones importan, o admite que el dinero y el espectáculo están por encima de todo.

España también debe elegir: o defiende sus fronteras y su dignidad con firmeza, o acepta que cualquier agravio puede ser compensado con una fotografía, una ceremonia y un partido de fútbol.

Ceuta no se vende por un Mundial. La soberanía española no se negocia por entradas, audiencias ni contratos publicitarios.

Si Marruecos ha cruzado una línea roja, España tiene derecho a exigir su expulsión del Mundial.

Marruecos fuera del Mundial. España no puede compartir mesa con quien asalta su frontera

El boicot a Marruecos ya corre. Falta el gran boicot al Gobierno de Sánchez

El boicot a los productos marroquíes no es un rumor de taberna: está en marcha. Desde agosto circula la consigna de no comprar lo que lleva el 611 en el código de barras o la etiqueta de origen.

No comprar productos de Marruecos es el castigo ciudadano por la canallada criminal del sultán Mohamed invadiendo España.

Hay cancelaciones de viajes a Marrakech, Agadir o Tánger concentradas en septiembre. No hay aún una cifra oficial de caída de las importaciones, pero la fuerza del boicot crece cada día, alimentada tanto por la indecencia de Rabat como por la triste y traidora sumisión del gobierno al corrupto sultán marroquí.

Basta con lo que sí se ve: una parte de España ha decidido no pagar al país al que acusa de haber invadido Ceuta con 80.000 inmigrantes ilegales.

El 90% de los encuestados señala a Marruecos como culpable y el consumidor ha reaccionado con dignidad, antes que la lamentable Moncloa.

El problema es que ese gesto del boicot a Marruecos, siendo legítimo, se queda corto si el verdadero cauce de la impunidad está en Madrid. Un Estado vecino puede presionar la frontera. Quien tiene el deber de defenderla y responder es el Gobierno español.

Sánchez fu avisado de la invasión por los servicios de inteligencia españoles y no hizo caso, tardó en desplegar al Ejército, tardó en crear un mando único, minimizó la permanencia de miles de personas en la ciudad y, durante semanas, insistió en la «cooperación instantánea» de Rabat mientras un informe policial hablaba del protagonismo de los gendarmes de Marruecos en la invasión.

Exportar material de defensa y financiar cooperación fronteriza al mismo socio al que la calle señala no es realismo: es subordinación y puede que también traición.

El cobarde, aquí, es el que no defiende la plaza y luego pide que no se «falte al respeto» a quien ha invadido.

Por eso el boicot que es justo y de verdad altera el tablero no es solo comercial. Es político y contra el sanchismo. Consiste en no comprar el relato socialista, en no conceder normalidad a un Ejecutivo que ha perdido la calle.

Cibeles, Ceuta y millones de ciudadanos en ciudades y pueblos de toda España lo dijeron alto el 2 de septiembre.

Un gobierno que no blinda la frontera, que discute las cifras de su propio fracaso y que trata la invasión de Ceuta como un problema de imagen y no como un acto de guerra ha gastado la legitimidad que le quedaba.

Marruecos sentirá la patada del boicot al código 611 en el supermercado, pero entendería mejor a un presidente español que deje de hablarle de rodillas.

Mientras Sánchez ocupe La Moncloa para no molestar a Mohamed VI, el boicot al producto es un correctivo menor.

El mayor boicot y el más justo y merecido es retirarle la confianza a Sánchez, exigirle las urnas y no permitir que el abandono de Ceuta se convierta en doctrina.

Quien invade pone a prueba. Quien se somete confirma que la prueba funciona. España ya ha empezado a responder en el carro de la compra. Le falta responder en la política, que es donde se decide si Ceuta es España de verdad o solo en los comunicados.

El boicot a Marruecos ya corre. Falta el gran boicot al Gobierno de Sánchez

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